AQUÍ, BELLMUNT

El reposo del estudiante sobre la hierba primaveral del Hort de la Fon d’En Cases, en Bellmunt. Foto de Ana Marín S.

Ramón Mur

Parece cierto que llegué a Bellmunt por primera vez sin haber cumplido tres meses de vida. Pero lo que resulta indiscutible es que mi última llegada fue el pasado 8 de abril, al día siguiente de cumplir 78 años. Tuve que solventar algunos problemas con la conexión rural a internet y por eso no he contado antes en mis ‘Entrepáginas’ desde cuándo y cómo estoy, otra vez, en Bellmunt, el pueblo más alto del valle del Mezquín, auténtico mirador del Bajo Aragón.

Por la carretera del Mezquín, «la de baix» porque hay otra, la de Morella, que es «la de d’alt», desde Torrevelilla, todo está salpicado de enormes máquinas excavadoras con cucharón o sin él, furgonetas, camiones y operarios de la empresa que está construyendo una carretera nueva sobre la antigua, entre Torrevelilla y La Cañada de Verich. A partir del empalme o cruce con el ramal hacia Bellmunt, la vía está completamente cortada. Se palpa un alto ritmo de trabajo. Este año 2022 las entradas y salidas al pueblo se van tener que realizar de forma muy excepcional. Todas las molestias merecerán la pena de ser soportadas porque ya se pueden ver y contar cuántas son las curvas que tienen los días contados. La nueva carretera será un enorme atajo o «adressera», que reducirá lo menos en diez minutos el viaje a Alcañiz.

A fuerza de sortear algunos obstáculos y de circular con cierto cuidado, hemos llegado a la «vila» cuando la primavera todavía no ha despertado y no ha alterado del todo la sangre de nuestras vidas. En el campo, los bancales son todos verdes praderas lo mismo si están sembrados de cereal como si alfombran olivos o almendros. A estos últimos se les ha helado el fruto antes de prender. No habrá almendras este año. Todas han perecido en el vientre del capullo en flor, sin tiempo de nacer. Las lluvias, aunque no muy abundantes, pero constantes, de la última quincena, acompañadas de boiras y heladas, han envenenado los almendros.

En cambio los olivos, aquí oliveras, están de enhorabuena. Las lluvias persistentes y las nieblas son para el olivo el mejor de los abonos posibles. Darán fruto a largo plazo, a dos años vista habrá un cosechón de olivas tan grande como el de este año, que, desde luego, es decir muchísimo. Pero no sería nada extraño porque el árbol rey de esta tierra es capaz, igual que el camello, de recorrer leguas y leguas de tiempo con el agua conservada en su almacén frigorífico natural hasta que aviste un nuevo oasis donde repostar.

Las paradas de tierra de pan de la Vall de Les Fossetes parecen verdes praderas de la Sierra de Urbasa. Los árboles de hoja caduca todavía no han puesto la nueva. Las higueras tienen lanzas desnudas en lugar de ramas, como el nogal del huerto o el Fresno que legó para la posteridad Andrés el día que murió. Se fue él y no volverá, pero dejó el fresno que se hará grande y perdurable a la ribera del arroyo-barranco Mezquín, que ni para aprendiz de río alcanza.

Aquí, Bellmunt, tantas veces kilómetro cero hasta Zaragoza y 130 desde Zaragoza.

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