Bajo la carrasca del Mas del Español

Foto de familia o comunitaria del vecindario de Belmonte, en la placeta de la Iglesia. Al fondo, la casa Mompel. Foto Miguel Francino.

(Carta muy personal a Antonio Luis Mompel)

Ramón Mur

Querido Antonio: ¿Te acuerdas? ¿Conoces el Mas del Español? A medio camino entre las Torretas y la Vall d’en Coixo, cerca del Çensal, de la Font d’en Ses y de la Fon d’en Biala. Tu padre lo tenía muy cuidado porque él viajaba hasta allí, día sí y día no, en el carro tirado por una mula roya. Solo tú podías ceder la masada para acampar, a nadie más que a ti se le podía ocurrir que tu hijo Toni y mi hija María, hoy ya cuarentones, podían pasar dos días con sus noches de luna llena, de campamento bajo la inmensa Carrasca, que allí te recuerda, una de las más grandes del término. “No trobarás un’altra de mes gran”, decías tú poniendo cara de serio por fuera y socarrón por dentro. Y de la plazoleta del carrascal los chicos saltaban por un ventanuco al pajar del mas, convertido en dormitorio, lleno de murciélagos, (ja saps, rates en-panaes).

            Bajo la luna total, que daba luz al camino, salimos a esperar a Juan Ignacio que venía de Zaragoza. En el pajar dormitorio pasamos noche los monitores-padres de Iñaki, Laura, Alberto, Elena, Alex, Néstor, Jordi más tu Toni y mi María, … alguno olvido. Cristina y tú no habíais tomado vacaciones, os quedabais a trabajar en Barcelona de sol a sol mientras Antonio y Sofía, tus padres, nos dejaban el Mas en jornadas veraniegas de puertas abiertas.  Por las mañanas, nos bañábamos en una balsa de regadío, cerca ya de la Torreta. Y entrábamos en el pueblo cantando aquello de “doce frailes cartujos en un convento …”, irreverencias inocentes y divertidas de época nada puritana.

            Querido Antonio, has alegrado la vida de tanta gente, nos has provocado daños intestinales de tanto reír a carcajadas, que ahora, mientras te escribo, me pellizco los brazos para contener las lágrimas, porque tu muerte me conmueve sin remedio desde que esta mañana me la han comunicado. Antonio, no quiero llorar sino reír contigo para siempre. Mi madre decía: “este hijo de Sofía, con lo guapo que es, ¡mira que es diablo!” Un buen diablo revoltoso de crío, entrañable y recordado mientras vivamos quienes te conocimos. En Bellmunt, diablo no es sinónimo de mala gente. En nuestro pueblo el malo es el “flojo”. Y de flojera nunca te acusó a ti nadie, Antonio.

            Antonio, estos últimos años, venías menos por vuestra casa de la calle Mayor, frente a la placeta de la Iglesia, esquina con el “carrer dels gats”. Antes que tú se fue Ernesto, el que no podía contener la risa cuando ponías esa cara de falsa seriedad. Él no tuvo ocasión de llorar tu muerte y seguro que nunca te olvidó.  Este verano, a pesar de la pandemia, nos vimos unos días con Cristina, tu mujer. Pero tú no te dejaste ver. ¿Quizá no quisiste venir a despedirte? Aún nos hubieras guisado un “arros en conill”, como el que hacía tu padre para el ejército durante la guerra. Porque él fue cocinero antes que tú.

            En fin, Mompelet, aquí me quedo. Un abrazo de tu amigo que para ti siempre será “lo flare”.

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