LA MEJOR TELEVISIÓN DE ESPAÑA

Rosa María Mateo, en su comparacencia parlamentaria, protegida con mascarilla.

Ramón Mur

Rosa María Mateo, la “musa de la transición”, es aquella periodista de radio y televisión, sobre todo, estilosa de presencia, que tanto gustaba a nuestras esposas, madres e hijas. Pero sobre todo fue una de esas profesionales de la entonces recién nacida democracia en la que todos nos mirábamos y muy pocos colegas dejaban de admirar. Pues ahora es la administradora única, dicen que transitoria o provisional, del ente público de Radio Televisión Española/RTVE. En semejante trance le ha tocado comparecer esta semana ante la comisión mixta Congreso-Senado, a fin de dar cuenta de su gestión. La oposición la ha puesto de chupa de domine y ha pedido su inmediata e inaplazable dimisión.

                           La gran Mateo tiene hoy 78 años porque nació en Burgos en enero de 1942. Es una señora muy bien plantada de cuidado pelo blanco. Por desgracia, hoy casi nada es como ayer en España. En este momento, fuera  joven periodista o ya anciana jubilada, los partidos políticos no consensuarían el nombre de la Mateo para que leyera el manifiesto conjunto de todos en defensa de la democracia  y contra intentonas golpistas como la del 23F de 1981. Pues Javier Marías compara ahora la TVE de Rosa María Mateo con la de “aquel locutor, Urdaci, que sirvió con abyección al Gobierno de Aznar”. Me parece una exageración, discrepo.

                           Aunque no le falta razón a uno de los hijos de Julián Marías, que cada día está más fatalista y cascarrabias, cuando denuncia lo que a su juicio es lo más penoso de la televisión publica española de este momento: “la invasión de los informativos por parte del Presidente y ministros, en una desfachatada operación de autopromoción”. Javier Marías asegura, no obstante, que solo ve un informativo cual es el de las 3pm de la uno de televisión española y lo justifica así: “desde que apareció la enfermedad [pandemia], me he prohibido asomarme a las cadenas sensacionalistas y parciales, como la Sexta, a las histéricas, a las carroñeras, a las que siempre sacan beneficio del sufrimiento ajeno; es decir, a casi todas”. O sea, que si las tres cadenas públicas nacionales — la uno, la dos y el canal 24 horas— son malas, todas las demás, de titularidad y administración privada, son todavía peores.

                           Cuando yo era un jovenzuelo muy parado ante el televisor, se extendió por todas partes aquello de “la mejor televisión de España” porque no había más que una y nos aseguraban los privilegiados compatriotas que corrían mucho mundo que “en Estados Unidos, por ejemplo, existen multitud de cadenas privadas de televisión pero todas son a cada cual peor”. ¿No pasa algo parecido hoy en nuestro país que cuenta con televisiones privadas desde que Javier Solana las aprobó en 1990 por orden de Felipe González? Los sacrosantos bonzos de las empresas multimedia españolas exigieron y lograron que TVE no pudiera contratar publicidad para repartirse ellos el pastel publicitario. Con el fin de enriquecerse pero no, desde luego, con el propósito de mejorar su oferta televisiva que es deplorable e incluso repugnante en todos los casos. La mejor prueba está en que los  españoles seguimos los informativos de TVE — el de la sobremesa vespertina y, en mi caso, también el de la ante cena— y para todo lo demás nos vamos a las películas y series de Netflix, perdón por la publicidad. ¡Y ya no vemos televisión!

                           Las cadenas privadas de televisión están solo para ganar dinero a espuertas. Pero son malas con avaricia y encima, ¡puritanas! ¡Nos dan clase de una mal entendida buena educación! Si alguien exclama ¡COÑO!, en nuestras casas vemos por la pantalla Co… y la segunda sílaba , ño, es sustituida por un pitido de algunos segundos. ¿Cabe mayor imbecilidad pública? Porque pública es, con todas las letras, aunque cometida por una empresa privada creada para ganar dinero, mucho dinero, sobre todo con el fútbol. Para eso sí que acudimos a las cadenas privadas de televisión, pero PAGANDO, oiga. En abierto, como se dice, y por TVE solo vemos a la selección roja española, la final de la Copa del Rey, que siempre la juegan los que silban al himno nacional. Y pare usted de contar. Quizá ¿el Tour de Francia porque todavía rueda Perico Delgado?

                           ¿Se acuerdan de aquellos viernes de película porno en Canal +, si no me equivoco? Los abuelos del pueblo se iban, allá por los sanfermines, al centro de día a seguir la corrida de toros. Y por la noche, en casa, a ver la porno de los viernes. “¿Has  visto qué culo?”, comentaba el abuelo a la abuela que refunfuñaba con un “¡anda, chico!”, sin dejar de contemplar el trasero aparecido en pantalla. Pues eso se acabó, señores. Ahora hay algunos programas que son de auténtica pornografía blanca, que dan mucha audiencia. Probablemente, más que la pornografía auténtica, es verdad.

                           TVE es ahora sanchista y podemita, antes fue pepera. No es ninguna novedad, lo sabemos todos. De todas formas, con este Gobierno, igual que con el que hubo y con el que vendrá, ¡MENOS MAL QUE NOS QUEDA LA TELE PÚBLICA!

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