El negocio de cuidar abuelos

anciano

Un anciano, acompañado de una cuidadora, a la puerta de una residencia.

 

 

Ramón Mur

 

El negocio de cuidar abuelos nació de la forma más simple. Primero tenían habitaciones alquiladas a chicos del pueblo que iban a la ciudad a trabajar y allí estaban “de patrona” hasta que se casaban. Más adelante, comenzaron a alquilar habitaciones a personas mayores que se habían quedado solas. Si los chicos vivían allí hasta que establecían su familia, los abuelos abandonaban la habitación alquilada muertos o a punto de morir. Así nació el negocio de cuidar abuelos. De esta manera tan aparentemente inocentona surgieron los embriones de tantas futuras residencias de ancianos o personas mayores.

 

Estos pequeños negocios familiares, regentados por una viuda con la ayuda de una empleada de hogar o dos, como mucho tres, “ahoritas” por lo general llegadas de países sudamericanos, fueron pronto competencia de las residencias públicas y de las privadas, auténticas empresas geriátricas. En unas y otras cada plaza sale por unos 1.500 € al mes y en algunos casos se cobran hasta 3.600. Unos precios abusivos e imposibles de pagar para el abuelo o la abuela que se quedó en el pueblo. Sin compañía alguna, vive gracias a la pensión de la agraria que no le da para ir a acabar la vida en un gran centro de acogida pero sí le permite pagar la habitación alquilada a “la Manuela”, en su propio domicilio.

 

La pandemia universal del Covid-19 ha puesto al descubierto la deplorable situación de muchas residencias de mayores, públicas o privadas, que ya se conocía pero que apenas se denunciaba en algunos reportajes documentales de actualidad. Los abuelos pagan por ver pasar el tiempo con la mejilla pegada al cristal de la ventana. Algunas de estas casas de acogida han funcionado demasiado tiempo sin licencia alguna. Otras son grandes alojamientos con todas las de la ley, sometidas a la correspondiente inspección periódica. Pero cobran unos precios abusivos y pagan sueldos de miseria a sus empleados. En todos los casos, —es ya tarde, aunque siempre se está a tiempo—, se hace imprescindible un mayor control de cualquiera de las múltiples versiones de residencias para personas mayores, como existen en la actualidad.

 

 

La atención a los mayores que ya no pueden valerse por sí mismos es un servicio social que no debería ser un negocio, aunque en ocasiones pueda ser legítimo y legal la gestión de residencias geriátricas con ánimo de lucro. No tienen que ser atendidas precisamente por oenegés, tampoco se trata de eso. Es perfectamente legítimo ganarse la vida en un negocio, —sí, con todas las letras—, montado para atender abuelos necesitados de la máxima asistencia. No obstante, en este campo todo escrupuloso cuidado será poco para evitar ciertos abusos e irregularidades. Se puede vivir de atender abuelos, pero bueno sería procurar que no sea un negocio redondo, en el sentido más estricto de la expresión. En este apartado de la vida, negóciese con más tiento y tacto que en ningún otro.

 

 

 

 

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