Con Omella, siempre al amanecer

El nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Española, nacido en Cretas del Matarranya hace 74 años, recibe palos y aplausos por igual, tanto desde un lado como del opuesto.

** Francisco llevó a Omella a Barcelona porque sabía que su lengua materna era la misma que la de Oriol Junqueras. En la esencia de ser aragonés hasta los tuétanos está el hablar catalán en este cura nacido en Cretas del Matarranya, igual que el torero Nicanor Villalta i Serrés.

** Salta a la vista que monseñor Omella no es del agrado de cierta derecha española, generalmente bien avenida con la Iglesia Católica, al menos con su sector más retrogrado y conservador.

(Reportaje publicado en la revista Compromiso y Cultura de Alcañiz, correspondiente al mes de abril, y escrito antes del confinamiento decretado por la infección del coronavirus)

Ramón Mur

Juan José Omella ha vivido siempre en el amanecer o en el primerísimo comienzo de una nueva época. Nació en Cretas en 1946, en el doloroso amanecer de la España franquista, tras la guerra civil. Conoció en el seminario la muerte de Pío XII, sustituido por Juan XXIII, “el papa bueno”, que en el comienzo de 1959 sorprendió al mundo con la convocatoria del Concilio Vaticano II. Amanecida de una nueva época para la Iglesia. Y allí estaba Omella.

El recién elegido presidente de la Conferencia Episcopal Española no es un prelado progresista sino más conservador de lo que parece. Los obispos han sido, son y serán conservadores porque es mucho lo que la Iglesia tiene que conservar y preservar. Omella puede ser tenido como progresista por haber sido un cura del Concilio, de los que muy pocos consiguieron la dignidad episcopal porque de ellos recelaron siempre los papas Juan Pablo II-Wojtyla y Benedicto XVI-Ratzinger, sobre todo, e incluso el propio Pablo VI-Montini, que clausuró en 1965 el Concilio inaugurado por Juan XXIII en 1962.

Omella vivió, como seminarista mayor, los cambios introducidos en la Iglesia por el Concilio y los que se produjeron en el mundo entero a lo largo de los años sesenta. Se ordenó de sacerdote en 1970, en Zaragoza, en plena efervescencia postconciliar. Quiso vivir el amanecer de una nueva etapa de pastoral sacerdotal y formó equipo con José Alegre y Edilio Mosteo, fallecido hace unos años. Los tres vivían en cuerpo de comunidad en Daroca, desde donde atendían varios pueblos. Al cuidado de esta pequeña fraternidad estaba la madre de Edilio quien pronosticó que, de aquellos curas veinteañeros, Omella llegaría a obispo. Algunos años después, en la plaza de España de Alcañiz, Edilio, parafraseando a su propia madre, afirmaría un tanto divertido: “De todos nosotros, el único que tiene posibilidades de llegar a obispo es Juanjo [Omella]”.

Aquel triunvirato sacerdotal vivió su periodo más prolongado y fructífero en el Bajo Aragón, con el centro operativo y residencial en Alcañiz. Todavía recuerdan a Omella en Castelserás o en el IES, como profesor de religión. El equipo se deshizo tras su paso por la Tierra Baja. El párroco de Alcañiz durante casi veinte años, José Alegre, ingresó monje en el Monasterio de Poblet del que llegó a ser abad. Mosteo fue trasladado a Zaragoza, como director espiritual del seminario diocesano. No pudo combatir su delicado estado de salud y falleció en 2015, a los 69 años. Mientras, Juan José Omella, consagrado obispo por Elías Yanes para ocupar la plaza de auxiliar del arzobispado de Zaragoza, fue escalando sedes, de obispado en obispado hasta llegar a la archidiócesis de Barcelona y obtener luego el birrete cardenalicio de manos del papa Francisco.

Amigo del Papa

Al parecer, existe una gran sintonía y amistad entre el Papa Francisco y el cardenal Omella, lo que habría sido como su puente de plata para ocupar cargos de máxima responsabilidad en la Iglesia. Del prelado bajoaragonés se cuenta que en cierta ocasión, siendo obispo de la Rioja en Logroño, tuvo que atender una llamada por el móvil y al concluir dijo a quienes le acompañaban: “Era el Papa”. Esta cercanía con el actual pontífice, a quien ciertos eclesiásticos tradicionalistas acusan de “revolucionario”, es lo que hace que Omella sea calificado de prelado “progresista”, como si el Papa también lo fuera.

Pero Francisco no es un papa progre porque el jesuita argentino Jorge Bergoglio nunca lo fue. Desde muy joven ocupó cargos de gobernanza y de formación de nuevos jesuitas dentro de la Compañía de Jesús. En los tiempos del Concilio, el padre Bergoglio se alineó entre los contrarios a las reformas de Arrupe, capitaneados en España por el jesuita ultra conservador, P. Mendizábal. Algunas de sus actuaciones, como ministro provincial de los jesuitas argentinos, fueron muy cuestionadas e incluso objeto de auténticas calumnias. Bergoglio fue un jesuita doliente que mostró sin duda su rostro más humano como arzobispo de Buenos Aires. Nunca ha renegado de la Compañía de Jesús pero tampoco ha sido partidario de algunos de los cambios practicados en su seno.

Francisco llevó a Omella a Barcelona porque sabía que su lengua materna era la misma que la de Oriol Junqueras. En la esencia de ser aragonés hasta los tuétanos está el hablar catalán en este cura nacido en Cretas del Matarranya, igual que el torero Nicanor Villalta i Serrés (1897-1980). El idioma catalán, cuya cooficialidad no está reconocida en Aragón, es la lengua vernácula, materna o primera en pueblos aragoneses como Cretas y en los otros 17 de la comarca del Matarranya, que todos son bilingües.

Si ahora Omella es el nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Española se ha debido también a que el Papa ha estado detrás de la promoción de su candidatura. La CEE es un organismo episcopal creado por el Concilio y que en España existe desde 1966. Omella es su noveno presidente detrás de prelados tan diferentes como Quiroga, Morcillo, Tarancón, Díaz Merchán, Suquía, Yanes, Rouco Varela y Ricardo Blázquez. Desde 1999, han alternado en la presidencia de la conferencia los ahora cardenales Rouco Varela y Ricardo Blázquez. El primero es de marcado carácter conservador y líder de la llamada “iglesia del no”, mientras que el segundo se ha mostrado ambiguo o demasiado condescendiente con las tesis de Rouco.

La verdad es que las dos últimas décadas no han sido especialmente dichosas y esperanzadoras en el episcopado español. Para acabar con esta situación llega Omella, a punto de cumplir los 74 años el 21 de este mismo mes de abril. Es decir, que como mucho estará dos años al frente de la institución, antes de llegar a la edad señalada para la jubilación de los obispos. Pero puede ser un tiempo suficiente que permita marcar rumbo hacia una política más aperturista de los obispos españoles y, por tanto, del conjunto de la Iglesia en España.

Ataques desde la derecha

Salta a la vista que monseñor Omella no es del agrado de cierta derecha española, generalmente bien avenida con la Iglesia Católica, al menos con su sector más retrogrado y conservador. Al arzobispo aragonés de Barcelona le llueven palos y aplausos por igual, tanto desde un lado como del opuesto. Pero resulta llamativo comprobar cómo son ciertos sectores de la derecha, tradicionalmente católicos, los más opuestos al nuevo mandatario de la Iglesia en España.

En tiempos del nacional catolicismo franquista era frecuente acusar de “meterse en política” a todo clérigo que en sus sermones hablara de cualquier cuestión humana que no hiciera referencia explícita a Jesucristo, la Virgen María y los santos. Pues ahora, en esta España democrática, sucede algo parecido. Con el agravante de que son algunos medios de comunicación los que, en este mundo más secularizado y laico que nunca, están sumamente preocupados de señalar a algunos obispos como si fueran los culpables de todos los males que nos acechan. El espectáculo resulta de lo más grotesco porque estos lanzallamas españoles contra la Iglesia no se han enterado de que los obispos son siempre impasibles y cualquier ataque a un prelado —progre o retro— es tan eficaz como lanzar pelotazos contra la pared. Resignación, paciencia y mucho mirar al cielo es la reacción más común de los eclesiásticos ante los ataques de los que son víctimas. En el caso de Omella, cabe suponer que, después de cada bronca dialéctica recibida en los medios, hará alguna escapada para visitar a su madre nonagenaria y hacer estación en el monasterio de Poblet a fin de orar y platicar con su amigo monje, el ex párroco de Alcañiz, José Alegre.

Los oráculos de la derechona española sienten tal inquina por el nuevo mandamás de los obispos que hace unos días, la sola mención de su nombre hizo exclamar a uno de ellos: “Omella es una persona horrorosa”. Una persona horrorosa capaz de fulminar a semejante descalificador con media jaculatoria. Estos sochantres radiofónicos de la mañana son como aquellos antiguos predicadores cuaresmeros que gritaban cuanto podían para atemorizar a las gentes con las penas del infierno y, sobre todo, para ocultar su propia y enorme ignorancia. ¡Si cualquier humilde curita de pueblo es capaz de disolver a estos adoctrinadores de micrófono en una simple gota de agua bendita!

Pero los lanzallamas anti cura no cesan en su afán de desprestigiar al sector supuestamente progresista de la Iglesia enfrentándolo a los eclesiásticos más retrógrados, que es de lo que se trata. Los ataques a Omella hay que enmarcarlos en la campaña mundial contra el Papa Francisco, un hombre, según el propio arzobispo de Barcelona, “de gestos, pero que los vive”. Quizá el Papa Bergoglio dice mucho más de lo que hace y sus reformas del entramado eclesial se están haciendo esperar más de lo que sería deseable. El mencionado Edilio Mosteo, un cura inequívocamente del Concilio, decía que “a este Papa no le dejan hacer todo lo que quiere, pero acabará haciéndolo, no me cabe la menor duda”. Lo bueno de este pontífice es que habla tanto que se equivoca mucho y se ve obligado a disculparse. Una cualidad humana, la de saber rectificar, pocas veces apreciable en un Papa de la Iglesia Católica, siempre adornado con el más que cuestionable dogma de la infalibilidad pontificia.

Y a Omella, que está en la onda pontificia del momento, le atacan porque es visto como el principal representante de Francisco en España y puesto que representa el intento de reformar la Iglesia española en la línea del olvidado Concilio Vaticano II. Con la cabeza rapada y la tez curtida por el sol, como si fuera un olivarero o vendimiador de Cretas a jornal, a Juan José Omella le quedan unos intensos años de actividad episcopal entre Madrid-Barcelona y Roma. Sus máximos detractores van a tener mucho trabajo.

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