Goliatazo contra indefensos

 

Ramón Mur

 

Esta pandemia del corona virus está resultando un goliatazo contra ancianos indefensos. Los hombres y mujeres de la tercera edad molestamos tanto que se había determinado nuestro exterminio por decreto. Cobramos mucho de las arcas estatales del común y no producimos nada. Resolución: para salvar la economía mundial de las próximas décadas sería bueno y necesario barrer de la faz de la tierra a todos los humanos mayores de 75 años.

 

La generación de eterna juventud, ejecutivos de gran porvenir, arropados por todos los poderes fácticos de la tierra, encargó el exterminio de la ancianidad al gigante Goliat. Pero para llevarla a cabo, el ejército filisteo ordenó la reclusión de la humanidad entera. Nadie podía salir de sus casas, ni siquiera los flamencos, pletóricos de salud y llenos de iniciativas para el futuro, que habían planeado y ordenado decapitar a la ancianidad. Así fue, como por sorpresa, y contra su voluntad, los propios promotores de la operación tuvieron que guardar cuarentena y quedarse en casa apretando la mandíbula.

 

Les salió el tiro por la culata. Porque la ancianidad, que ya produjo y fue rentable a la humanidad cuando ocupaba escaño o andamio entre la población activa, ahora que es pasiva, tiene lucidez mental e incluso fortaleza física aún después de haber cumplido 100 años. Como el doctor Miguel Perdiguer, que recuerda todavía hoy los años de la guerra civil y asegura que aquello sí que fue sufrir haciendo guardias a 20 bajo cero y no “el sufrimiento de ahora que consiste en no salir de casa”. Mientras, los sonrosados tecnócratas de la hora nona están, en realidad, enclenques y muchos de ellos, antes de llegar a los 60 años, parecen zombis, marchitados por las drogas y el demasiado beber que les produce borracheras de estulticia y efímero placer.

 

Los filisteos del gigante Goliat, en todo caso, han conseguido hacer cumplir sus órdenes a todos, lo mismo a sus partidarios como a sus más encendidos enemigos. Han metido el miedo en el cuerpo de unos y otros, grandes o pequeños, hombres o mujeres. Llama la atención la prontitud con la que se ha obedecido de forma universal la orden del confinamiento. El miedo guarda la viña. Ahora, este mundo laico y secular, increyente, acude incluso al Papa como refugio de apestados. El moribundo llama al cura. “Una debilidad digna de comprensión. No es censurable el gesto del increyente que vacila ‘a la luz de la candela bendita’ y pide los sacramentos”, afirma, con benevolencia y bonhomía, el filósofo nonagenario Manuel Olasagasti.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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