“Ante todo no hagas daño”

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 El profesor Marsh se traslada en bicicleta al hospital. 

 

Ramón Mur

 

Henry Marsh (Oxford, 1950) es uno de los más afamados neurocirujanos de la hora presente, autor de un libro que leí el año pasado y que me produjo un gran impacto. Cuando lo vi con ese título tan imperativo de ‘Ante todo no hagas daño’ me llamó la atención pero dudé en comprarlo. Pensé que era un libro de un médico sobre medicina y en ese terreno no me veía yo ni como simple lector. Además, conforme se hace uno mayor, cada vez con más achaques, se habla tanto a todas horas de enfermos cercanos o lejanos y de enfermedades curables o terminales, que, de verdad, me sentía poco llamado a leer a un neurocirujano.

 

Pero repasé las páginas del libro y pronto comprobé que era mucho más que las memorias profesionales de Henry Marsh. Los títulos de cada uno de los 25 capítulos recogidos en el índice no me sedujeron nada, la verdad. En cambio, varios párrafos leídos al azar pusieron ante mi opiniones sobre situaciones humanas a las que se ha de enfrentar un individuo enfundado en un mono de operar y debidamente esterilizado. La visión general del Dr. Marsh ante el mundo me pareció cercana a mi forma de pensar. Algunas de sus opiniones no las compartía pero pensé que podía ser de sumo provecho el leerlas y entrar a debatirlas.

 

Así que compré el libro y la verdad es que me enganchó desde el primer momento. No es fácil ponerse en el papel de un médico que todo los días tiene que hacer frente al mismo dramático dilema: ¿debo intervenir quirúrgicamente a esta persona o no? Tiene que ser angustioso dilucidar entre abrir o no la cabeza a un semejante precisamente para salvarlo del mal que le aqueja. El doctor Marsh, que ya ha cumplido 67 años, lleva toda una vida en medio de esa incertidumbre profesional, que es peor que un mar encrespado por el que ni el más experto marino se acostumbra a navegar jamás.

 

Henry Marsh, de casa al trabajo en bicicleta y vuelta, desde su quirófano, neurocirujano en Londres pero también en Ucrania, pendiente de sus enfermos de día lo mismo que de noche, paciente y comprensivo con los familiares de un recién ingresado con un tumor cerebral, no deja en ningún momento de estar presente en el mundo que le rodea. La lectura de este libro pone al lector ante una realidad sin engaño, tal y como se ve en un hospital. Por ejemplo: “los médicos utilizan términos algo sarcásticos cuando hablan de alcohólicos y drogadictos. Eso no significa que no nos preocupen estos pacientes, pero como resulta tan fácil considerar que han provocado su propia desgracia, podemos evitar la carga que supone sentir compasión por ellos”.

 

El capítulo 19 se abre con este párrafo que vale la pena reproducir en su totalidad: “La neurociencia nos dice que es altamente improbable que tengamos alma, pues cuanto pensamos y sentimos no es ni más ni menos que el parloteo electrónico de nuestras neuronas. Nuestro sentido de la identidad, nuestros sentimientos y pensamientos, el amor que mostramos a los demás, nuestras esperanzas y ambiciones, nuestros odios y temores, todo eso muere cuando el cerebro muere. Mucha gente se niega a admitir este punto de vista, pues no solo nos priva de una vida más allá de la muerte, sino que parece reducir el pensamiento a mera electroquímica, convirtiendo nuestros cuerpos en simples autómatas, en máquinas de carne y hueso. Esa gente se equivoca de medio a medio, pues lo que hace en realidad es elevar la materia a cimas infinitamente misteriosas que no comprendemos”.

 

            El libro del Dr. Marsh invita a debates de sumo interés. Yo he leído un ejemplar de su quinta edición en Salamandra, Barcelona, marzo 2016.

 

           

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