Catalunya acoge refugiados, España los rechaza

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Ramón Mur

 

 

Llamamos refugiados a quienes se ven obligados a abandonar la tierra en que nacieron, huyen de países que se encuentran en guerra. No es novedad. Siempre ha ocurrido así a lo largo de la historia. Cuando era niño, al lado del colegio, estaba el ‘albergue de los alemanes” para refugiados de mi misma edad que habían perdido a sus padres y eran repartidos por el mundo sin rumbo en la vida, después de la Segunda Guerra Mundial. En la España franquista se construyeron centros de acogida para los hijos de los vencidos por las fuerzas aliadas. Una buena amiga alemana recuerda cómo a sus siete años pensaba que la vida del ser humano era la que a ella le tocó vivir entonces: recoger desperdicios entre los escombros y por los basureros para poder alimentarse y vestirse.

 

Siempre ha habido refugiados. La diferencia con el tiempo presente es que hoy existe menos sensibilidad que nunca con los exiliados a la fuerza de sus países de origen. Miles de españoles, antepasados nuestros, tuvieron que huir tras la Guerra Civil de 1936 a 1939. España es uno de los países que peor está cumpliendo los compromisos de acogida pactados en Europa: debería haber acogido a 17.000 personas y sólo se ha hecho cargo de unas 700. ¿Qué hubiera sido de muchos de nuestros abuelos si les hubieran cerrado las puertas en los países a los que llegaron tras la guerra de la misma forma que hoy lo hace el Gobierno de España con los refugiados que llegan a nuestra patria en 2017?

 

El sábado se manifestaron en Barcelona miles de personas ¾ 160.000 según la guardia urbana, 300.000, según la organización de la marcha ¾ para exigir al Gobierno que modifique su política de rechazo a los refugiados y bajo el grito unánime de “volem acollir/queremos acoger”. A punto de cumplirse una semana de la publicación de la sentencia del tan traído y llevado juicio por el ‘Caso Nóos’, todos los días todos los medios de comunicación abundan en la extensión de esta misma noticia. En cambio, de la multitudinaria marcha de Barcelona a favor de los refugiados, apenas un cuarto de página con una foto a dos columnas y alguna referencia en primera página. Eso en algunos medios, en otros ni eso y en los informativos de televisión, cadenas públicas o privadas, poco de poco o nada de nada.

 

Sin embargo, la manifestación del sábado en Barcelona da para mucho pensar. Todas las organizaciones sociales y fuerzas sindicales y políticas, menos el PP, secundaron la convocatoria de la asociación ‘Casa nostra, casa vostra’. Incluso la Iglesia emitió un comunicado de adhesión. El arzobispo de Barcelona, a quien llaman ya Joan Josep, llegado de la diócesis de Logroño, es catalanoparlante de nacimiento, natural de Cretas, población del Matarranya, y está considerado como unos de los prelados españoles mejor considerados por el Papa Francisco.

 

“Prou excuses, acollim ara/Basta de excusas, acojamos ahora”, fue el lema más visible en las pancartas de la manifestación, todas escritas en lengua catalana. Tras la marcha, una representación de los organizadores se reunión con el president de la Generalitat, Carles Puigdemont. Este posicionamiento en Catalunya a favor de los refugiados, en contra de la política seguida por el Gobierno central, puede introducir una deriva inesperada en desarrollo del conflicto catalán durante los próximos meses. ¿Qué cumplimiento de la ley se puede enarbolar en contra de la actitud de miles de catalanes a favor de los refugiados? Pronto se argumentará, seguro, que una comunidad autónoma carece de competencias en este aspecto, por mucho que se trate de dar cobijo a quienes se encuentran desamparados y en la estacada.

El Gobierno de Rajoy y el PP, por el momento, guardan silencio. Y es que en este asunto sus mandatarios tendrán que cuidar mucho sus palabras porque podrían volverse en contra de sus propios intereses. Un pacto social en Catalunya a favor de los refugiados, como el que se solicitó el sábado a Puigdemont, podría abrir una nueva hoja de ruta en las relaciones entre quienes no quieren refugiados en nuestra tierra, España, y los que piden abrirles las puertas en la suya, Catalunya. Si se trata o no de una hábil maniobra política, más que de una muestra social de solidaridad con los refugiados, el tiempo lo dirá. En cualquier caso, es cierto que nos planteamos demasiados excusas y justificaciones con tal de mirar hacia otro lado y no hacer nada. Este es un asunto que a todos nos pinta la cara de vergüenza.

 

 

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