En la tierra del trueno

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Momento de la Semana Santa de Híjar, en la plaza Mayor.

(Artículo publicado en ‘El Mensajero de San Antonio, marzo de 2016)

Ramón Mur

 

Desde mediados de enero escucho redobles de tambor en la lejanía. Proceden de los barrios de Zaragoza donde se prepara la Semana Santa. El Bajo Aragón ha exportado en los últimos años la tradición de aporrear tanto bombos como tambores y se ha extendido de tal forma que en cualquier rincón de aldea o capital se practica el estruendo rítmico en procesión y con una adicción social que hasta hace bien poco no existía.

 

Pero el ruido proviene de la tierra del trueno, aquella donde apenas llueve agua del cielo si no es en días sobresaltados de tormenta y donde, en otros tiempos, llamaban tronera a cualquiera que se desmandaba en juveniles festejos. Hoy la Semana Santa del tambor y del bombo es, a decir de sesudos antropólogos, más una fiesta civil que una celebración religiosa. Sin embargo, aunque pueda tratarse de una tradición pagana en origen, cristianizada como tantas otras a lo largo de la historia, en el momento presente pervive un sustrato de liturgia religiosa que resulta evidente. Quien quiera tocar el tambor y el bombo habrá de hacerlo conforme a los cánones, entunicado y agrupado en procesión cuando corresponda.

 

La Semana Santa se anuncia con redobles de tambor en algunas poblaciones, como Alcañiz, ya en el primer atardecer cuaresmero del miércoles de ceniza. A nadie se pide partida de bautismo para tocar el bombo o el tambor pero si se trata de Alcorisa o Calanda, el tamborilero habrá de cubrirse con túnica violeta, en recuerdo de la pasión del Señor; si lo hace en Híjar o Andorra, vestirá sotana negra, de luto por la muerte del Salvador. Y en Alcañiz, ciudad más apolínea y urbanita, donde se tocan tambores pero no bombos, el camisón es de raso azul celestial para resaltar el misterio de la Resurrección.

 

Existen numerosas teorías sobre el origen de esta tradición en la tierra del trueno. En los últimos tres siglos, los franciscanos fueron grandes impulsores de la devoción popular a través del estruendo. Lo que no resulta extraño, puesto que en una tierra donde truena con tan grande estrépito, no sólo el silencio y el recogimiento pueden elevar el alma a Dios, sino también el ruido.

 

La intervención franciscana se palpa todavía hoy en algunas poblaciones, como Híjar, donde no existen cofradías sino que de la organización de la Semana Santa se encarga en exclusiva la Venerable Orden Tercera de San Francisco, aunque ya sólo queden vestigios ruinosos del antiguo convento, franciscano y capuchino. Los rosarieros o despertadores de esta población bajoaragonesa cantan, en la madrugada del Viernes Santo, un sobrecogedor ¡Ay de mí!, lamento cuya letra se atribuye al capuchino Beato Diego José De Cádiz, predicador cuaresmero por estas tierras del trueno en el siglo XVIII.

 

 

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