El director de la Biblia

juan-luis-cebrian-jot-down_ecdima20160428_0020_21Juan Luis Cebrián, el empresario que fue periodista

(Artículo publicado en ‘Compromiso y Cultura’, febrero de 2017) 

 

Ramón Mur

 

Periodistas de prestigio en España, durante la transición de la dictadura a la democracia, abandonaron el periodismo activo para convertirse en empresarios con poder omnímodo en el control de los medios de comunicación. Son empresarios que fueron periodistas. El prototipo de todos ellos es Juan Luis Cebrián Echarri, autor del libro ‘Primera Página/Vida de un periodista 1944-1988’ (DEBATE, diciembre 2016).

 

El presidente ejecutivo de Prisa confiesa ya desde el subtítulo del libro la añoranza que siente por el periodismo, una profesión para la que tuvo desde joven una vocación que hoy ha perdido. Cebrián es de los españoles que ostentan y ejercen poder, quizá con disimulo, porque como él mismo escribe “hacerse notar es el arma de los débiles. Quienes con o sin razón nos creemos fuertes solemos ser tímidos. Deseamos pasar desapercibidos en las reuniones sociales”.

 

            Cofundador y primer director de ‘El País’, el periódico “llamado a significar la democracia”, el poder de Cebrián fue más que notable ya en su época de periodista en activo. Y desde el primer momento se sintió escogido para ser dispensador de los bienes y derechos democráticos a la sociedad española que buscaba “casi con desespero” la renovación. Él fue el primer director de un diario diseñado para que “sirviera a la construcción de la España democrática y moderna”. Antes del primer capítulo, Cebrián puso a este libro un introito liminar titulado ‘A modo de excusa’ cuyo primer párrafo resulta revelador para el lector: “Escribir la propia biografía es uno de los actos más genuinamente narcisista que puedan imaginarse”.

 

En esta primera página, algo por debajo, el autor intenta redondear su disculpa al afirmar que las personas de su generación con similar educación a la suya “padecemos una tendencia irremediable a considerarnos protagonistas de cuanto nos rodea”. Y apisona todavía más la reflexión: “No es para nosotros el hombre, en sentido lato, el centro del universo, sino nosotros mismos, nuestro verdadero e irrenunciable yo”.

 

La Biblia del periodismo

 

El 4 de mayo de 1976 nació ‘El País’. Apenas medio año antes había muerto el dictador. Presidía el primer Gobierno de la Monarquía Carlos Arias Navarro, pero sólo faltaban dos meses para que el Rey Juan Carlos nombrara su sustituto: Adolfo Suárez. El nacimiento del periódico que dirigía Juan Luis Cebrián desencadenó la aparición de nuevos rotativos “para la democracia” en todas partes pero, sobre todo, en el País Vasco y Catalunya. Poco antes de las primeras elecciones democráticas, el 15 de junio de 1977, existían ya, por ejemplo, ‘Deia’ y ‘Egin’.

 

Recuerda Cebrián que ‘Le Monde’ “era considerado la biblia profesional de la época”. En España, y durante muchos años, para los periodistas ‘El País’ fue la biblia y su director ‘el divino’. El redactor que se pusiera a trabajar sin haber leído el nuevo periódico madrileño podía ser tenido por irresponsable o frívolo. Todos los periódicos de la época, a partir de la primera transición hasta el alborear de los años noventa, sufrieron el mismo efecto de arrastre. Los nuevos periódicos nacieron ya en tamaño tabloide y los antiguos, que todavía se desplegaban en sábana, tuvieron que reconvertirse al formato de la ‘biblia’. La verdad es que ‘El País’ fue el mejor diario de España durante mucho tiempo por derecho propio y creó escuela. Con el tiempo, algunos de sus discípulos aventajaron al maestro y quizá hoy al periódico de Cebrián se le pueda aplicar aquello de que ‘el que tuvo retuvo’. Pero ya no es el que fue.

 

Los principales periódicos crearon consejos de redacción, libros de estilo propios, se transformaron los sistemas de maquetación y diseño, se cambiaron los tipos de letras, la manera de titular en fondo y forma; todo, absolutamente todo, a imagen y semejanza de ‘El PAÍS’ que se erigió pronto en una especie de RAE, academia de la lengua para el periodismo español. Si el diario de la calle Miguel Yuste eliminaba una preposición, todos adoptaban la misma medida; si utilizaba un verbo en lugar de otro; si denunciaba incorreciones gramaticales; si entrecomillaba en doble o en simple; si huía del lenguaje coloquial y vulgar; si introducía un nuevo léxico en el periodismo, la imitación era general y automática. La biblia, EL PAÍS era la biblia.

 

Y el director de esta biblia periodística española era Juan Luis Cebrián. “Yo no pretendía en absoluto hacer del diario una plataforma personal, y nunca lo he querido a lo largo de los más de cuarenta años que he permanecido en él”, confiesa en su ‘Primera página’. Porque Cebrián dejó la dirección del diario en 1988 pero nunca lo abandonó, jamás se marchó sino que sigue permaneciendo en él porque ahora ‘El País’ pertenece a Cebrián.

 

Hagiógrafos

 

Hagiógrafos son los autores de cada uno de los libros de las Sagradas Escrituras. La biblia de Cebrián los tuvo excelentes desde el primer momento, todos escogidos por el primer director sin interferencia alguna de nadie. Jesús Polanco y Juan Luis Cebrián pactaron el funcionamiento del diario de forma que el primero comandaba la empresa editora y el segundo dirigía la redacción.

 

Cebrián hace pasar por las páginas de su último libro a numerosos españoles vinculados de una u otra forma con el nuevo periódico. El día 4 de mayo de 1976, a las 8 de la mañana, el ministro de Asuntos Exteriores, José María de Areilza, conde de Motrico, llama al director de ‘El País’ a su domicilio para felicitarle y felicitarse por la ansiada presencia del periódico en las calles de todas las poblaciones de la ‘nueva España democrática’. “Areilza no escatimaba elogios a la hora de adular a quien le interesaba”, aclara Cebrián. En cambio, Fraga llamó también instantes después para vociferar por teléfono que “este no es el periódico que queríamos, no es mi periódico, no es un periódico liberal”, y colgó dejando al joven director con cualquier explicación en la boca.

 

El primer consejo de administración de ‘El País’, encabezado por José Ortega Spotorno, era un mosaico de personalidades de la época entre los que había destacados intelectuales como el filósofo Julián Marías al que, injustamente y con poco respeto, Cebrián califica de “presunto” heredero intelectual de José Ortega y Gasset, fallecido en 1955. Gracias al profesor Marías, muchos españoles jóvenes pudimos conocer y estudiar el pensamiento del autor de ‘La rebelión de las masas’, durante la década de los años sesenta, en plena dictadura franquista.

 

“Me costó enormemente construir el primer equipo”, escribe Cebrián. Se refiere no sólo a la formación de la redacción sino también al grupo editorial, de opinión, formado por escritores, eruditos e intelectuales de élite como Javier Pradera, el mismísimo Jesús Aguirre, duque de Alba, Ramón Tamames, Rafael Conte, Eduardo Haro Tecglen y otros.

 

En el grupo de profesionales informadores, periodistas de a pie, Cebrián nombra a las firmas más sobresalientes, como la de José Luis Martín Prieto, “admirado y querido pese a su dipsomanía”, autor de las inolvidables crónicas del juicio contra los golpistas del 23 F. Pero, en cambio, olvida a redactores que marcaron época con sus entrevistas y reportajes del mundo entero, como Maruja Torres y Rosa Montero a las que ni siquiera menciona de pasada.

 

El director de la biblia no encuentra razón suficiente para que se censuren algunas de sus tesis. Por ejemplo: “Mi vida ha transcurrido siempre entre periódicos, y todavía hoy no comprendo las críticas que se me han hecho repetidas veces desde que anuncié la probable desaparición de gran parte, o quizá de todos ellos, a manos de las nuevas tecnologías”. Y es que Cebrián no se limita a cuestionar el futuro de los periódicos tradicionales, en formato papel, como hacen algunos profesionales de su generación. Él no vaticina ni barrunta, anuncia ex cátedra, “la probable”, menos mal, desaparición “de gran parte o quizá de todos” los periódicos. Se asoma al ventanal de Prisa y lanza su “annuntio vobis gaudium magnum: pronto los periódicos serán todos digitales”.

 

Este libro de Juan Luis Cebrián que cita a tantos personajes, sobre todo españoles muy conocidos de la transición, no tiene índice onomástico. Es un defecto que se detecta en otros muchos libros de ensayo publicados en los últimos tiempos. Quizá es que sus autores no quieren que el lector pueda comparar las numerosas veces en que se cita a una persona con las escasas referencias a otra.

 

A diestro y siniestro

 

El empresario Cebrián ya no escribe como escribía el periodista Cebrián. Entonces buscaba noticias, hoy persigue resultados. “Una década después de su fundación, ‘El País’ había batido no pocos récords de la historia del periodismo en lengua castellana. No solo era el más influyente de los diarios de España, sino un floreciente negocio que distribuía generosos dividendos”. Así se lo recuerda ahora a la competencia en el último capítulo del libro. El tono no puede ser más triunfalista.

 

Es que Cebrián es un triunfador y cuando escribe da lecciones de todo cuanto sabe y reparte azotes también a diestro y siniestro. Pero lo hace con estilo, con la educación de un empresario culto, algo que no es del todo frecuente entre la clase empresarial. Cebrián flagela pero permite que el flagelado no se quite la camisa. Los latigazos así duelen, aunque dejan menos huella que a espalda desnuda. Cebrián que conoce la derecha española desde dentro, se desmarca del PP pero recuerda los tiempos en que “había mucha gente decente y honesta entre los franquistas y sin duda algunos truhanes entre los demócratas”.

 

Del Opus Dei afirma que “aun reconociendo sus perfiles sectarios, para nada padezco las obsesiones y manías persecutorias que despierta entre los progresistas españoles”. A su juicio, el periodista y político Manuel Aznar Zubicaray, de quien recuerda que fue señalado por Indalecio Prieto como el “gran perillán”, “era un hombre inteligente, socarrón y descreído, calificativos que en ningún caso cuadran con la personalidad de su nieto José María”, presidente del Gobierno con el PP. “Siempre lo bauticé para mis adentros como ‘Aznar el listo’ por oposición a la mediocridad de su descendencia”, confiesa Cebrián.

 

En su intento de ocupar equidistancia entre los extremos, el primer director de ‘El País’ flagela también a la izquierda: “Es obvio que los dirigentes del PSOE de la época tenían capacidades muy superiores a las de los líderes actuales, y un sentido de la historia que a estos se les escapa por completo”. De ‘Podemos’ apenas se acuerda Cebrián. Si acaso cuando afirma que “en España no estamos acostumbrados a que los líderes políticos tengan mucha erudición literaria o histórica… Entre los dirigentes de hogaño son los de Podemos casi los únicos que tienen un poquito de obra propia, por pobre que sea”. O cuando asegura que “Pablo Iglesias ha demostrado ser un maestro de la simulación”.

 

Del pasado franquista Cebrián recuerda algo que, por desgracia, se puede afirmar del presente: “No se podía debatir la unidad territorial del país, que los textos oficiales definían como sagrada”.

 

 

[SUMARIOS] “Yo no pretendía en absoluto hacer del periódico una plataforma personal, y nunca lo he querido a lo largo de 40 años”.

Una década después de su fundación, ‘El PAIS’ era el más influyente de los diarios de España y un floreciente negocio que distribuía generosos dividendos”.

 

 

 

 

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