Nuevas generaciones castellanizan el Mezquín

Ramón Mur

(Artículo publicado en el número de julio-agosto de la revista ‘Compromiso y Cultura’ de Alcañiz).

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Portal de la Mola, en Bellmunt, uno de los pueblos bilingúes del valle delMezquín.

Los pueblos aragoneses de habla catalana padecen la progresiva pérdida de su lengua inicial. Esta situación es palpable de forma muy especial en las poblaciones bilingües de la comarca del Bajo Aragón. El ejemplo más claro está en los pueblos del valle del río Mezquín, todos muy pequeños, de menos de 500 habitantes, silenciosos y vacíos la mayor parte del año y bulliciosos por el verano o en algunas otras fechas señaladas del calendario. En estas poblaciones, el idioma inicial y principal es el catalán al que no pocos de sus vecinos llaman, sin duda de forma incorrecta e inaceptable, ‘chapurriau’. Durante los largos meses del invierno, el catalán sigue siendo el primer idioma de estos pueblos. En cambio, por el verano, cuando se llenan de veraneantes, en su mayoría originarios de la tierra, el castellano es casi el único idioma que se escucha por las calles y en todas las concentraciones sociales. El catalán no ha desaparecido pero ha perdido el primer puesto que hasta hace unos años ocupaba en todas las estaciones del año.

 

Culpables destacadas de esta situación son las nuevas generaciones -hombres y mujeres menores de 50 años, en el sentido más amplio de la acepción- sobre todo quienes no residen de forma continuada en el pueblo sino que acuden a él en varias ocasiones a lo largo del año. Ocupan casas, dos y tres veces centenarias, de sus antepasados donde, si las paredes hablaran, podrían pronunciar muy pocas palabras en castellano o español. Son personas que dicen amar con sinceridad a los pueblos de sus mayores, más o menos lejanos, más o menos cercanos, personas capaces de compartir lo mismo fiestas que desgracias con los lugareños y que pueden implicarse en la vida local en todo menos en este punto de la identidad lingüística. Fatigadas por el trabajo y el ajetreo de la vida urbana, buscan en el ‘lloc’ tranquilidad y descanso pero siempre descansan en castellano, nunca en catalán, la lengua inicial y propia de su retiro vacacional.

Estas personas foráneas, aunque muy vinculadas por ascendencia familiar a los pueblos del Mezquín, nacieron y residen en ciudades como Bilbao, Madrid, Pamplona, Teruel, Vitoria o Zaragoza, por lo que resulta entendible que no conozcan el catalán. Pero, al menos, cabría recomendarles que mostraran cierto respeto por el idioma inicial de estos pueblos que es su principal patrimonio cultural inmaterial. Y, por descontado, habría que rogarles que no se mofaran de él. Porque en no pocas ocasiones se escuchan ciertas referencias poco respetuosas con la lengua inicial, vernácula o materna de esta zona bilingüe. A algunos espíritus pusilánimes, que de todo hay, parece como si les hiciera gracia el ‘parlar’ histórico de estos pueblos y se divirtieran diciendo en castellano que “nos vamos a lo bar”. Es que les hace gracia. Otros saludan de mañana en catalán y se despiden al anochecer en este mismo idioma, sin duda con la mejor intención, pero bien podría afirmarse que no pasan de ser meros ‘bon día-parlantes’ o ‘bona nit-parlantes’.

Catalanes, sólo en castellano

 

También se da otra circunstancia curiosa. La de aquellos foráneos que viven y trabajan en catalán, como vecinos residentes en distintas poblaciones de Catalunya, y cuando llegan a los pueblos bilingües del Mezquín sólo utilizan el castellano para comunicarse con familiares, amigos y demás vecinos. Llegan a estos lugares igual que si fueran a Valdealgorfa, Alcañiz o Torrecila donde no se habla catalán o como si fueran a veranear a Estepona, Arenas de San Pedro, en Ávila, o a la histórica y turística ciudad leonesa de Ponferrada, por poner algunos ejemplos.

Antaño, los niños que llegaban con sus padres a cualquier población bilingüe tenían que acomodarse a las formas de expresión de sus amigos del lugar. Ahora, y desde hace ya bastantes años, ocurre justamente al revés: los chavales llegados de fuera se imponen a los residentes, que se ven obligados a hablar sólo en castellano. Es verdad que hace sesenta años estos pueblos tenían más habitantes que hoy y los niños abundaban durante todo el año, todavía no habían llegado los tiempos en que se tuvieron que cerrar escuelas en más de una población que no daba con el mínimo de alumnos exigido por ley para mantener abierto un centro escolar.

Sea como fuere, hoy nuestros nietos disfrutan del pueblo en el que nacieron o residieron sus padres y abuelos, pero se les ha vetado el placer de hablar en el catalán del Mezquín porque nadie se ocupa de que lo aprendan. Guste o no guste, se quiera o no, en los pueblos del Mezquín, durante las épocas de mayor afluencia de visitantes, se ha implantado la obligación no prescrita en ley alguna de hablar sólo en castellano.

La polémica idiomática en Aragón se ha acrecentado en los últimos años y existen opiniones para todos los gustos, como siempre ocurre con todo. No se trata aquí de incrementar la disputa con una opinión de parte, sino de hacer una simple e irrefutable constatación de la realidad: el catalán, llamado así, que es como procede, o aunque sea conocido con el inapropiado nombre de ‘chapurriau’, ha perdido el primer puesto que siempre tuvo en los pueblos del Mezquín y ha quedado relegado por el castellano a un segundo lugar. Algo parecido está ocurriendo también en las localidades del valle del río Bergantes, e incluso en algunas del Matarranya, aunque de manera menos palpable en este último caso. Hay que insistir en que esta constatación es pura información que nadie, opine como opine, se ponga como se ponga, puede negar: el catalán ya no es el primer idioma en los pueblos bilingües del Mezquín.

Analfabetos del siglo XXI

Hace menos de cien años que se comenzó a combatir con seriedad el analfabetismo en España pero se hizo siempre, también en los territorios de habla catalana, únicamente con la alfabetización castellana como sistema. A partir de entonces, sobre todo en los pueblos pequeños, hablar en catalán era, y lo es todavía para más de uno, de incultos, mientras que hacerlo en castellano es de ilustrados e instruidos, igual que las grandes mansiones son para los adinerados mientras que los pobres viven en chamizos.

Así se explica que el catalán fuera desprestigiado con el alias idiomático de ‘chapurriau’, así se entiende que los lugareños llamen a su catalán forma “fea” de hablar y así hay que aceptar, aunque no sea del todo explicable, la falta de concienciación sobre la trascendencia de su idioma autóctono que existe entre los propios habitantes de los pueblos bilingües. En esta falta de concienciación social está la causa de que las instituciones políticas, ni con una ni con dos leyes lingüísticas, defiendan y protejan estas lenguas innominables para ellos en Aragón. Es lamentable escuchar decir a un político aragonés: “el catalán no es idioma aragonés pero nosotros defenderemos el desarrollo de todos los idiomas que se hablan en Aragón”. Es mentira, en Aragón las instituciones no defienden el catalán de esta tierra sino que lo desprecian y marginan, aunque digan lo contrario. Lo persiguen tanto que hasta le niegan el nombre reconocido en 1972 por la propia Real Academia Española-RAE. En esta tierra sólo se enseña opcionalmente el catalán pero ningún niño, cuyos padres lo deseen, puede ser escolarizado íntegramente en su idioma inicial si éste es el catalán.

A los niños de habla catalana en Aragón no se les enseña, de manera reglada y programada, a leer y escribir en su lengua. Ellos son los analfabetos del siglo XXI, analfabetos en su lengua materna, que quieren hablar nada más, no leerla y escribirla. Es decir que estos analfabetos del siglo XXI lo son por propia decisión, voluntariamente y con alegría. Todo lo contrario de lo que ocurría cientos de años atrás cuando no saber juntar unas letras con otras producía sonrojo, lo mismo que el no saber de cuentas. Aunque no es cierto que ocurra así en todos los casos. A los padres y madres de Clarió, por ejemplo, les duele tener que ser analfabetos en su primera lengua y no quieren ningún analfabetismo ni para ellos ni para sus descendientes. No es, pues, del todo correcto afirmar que ese malhadado analfabetismo del siglo XXI sea aceptado, en todos los casos, por los habitantes de los pueblos del Mezquín. Y menos aún, que lo asuman voluntariamente y con alegría.

En cualquier caso, bueno sería que las nuevas generaciones que castellanizan el Mezquín, de forma más o menos consciente o voluntaria, supieran que en el Bajo Aragón existen grupos sociales, aunque minoritarios, como el de la Associació Clarió de Padres y Madres de alumnos, que siguen batallando sin resuello a favor de la completa escolarización de sus hijos en catalán. Porque ellos, vecinos de Monroig, Beseit, Valderroures o La Fresneda, creen que así tiene que ser y así lo quieren para sus hijos. Ante la pasividad, más bien oposición, de las instituciones políticas, quizá el futuro esté en seguir el ejemplo de ese colegio catalán del sur de Francia, impulsado por un grupo de padres y madres como el de Clarió, que comenzó con 50 alumnos, hoy tiene más de mil y ha sido reconocido legalmente e incluido en la red oficial de enseñanza por el gobierno del país.

Quizá no les falte razón a quienes afirman que “el catalán de estos pueblos no desaparecerá en el futuro”. Tienen toda la razón, no desaparecerá en el futuro porque ya ha empezado a desaparecer en el presente y, desde luego, hace tiempo que ha perdido el primer puesto que antes ocupaba.

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