“A ti no te conozco” de Desideri Lombarte

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Ramón Mur

Dentro de los actos conmemorativos de  ‘L’Any Desideri’, en la jornada de lectura pública del 15 de agosto en Bellmunt, se leerá una obrita de narrativa histórica, ‘Les aventures del sastre Roc d’Arça’ y ‘A ti no te conozco’, ramillete de confesiones de un estudiante de bachillerato en Alcañiz, durante los años todavía de postguerra. El Centro de Estudios Bajoaragoneses (CESBA) publicó la reconstrucción de los años escolares de Lombarte en Alcañiz dentro del apartado ‘DOCUMENTO’ de su Boletín VII como si se tratara de un informe personal de vida que Desideri Lombarte encabezó con la leyenda “parca res crescunt…” (las cosas pequeñas crecen).

En este texto castellano las reflexiones interiores que hace el autor están en catalán como demostración del idioma en que discurría o pensaba la palabra antes de pronunciarla. El documento incluido en el boletín del Centro de Estudios está dividido en doce capítulos como si su autor lo hubiese dejado preparado para que viera la luz en forma de separata o pequeño fascículo. Lombarte lo escribió tan diseccionado que apenas hay en el texto un solo párrafo prolongado, todos son cortos separados por puntos y a parte, aunque hubieran podido estar enlazados por puntos y seguido. La escritura de este libreto tiene una distribución semejante al formato poético. Es una prosa que, a la vista, parece verso.

En ‘A ti no te conozco’ su autor desvela tres impactos principales recibidos por un “zagal de diez años mal cumplidos”. Ante todo, el efecto que produce en un niño “serrano” su primera incursión en una población que tiene ambiciones de gran ciudad, “con la vega verde y las frondosas alamedas junto al río, contrastando con los resecos cerros de los alrededores”. El segundo se deriva de la integración en una sociedad que habla otro idioma distinto al propio: “algunos hablaban en nuestra lengua; otros, la mayoría, lo hacían en castellano”. Lombarte es, en este libreto, un bajoaragonés que reconoce la primacía de Alcañiz como cabecera de comarca, embelesado incluso por la “belleza y armonía de la Plaza Mayor… y el encanto del río Guadalope, visto desde el castillo, abrazando el caserío”.

“A TI NO TE CONOZCO”

                                                     Desideri Lombarte Arrufat (1987)

I

 

La imponente figura del padre rector se recortaba al pie de la escalinata que desde el vestíbulo y corredor de la planta baja se encaramaba, paredes arriba, hacia las plantas superiores del colegio.

            “Cumplida la jornada de estudio, una hilera interminable de alumnos bajaba los peldaños. Iban rápido y alegres, vigilados displicentemente por el padre Pedro, enjuto, negro, bonachón.

            “Un murmullo recorrió la fila de mozalbetes.

— “Guarden silencio – la voz gutural del padre Pedro.

 

“Abajo en el rellano, sonreía paternalmente el ex rector acariciando cabecitas y dando a besar su manaza grande y fofa a los niños que iban bajando.

–“A ti te conozco – y sonreía.

— “A ti note conozco – y me miró con ojos vidriosos y con un rictus irónico en los gruesos labios.

“Com pot ser que no em conegue si no fa ni un any que s’en va anar i jo l’havia tingut dos anys de rector?”, pensé para mis adentros.

“Quedó en mi frágil ánimo una cierta pena, como unos celos agrios y una preocupación.

“Al día siguiente preguntaba a mis compañeros:

–“¿A ti te conoció?

— Sí, a mí sí – me contestó uno de ellos.

–“A mí también – me dijo otro –. Es muy amigo de mis papás y siempre que viene a pedir harina y aceite, nosotros somos de los que más damos.

“Entonces comprendí el significado de la evangélica frase. El padre conocía a los que le daban de comer. A los que no le dieron de comer, no los conocía.                                      

 “No és estrany –pensé –: a molts animalets els pase el mateix”.

“Inmediatamente rechacé es irrespetuosa reflexión, de la que tendría que arrepentirme a no tardar.

“Se lo confesé al padre Pascual, que me reconvino amablemente, aunque yo sé que el buen padre tuvo que reprimirse y no reírse de la gracia que le hizo mi inocente pecado.

“Debió llevarse el ex rector su cargamento para repartirlo entre sus pobres o entre aquellos de sus amigos cuyos exquisitos paladares y delicados estómagos prefiriesen la fina esencia de nuestros olivos y el blanco pan de nuestra harina al pan negro y al aceite rancio. Se fue el rector y jamás lo he vuelto a ver. Y si lo he visto, la verdad es que no lo he reconocido. 

 

 

II

“Un zagal de diez años mal cumplidos vio por primera vez la vega verde y las frondosas alamedas junto al río, contrastando con los resecos cerros de los alrededores y el imponente castillo dominando el extenso caserío.

“El coche correo bajaba pesadamente por aquellas cerradas curvas y el zagal andaba mareado por el fuerte olor a gasolina mal quemada y los vaivenes del viejo autobús, que, pasadas las curvas, enfiló un tramo recto de carretera.

“El coche se detuvo y toda su carrocería crujió. Nos apeamos y pisé por primera vez tierra alcañizana.

“La cabeza me daba vueltas y el suelo me parecía inseguro.

“A la izquierda vi un rótulo enorme: <<Gracia, Caminal y Cía>>, o algo así, decía. Un poco más allá había una casa de comidas o taberna y mi madre y yo entramos en ella entre humo de tabaco y olor a vino corriente. Algunos hablaban en nuestra lengua; otros, la mayoría, lo hacían en castellano.

“Unas mujeres salieron de la cocina y nos saludaron:

 —“Quan heu baixat? –preguntaron a mi madre.

—“Ara mateix cabem d’arribar.

Passeu, passeu i prendreu alguna cosa –dijo la mujer la mayor –. Este es lo teu xic? Oi, que marejadet que està. Qin mal color que fa.

“La taza de caldo y el amable trato que nos dieron aquellas mujeres me reconfortó y el mareo me fue desapareciendo.

“Alguien nos proporcionó un carrito y al hombre que tiraba de él. Cargamos el equipaje: colchón, baúl, maleta, caja y garrafa, y el carretero con su carro y nosotros detrás nos fuimos adentrando en la ciudad.

“El trayecto que hay hasta el colegio no es largo, pero a mí se me hizo interminable. La ciudad me pareció acogedora y familiar y aquella primera impresión se confirmó, cuando al correr de los años, se estableció entre Alcañiz y yo aquella corriente de simpatía que ha perdurado tanto que, cuando me fue me allí, un trocito de esa amable ciudad se vino conmigo y todavía lo conservo.

“A menudo vuelvo a Alcañiz y cada vez la encuentro más joven. Para ella no pasan los años; para mí sí.

“—Alcañiz es tu Atenas –solía decirme un amigo guasón -.

“Mi espíritu inquieto se fraguó allí realmente, tanto como transparente y frágil se forjó en mi Peñarroya.

 

 

III

“Así fue como entré un día del año 1947, allá por el tibio mes de octubre, por el portal de la ciudad de Alcañiz, siguiendo el carromato que llevaba mi pobre equipaje: el baúl guardador de mis cosillas, la maleta de cartón y el colchón inflado, recién hecho, harto de lana de mis ovejas, una lana tan reciente que tal vez estuviese aún viva, y la caja de cartón atada con cuerda de pita. No recuerdo qué llevábamos en la caja, seguramente  pastas, almendras, nueces y un buen cacho de jamón y un pan. ¡Dónde puede ir un serrano sin pan y jamón!

“Y una garrafa de vino. Dichosa garrafa. Unos vecinos nos la habían confiado para obsequiarla a unos parientes suyos que vivían en Alcañiz.

“Bailaba la garrafa encima de las tablas de del carrito y al subir la cuesta del portal, se fue deslizando y finalmente dio con sus mimbres en el suelo. Allí, en medio de la calle, a pocos pasos del portal, se desangró y pereció. La calle se llenó del líquido y del aroma del viejo vino rojo, tan rojo como quedaron mis mejillas por la vergüenza que sentí.

“Mi madre le dio la culpa al carretero:

“Si que l’hem fet bona. Ara que pagarà la garrafeta i el vi? A vore si no l’haguere pogut assegurar millor, home de Déu. 

Mi madre levantó del suelo la garrafa, que perdió en el aire las últimas gotas de su espíritu rojo, y la dejó a un lado. El hombre no entendió muy bien la reconvención de mi madre y protestó:

“¡Lástima de vinico! Con lo bien que huele…

“Quedó la garrafa muerta y abandonada junto al muro y el carretero, mi madre y yo nos adentramos apesadumbrados en la ciudad.

“Las alcañizanas tenían los balcones floridos, rojos de geranios y claveles, y en aquella calle flotaba un olor característico. Reconozco las ciudades y los pueblos por el olor; mi pueblo olía por aquel entonces a humo de leña de olivo y de enebro. Alcañiz olía a apio.

“Vi el colegio desproporcionado, grande y recio, ya la torre del campanario negra en la calle estrecha.

“La ‘charradera’ (la campana que llamaba al estudio a la muchachada de los escolapios se llamaba ‘charradera) estab muda , con el badajo colgando, como un ahorcado muerto con la lengua fuera.

“Estaba yo tan atónito y posiblemente tan espantado que no recuerdo nada más, ninguna otra impresión; ni del vestíbulo ni de la escalera, ni del dormitorio de internos, que sería el mío, no recuerdo nada. Sólo que en el rellano del primer piso había un santo de cara triste y bondadosa. Después supe que era la imagen de nuestro fundador, San José de Calasanz. Y en la pared de enfrente, un enorme monstruo, una serpiente disecada, fría y muerta. La serpiente fría y muerta, pero presente como el pecado.El santo frío y muerto, como ausente, como la bondad, como la virtud.

“Tengo por seguro que mi madre me ordenó mis cosas en el dormitorio, que habló con el padre rector y con el padre tutor de los internos, el padre Valencia. Y tengo por seguro que estaba tan preocupada, como lo estaba yo, por la suerte que podría correr su criatura, yo, en aquel medio extraño y hostil.

“Apenas había pasado la cartilla y el Catón y tenía que vérmelas con un montón de libros raros, llenos de conceptos desconocidos, de ideas nuevas, y escritos en un idioma que no dominaba y que debía traducir al mío propio.

“Que leía bien, seguro que sí; a los seis años ya leía de corrido. Que dominaba las cuatro reglas, sin duda. Pero el salto que me habían propuesto dar era muy superior a mis capacidades.

“Si aprendí a leer a la sombra de mis pinos y encinas, siguiendo el rebaño, si aprendí a escribir copiando de un viejo manuscrito, ‘La Guía del Artesano’ se titulaba, a la luz del candil. Si aprendí a leer y escribir a mil metros sobre el nivel del mar, porf encima del Barranc d’en Ferri, a medio camino entre Pena.roja y Coratxà, a caballo entre els Ports de Beseit y els de Morella, tuve que empezar de nuevo a orillas del Guadalope a escribir y a leer y a convivir y a relacionarme en un ambiente nuevo y en principio extraño, que luego de aceptarme me acogió y en él llegué a ser feliz, verdaderamente feliz.

 

IV

Mi baúl en su sitio, mi escasa ropa colgada, mi bata a rayas flamante y sin estrenar, la primera en mi colgador. La cama hecha. Todo a punto.

“A mediodía no me quedé en el colegio. Comí con mi madre en casa de unos amigos. Aquella buena gente se brindó a atenderme en cualquier emergencia que pudiera acaecerme.

“A media tarde volvimos al colegio y mi madre me dejó allí. Ella se fue con lágrimas en los ojos y yo me quedé sentado al borde de la cama con el corazón encogido, el alma en un puño y la mirada perdida en el ventanal que daba al patio de abajo. Otros niños hablaban y enredaban por sus camas y por el corredor. Yo no hablaba ni me movía del borde de la cama: cerca de mi colchón, de mis sábanas y de mi baúl, me sentía más protegido. El compañero de la cama de al lado, bajado de la sierra como yo, la tomó conmigo. Él era el serrano rico. Era yo el serrano pobre. Él andaba seguro y hablaba con desparpajo. Yo estaba encogido, mustio y callado. Y quiso reírse de mí y que los demás niños participaran en ese juego. No tuvo colaboración, pero él insistía. Aguanté las bromas un buen rato y cuando la poca fuerza moral que me quedaba me falló, me levanté y me acerqué al ventanal buscando la liberación en el paisaje. No había paisaje, no había nada al otro lado de la ventana. Sólo un trozo de cielo y el tejado del corredor de enfrente. No tuve tiempo de desmoronarme; dos palmadas y una voz firme me sacaron de la abstracción:

“—Prepárense para bajar al comedor. Recojan los cubiertos y pónganse en fila.

El padre Valencia estaba de pie, con las manos hundidas en los bolsillos, al final del pasillo, esperando que los internos formásemos la fila para llevarnos a cenar.

“El padre había dado muchas órdenes con muy pocas palabras y yo no las pude asimilar en tan poco tiempo.

Diu que hem d’anar al minjador. Cubiertos?, qué son cubiertos? Pónganse en fila?, qué vol dir en fila?

“Quedé aturdido viendo cómo mis compañeros se movían con rapidez y soltura.

–“Va, espavila’t – me dijo Vicente Pascual.

“Y vi que recogía de su mesita de noche el vaso, la cuchara, el tenedor, el cuchillo y la servilleta. Ahora caí en la cuenta.

Això deuen ser els cubiertos.

“Y lo eran. Todos los tenían ya en la mano y estaban formando fila.

On estarán los meus cubiertos? A la tableta no hi estaven. Estaven al bagul.

“La fila y estaba lista cunado yo, cubiertos en mano, llegué.

–¡Rápido, rápido! Ponte el primero y vámonos –dijo el padre.

Jo el primer, perqué? – pensé – Per ser el mes menut? Per ser novençà?

“La fila de internos enfiló las escaleras, y yo el primero. Bajé por inercia, por la fuerza de la gravedad, no por otra cosa. Llegué al rellano del piso principal, lo pasé e inicié el siguiente tramo de escalera. La fila se detuvo.

–“¡Chico, vuelve! El comedor está a la izquierda –el padre sonreía –.

            “Volví sobre mis pasos y a la izquierda que fui, seguido de mis burlones camaradas. En  frente estaba la serpiente muerta, riéndose de mí. Y San José de Calasanz, desde su imagen, me miró entre compasivo e indiferente, La ridícula fila de internos seguía al ridículo interno que iba delante; me seguían a mí. Enfilé el ancho corredor que va del vestíbulo a los comedores y lo enfilé gloriosamente, por el medio. El padre, comprensivo, me guió hacia la pared de la derecha:

            –“La fila hay que llevarla junto a la pared – me dijo.

            “Y seguí al amparo de aquel muro hasta el pasillo de los comedores. Allí tuve que orientarme de nuevo:

            “Serà a la dreta, serà a l’esquerra?, dudé.

            “Me decidí por la izquierda y me equivoqué otra vez.

            –“Pero ¡bendito niño!, no acierta.

            “El padre Valencia perdía la paciencia conmigo.

            “Volví a la derecha. Tampoco. La puerta del comedor estaba justo delante de mis narices. Así que después del accidentado recorrido dimos con el comedor. Era amplio y tenía grandes ventanas al patio de arriba, y también olía a apio.

            “En la mesa principal se sentaban el padre Valencia y don Irineo, un maestro de primera enseñanza. En las mesas de ambos lados nos aposentábamos los internos.

“Antes de sentarnos rezamos un padrenuestro, un avemaría y un gloria, dirigidos por el padre. Rezar sí que sabía. Por algo era yo en mi pueblo el primero en  catecismo, por obra y gracia de mosén José y de mi tía Carmen.

V

 

         “El primer plato que nos sirvieron me supo a demonios. Eran unos trocitos de una verdura áspera y peluda que allí llamaban borrajas, hervidas con unas patatas, muy pocas, y aderezado todo con un suspiro de aceite, poquísimo. Me costó muchos meses muchos meses y mucha hambre acostumbrarme a este habitual primer plato nocturno. Al cabo del tiempo lo preferí a las lentejas. ¡Cómo serían las lentejas!.

“El segundo plato me gustó. Era un pescadito que se mordía la cola. No había visto yo nunca un pescadito así. En mi pueblo no los había. Mi madre hacía bacalao o sardinas o los barbos que yo pescaba en el río. Pero ninguno de éstos se mordía la cola. ¡Qué bueno y qué fino era aquel pescado! ¡Lástima que sabía a poco! Había que comérselo con cuchillo y tenedor y eso no era fácil para mí. La primera intención que tuve fue asirlos por los dedos y propinarle un bocado en todo sue enclenque lomo, pero me contuve al observar las miradas maliciosas de mis compañeros de mesa. Mi camarada de enfrente, Vicente Pascual, tomaba con una mano el cuchillo y con la otra el tenedor y con singular maestría iba separando las escasas carnes del pescadito de sus abundantes espinas. Intenté imitarlo; tomé con la derecha el tenedor y con la izquierda el cuchillo y me dispuse a la faena. No me lucí, si vale el símil taurino, aparte de que, como me enteré posteriormente, portaba los trastos cambiados de mano. Pero di buena cuenta del animalito, tanto de sus carnes como de parte de sus espinas.

“Nos trajeron de postre una manzana chiquita y colorada, como las que mi madre ponía en el caldero de los puercos; pero muy dulce y muy buena. Manzanetas las llamaban en Alcañiz.

“Terminada la cena, se levantó el padre Valencia, se levantó don Irineo y todos nosotros formamos de nuevo la fila para dirigirnos al dormitorio. Quise evitar se r de nuevo el primero de la fatídica fila, porque no estaba en absoluto seguro de dar con el buen camino; pero no fue posible. Me puse detrás de Julio y Julio, en una distracción del padre, me la jugó y me dejó el primero otra vez. Puse mis seis sentidos, los cinco corrientes más el de la orientación, en el cual nunca he destacado, y tuve suerte: di sin vacilación con el dormitorio.

“Al día siguiente habría encontrado sin problemas el comedor, a no ser porque al padre se le ocurrió un cultismo demasiado fuerte para mí; al comedor lo llamó refectorio, y me quedé otra vez in albis.

–¡Silencio! Lávense las manos y formen para el refectorio.

Ja hi som, què deu ser això?

“Me la jugué. Tenía un hambre feroz y me dejé llevar por el instinto y el instinto me llevó al refectorio, o sea, al comedor.

 

VI

            “Estaba cansadísimo, agotado. El viaje, el mareo, la agonía y muerte de la garrafa de vino, la separación de mi madre, la burla de mi compañero y paisano, mis despistes en la fila, todo se agolpó en mi cabecita, por aquel entonces semirrubia.

            “Me vestí el pijama a rayas que estrenaba y me metí en la cama. No tardé en dormirme, pero no lo hice sin un recuerdo, una añoranza entre dolorosa y feliz. Me trasladé por un momento a mi cama habitual y acomodé mi cabeza en la almohada nueva, deseando que se convirtiera en la vieja y gastada de cada noche, que, de hoy en adelante, dormiría sola en mi casa.

            “Y todos esos pensamientos amenizados por los ronquidos de mi vecino de al lado. Nunca he soportado los resoplidos ajenos.

            “Estaba como flotando, vagando entre la cama nueva y el recuerdo de la vieja, cuando las inefables palmadas del padre me despertaron. Fui al lavabo, me vestí entre el barullo de mis camaradas y me puse la bata a rayas. ¡Qué mal me sentí dentro de la fea bata!

            “No recuerdo si aquella mañana fui yo el primero en la fila o fue otro. Sé que nos llevaron a la iglesia, a la capilla y que uno de los padres celebró la misa. Tampoco recuerdo si fue el padre rector o el propio padre Valencia. Lo cierto es que encontré la misa, la  celebración, muy larga y pausada y que la oí con una especial devoción y reverencia. Tan necesitado de protección me  sentía que pedí a Dios y a su Madre que no me abandonaran y me ayudaran un poco en aquel mar de tribulaciones en el que estaba navegando a la deriva. Terminada la misa y por el mismo orden que habíamos entrado, fuimos saliendo de la iglesia.

            “Subimos al refectorio y desayunamos.

            “Parecía leche y no lo era. Parecía café y no era café. ¿Qué era? Era un brebaje que llamaban café con leche y…no lo era. Era un poco de maltay un poco de leche, convenientemente disueltos en agua. Ni muy caliente ni muy frío; en el justo punto donde el brebaje sabe a nada.

            “El pan sí, el pan era pan.

            “Blanc y tovet ere el pa”, no como en la cena. La noche anterior, para cenar, nos habían dado un pan negro y áspero al que tuve que acostumbrarme poco a poco, a fuerza de días y a fuerza de hambre.

            “Habituado como estaba yo a los copiosos almuerzos, al plato de sopas calentitas y doradas, a las patatas fritas nadando en aceite, al huevo frito de yema roja y sabrosa, aquel desayuno me decepcionó profundamente.

            “A dalt a la caixa encara tinc magre i pa”, pensé.

            “Esta ilusión se desvaneció cuando, saliendo del comedor, en lugar de volver a los dormitorios, la fila de hormigas rayadas se dirigió a una sala enormemente grande y llena de pupitres. Era la sala de estudio. La vela se llamaba.

            “Allí fue el caos. Empezaron a llegar más niños, algunos de edad, mayores los más. Todos juguetones, alegres y extrovertidos, algunos insolentes. Eran los alumnos externos.

            “No sé cómo sucedió, pero me encontré sentado en un pupitre, con un acuderno delante y un lápiz en la mano, y a mi lado, un niño más o menos de mi edad: Pedro Guinó Torras. Pulcro, regordete, amable. Tenía el cabello tan negro que reflejaba tonos azules. Tan bien peinado, con una raya tan bien hecha, que daba gozo y envidia verlo. Pensé que el aniño aquel tendría una madre pulcra y delicada que cuidaba de él. Y pensé en la mía y en lo mucho que la necesitaba.

 

VII

         “La mayoría de los niños llevaban carteras llenas de libros, libretas y cuadernos, plumas y lápices de colores, de muchos colores.

            “Una vegada, al jubileu, me’n van comprar una de caixa de colors que n’hi havia sis. Alpino es dien? Sí, sí, Alpino”, me vino a la memoria.

            “Pero aquellos no tenían seis alpinos, tenían muchos más. Puñados de lápices de colores.

            “A algunos de los muchachos les repartieron, allí mismo, sus libros de texto, sus láminas de dibujo, sus atlas…

            “I a mi, no me’n donen?

            “El padre Valencia, mientras tanto, iba y venía, saludaba a los alumnos, sonreía a algunos y condescendencia con el alboroto general propio del primer día del curso. En una de sus midas y venidas pasó por la hilera de pupitres donde yo estaba. Me armé de valor, me levanté y le hablé:

            –“Padre, que no tengo libros.

            “No sé qué tal se me oyó. Debió de ser un hilillo de voz el que salió de mi garganta acongojada.

            “El padre sonrió:

            –“No te preocupes. Todavía no sé si harás ingreso y primero en un solo curso o si bajarás con el padre Fernando y te preparará solo para el ingreso. Dentro de unas semanas lo sabremos… ¿Sabes qué podemos hacer? Mira Pedro – y se dirigió a mi compañero de pupitre – , de momento haz el favor de prestarle tus libros en las horas de estudio.

            “Él continuó en sus idas y venidas y yo me quedé sin haber entendido nada. Sólo me enteré de que Pedro Guinó me prestaría, de momento, sus libros.

            “Guinó abrió inmediatamente su cartera, sacó un libro precioso y me dijo:

            “Toma. ¿Te gusta? Te lo presto.

            “No recuerdo si le di las gracias. Por si acaso, se las doy desde aquï:

            “–Gracias, Guinó.

            “Tenía libro, aunque prestado, libreta, lápiz y un chico sentado a mi lado que no se metía conmigo. Esto ya era bastante por el momento.

            –Guarden silencio. Cada uno en su sitio y pónganse de pie.

            “Era la voz del padre Valencia que anunciaba así la presencia del padre rector en la sala, que entró y ocupó la tarima. El padre rector hizo la señal de la cruz e inició un padrenuestro. A cada sílaba que pronunciaba con aquella rotunda e impresionante voz, le temblaba la papada que le cubría completamente el alzacuello.

            “Los alumnos contestamos: el pan nuestro de cada día…

            “El rector recorría con mirada inquisitoria los pupitres de la grey estudiantil y aquí esbozaba un guiño, allá una sonrisa y más allá fruncía el peludo entrecejo.

            “A mi me tocó –¡cómo no! –, la fruncida de cejas. Me erguí un poco.

            “Hauré fet alguna cosa malamente? , pensé para mis adentros.

            “¿Quién debe ser ese imbécil?, debió pensar el padre.

            “Terminado el rezo, el padre se sentó, se arrellanó en su butaca, se montó las gafas en la nariz, removió unos papeles que tenía encima de la mesa, carraspeó. Nos dirigió otra mirada, que a mí me pareció furibunda, y dijo:

            –“¡Siéntense!

            “El padre Valencia permanecía en pie, atento e inmóvil. El rector empezó su discurso.

            “No sé de qué habló el padre, ni tampoco viene a cuento lo que dijese. El caso es que ni me di por aludido ni por enterado. Hacia el final del parlamento debió de dictar el horario de clases, porque muchos compañeros escribieron en sus papeles largamente. Yo quise imitarles, pero no tardé en perderme y abndoné el intento. Sí que recuerdo perfectamente que, de cuando en cuando, se oía un murmullo hacia los últimos bancos, donde se acomodaban los chicos mayores, y que el rector carraspeaba y miraba de reojo al padre Valencia y éste se apresuraba a poner orden.

            –“Los del fondo, hagan el favor de guardar silencio.

            “También recuerdo la figura del rector, sentado en su butaca, parapetado detrás de su mesa y sobre su cabeza canosa un crucifijo flanqueado por dos cuadros y en cada uno de ellos un personaje: un militar y un paisano. Meses después me enteré del nombre de aquellos dos que acompañaban a Jesucristo crucificado, uno a la derecha y otro a la izquierda: uno era el general Franco, nuestro invicto Caudillo, y el otro, José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange y caído por Dios y por España.

            “Aquel mismo día empezaron las clases. Yo me dejé llevar por mi compañero de pupitre Pedro Guinó y un poco por mi paisano Julio.

 

VIII

        

“He olvidado los horarios y las aulas que nos asignaron, pero sí recuerdo las distintas asignaturas y los padres o profesores que las daban.

“En religión, el padre Pascual. Pequeñito, regordete y bonachón. Oyendo las .lecciones del padre Pascual y los sermones del rector, llegué, con el tiempo, a la conclusión de que Dios no había creado al hombre <<a su imagen y semejanza>>, como decían los textos y los curas, sino todo lo contrario: cada hombre se hace a su Dios según su semejanza e imagen.

El Dios del padre rector era un Dios tonante, majestuoso, enérgico y justiciero. El Dios del padre Pascual era, y es el mío, un Dios amigo, comprensivo, asequible y campechano.

“El padre Pascual era, además de profesor de religión y ciencias naturales, el intendente, el amo de la despensa. La intendencia iba a rajatabla, no valían amistades, ni influencias, ni simpatías. La despensa era su santuario. Los desayunos, las comidas y las cenas nos las suministraban desde las cocinas anejas a los refectorios, pero las meriendas las repartía el padre personalmente. Que tocaba plátano, pues bien, todos los plátanos eran iguales, iguales de pequeños, ¡claro! Que tocaban almendras,   pues siete para cada uno, siete como los días de la creación…

–Padre, que me ha dado sólo seis.

–¡Ah mentirosillo! Al padre no se le engaña, pillín.

“En latín, el padre Pedro. Tal vez la naturaleza no lo había dotado de una inteligencia superior ni de un físico atractivo. En esto destacaban más el rector y el padre Valencia. El padre Pedro tenía el don de enseñar, y sobre todo, de enseñar latín. Desde el primer día, desde la primera declinación, desde el rosa rosae al dies diei, me aficioné a esta signatura tanto que, con la literatura y la historia, fue mi preferida y esperaba la clase del padre Pedro con verdadera ilusión.

“Alguna vez he reflexionado sobre este tema. Mi lengua no era la castellana, eso es claro, y en castellano me veía obligado a estudiar, a expresarme y a comunicarme. Mi lengua era otra y si en aquel tiempo ignoraba su nombre y sus raíces, la redescubrí y la reinventé en la lengua latina, en la lengua madre, como es natural. Tanto es así que me vi más cerca del latín que del castellano. ¡Benditos sean el padre Pedro y su latín que me hicieron intuir la validez y dignidad de mi lengua materna!

“La literatura y la geografía y la historia estaban a cargo de don Leandro Palomar.

“Don Leandro Palomar era un profesor seglar, abogado de profesión, creo. Don Leandro nos traía cada mañana a clase un soplo de aire fresco de la calle, de la ciudad.

“Abierto, dicharachero, simpático, culto, muy culto, llegué a gozar de sus clases como nunca en la vida he vuelto a gozar de la palabra de un profesor. Con él dimos literatura e historia, para nuestra suerte, desde el primer hasta el último curso. Así que las anécdotas y recuerdos que guardo de sus clases llenarían un libro entero. Desde su tarima, brillante su incipiente calva, ejercía don Leandro una atracción tal sobre los jóvenes alumnos y nos interesaban tanto sus charlas por lo amenas, claras y concisas que nos tenía a todos atentos y boquiabiertos.

“Cierto es que no toleraba ni una distracción ni un desmán.

–“Soriano –decía, por ejemplo –, coja usted la puerta y váyase.

“El tal Soriano – José María – no tenía más alternativa que pasarse el resto de la clase en el pasillo.

“Un día me toco a mí coger la puerta. La clase iba de griegos. Un compañero resumía el  argumento de la Ilíada: <<Habiendo robado Paris, hijo de Príamo, a Helena, mujer de Melenao, rey de Laconia…>>. A mí se me debió ocurrir algún comentario jocoso sobre la tal Helena y se lo cuchicheaba a mi amigo Pascual Sánchez. Don Leando intervino rápidamente:

–“Lombarte, coja la puerta y váyase.

–“Don Leandro, que yo no he dicho nada. Era sólo un comentario – me resistí. 

–“No me replique y váyase.

–“Don Leandro, que no hay derecho.

“Debí de levantar la voz más de lo conveniente y no con ánimo de insolentarme con el profesor, sino por el miedo que tenía de encontrarme al padre rector en el pasillo – temía tanto al rector, tanto como apreciaba a don Leandro –, digo que debí levantar demasiado la voz, porque, enérgico, me soltó su frase:

–“Si usted es pariente del Cid, yo lo soy de Alejando Magno. ¡Fuera!

“Y en el pasillo fatídico me pasé el resto de la clase. Algún ángel protector debió entretener al rector en otro lugar, porque no apareció por allí.

“Don Leandro, por aquel entonces, y supongo que los tiempos que corrían no eran los más idóneos para permitirse alegrías dialécticas, translucía un total aragonesismo no disimulado. Hablando de la hegemonía catalano-aragonesa en el Mediterráneo, de las gestas de los almogávares, de la hazañas de Pedro el Grande, de las conquistas de el Batallador, tanto de las de Jaime I, se pasaba clases enteras. Debo decir que para dominar sus asignaturas no hacía ninguna falta el libro de texto. Escucharle era suficiente lección. El texto decía aquello tópico y trillado de que la reina católica empeñó sus joyas para subvenir al almirante de los gastos del descubrimiento. Don Leandro discrepaba totalmente y mantenía que la mayor parte de esos dineros salieron de las arcas de Aragón. Y decía más: <<Si don Fernando llega a tener hijos de sus segundo matrimonio, otro gallo nos cantaría>>. Y en contra del <<monta tanto>>, sugería que quien más montaba era el rey de Aragón – y no solamente en el sentido literal de la palabra, digo yo –: <<pregúntenselo a Maquiavelo: don Fernando era su píncipe>>, decía.

“Y recuerdo que protestó en clase, muy enérgicamente, cuando hubo noticias por la prensa de que en Zaragoza se proyectaba una película en la que el rey católico parece ser que no quedaba muy bien parado. No he oído a nadie jamás, sólo a don Leandro, defender el buen nombre de doña Juana, que él llamaba de Aragón. En  nuestros libros de textos quedó tachado el apelativo de la loca. Y si alguna tara pudo tener la reina enamorada, decía el profesor, era de herencia materna. Que de doña Isabel también habría mucho que hablar.

“Y de griegos y de romanos. Sus lecciones sobre la cultura helenística, sobre la romanización y sobre la influencia benéfica y fundamental de la cultura islámica iban más allá de los textos, afortunadamente mucho más allá.

“Don Leandro, admirador de Filipo, amigo de Alejandro –pariente, decía –, nacionalista con los espartanos, culto con los atenienses, sabios con Séneca, poeta con Virgilio, vencedor con César, tierno  con Marco Antonio, resplandeciente con Octavio, benévolo con Nerón, duro con Calígula, héroe en Sagunto y en Numancia: ése era mi profesor don Leandro Palomar, el que prometía a los alumnos hermosas cucurbita pepo para junio, como no espabilasen y se aplicasen.

“No guardo de otros padres o profesores ningún especial recuerdo, como no sea del señor Santacruz, El monsieur Sacroix, profesor de francés, tan educado, tan benévolo, tan buen profesor.

“El niño despistado y tímido que era yo se fue centrando y afianzando en el nuevo ambiente y conoció a los compañeros e hizo algún amigo. Aprendí nuevos juegos, como el fútbol, que en mi pueblo ni se conocía ni se practicaba. Jugué y destaqué en el frontón , jugando a mano. Intercambié cromos. Me aprendí la alineación del Atlético de Ben Barek, Aparicio y Lozano. Conocí todos los vericuetos del colegio: escaleras, corredores y pasillos. Ya no me volví a perder jamás. Progresé en los estudios y me dieron, por fin, los esperados libros. Dsiponer de mis propios libros me dio gran seguridad y me acabó de afianzar.

“Llegó el verano, y con él los exámenes, mis primeros exámenes. Debieron de considerar los padres y profesores que mi preparación era suficiente y me dispensaron del ingreso, así que me examinaron directamente de primero de bachillerato. Y lo superé.

“¡Dios mío, lo superé! Pasar del rebaño a dos años mal contados en la escuela del pueblo y de allí a primero de bachillerato, y ¡lo superé!

 

IX

El año siguiente, el segundo curso, fue mi buen año. Disipados en gran parte mis temores y timideces, me centré en mi latín, en mi historia y en mi literatura. Me peleé con las matemáticas y con las ciencias, memoricé la gegrafía. La religión y el dibujo no llegaron a interesarme nunca.

“La Formación del Espíritu Nacional me divirtió. Los camaradas del Frente de Juventudes me cautivaron por su entusiasmo. Gocé en las marchas y en los desfiles y si nunca llegué a vestir los pantalones caquis, la camisa azul y la boina roja, secreta envidia me daban los mayores que lo lucían.

“Canté el Cara al sol y el Prietas las filas como  el primero. <<¡España, una!, ¡España, dos!>>, contestaba mi amigo Julio, que en esto también se equivocaba siempre.

***

“Era un domingo caluroso de primavera y estábamos jugando al fútbol en el patio. En la parte de arriba, junto a la puerta, había una fuente donde bebíamos y nos refrescábamos y, al lado de la fuente, el urinario donde desbebíamos. Este urinario solía tener el desagüe obstruido y los orines se acumulaban y llegaban a alcanzar niveles preocupantes. Sudoroso y sediento fui a la fuente a beber y más sudoroso, por lo gordo que estaba, corrió conmigo Julio. Llegué yo primero y bebí pero Julio no se resignó a esperar y me empujó. Me así al grifo y le devolví el empujón. Dio él un traspiés, perdió el equilibrio y se le fue un pie al fondo del canal de los orines amarillos y malolientes. Sacó el pie del mingitorio, mojado hasta media pantorrilla, chorreando la bota y el calcetín putrefacto fluido y me miró airado y me embistió. La primera bofetada la recibí, atónito, en la cara, el segundo golpe fue en pescozón. Los compañeros dejaron el parido en suspenso y nos rodearon animándonos.

–“¡Pégale! – me decían – , ¡pégale en la cara! ¡No le des en la barriga! ¡A la cabeza!

“Yo nunca había pegado a nadie. Retrocedí. Poco a poco me iba calentando y se me iba encendiendo la sangre. Le di en la barriga, desoyendo los consejos de mis compañeros, pero como estaba gordito no le hacía mella.

¡Dale en la cara! ¡Duro y en la ca“beza!

“Y en la cabeza le di, en plena nariz. Y empezó a sangrar. La sangre no me amilanó. Y le pegué un puñetazo y dos y tres. Julio retrocedió.

–“Dale más! ¡A la cabeza! – se divertían mis compañeros.

“El padre Valencia apareció en la puerta del patio. Los animadores se dispersaron y Julio y yo nos quedamos paralizados.

–“Lávense, cojan un libro cada uno y les quiero inmediatamente en la puerta de mi cuarto. Los demás prepárense para salir – dijo el padre.

“Salieron de paseo los internos y Julio y yo nos quedamos castigados, libro en mano, en la puerta del cuarto del padre. A media tarde apareció el padre Pascual con el breviario, paseando por el corredor:

–“¿Qué hacéis aquí?

— “Que el padre Valencia nos ha castigado – dijo Julio.

— “Venid conmigo.

  “Seguimos al padre, que más que andar parecía deslizarse por el pasillo. Nos llevó a la despensa y nos dio un plátano a cada uno, amarillo y hermoso plátano, como nunca lo había visto por el colegio.

–“Ahora bajad a la vela y quedaos estudiando.

“Y bajamos a la sala de estudio con el plátano y el libro, mientras el padre siguió con sus oraciones.

“Tú en tens ganes d’estudiar? – me dijo Julio, rompiendo el hielo y el silencio que habíamos mantenido toda la santa tarde.

–“No, no en tinc gens – contesté –. Si vols juguem a barcos-

–“A, 7.

–“Agua.

–B, 3.

–“Tocado.

“A partir de aquel día fuimos Julio y yo más amigos que nunca.

 

***

“Aquel verano, superados los exámenes, volví a mi tierra y a mis paisajes y los encontré más limpios, más acogedores y más míos que nunca. A mis gentes, por el contrario, las hallé menos alegres, más duras. Había como una barrera, como un muro, entre mis compañeros del pueblo y yo. No existía ninguna comunicación entre los chicos que yo dejé en la escuela y el niño que había vuelto de Alcañiz con el segundo curso de bachiller aprobado. Mis preocupaciones, mis indecisiones y mis timideces  no estaban por los visto del todo superadas y si en el colegio me había llegado a econtrar, en el pueblo me volví a perder. El verano pasó como un sueño, rápido, turbulento, como un mal sueño.

 

 

X

 

“Nunca supe cuánto ni cómo pagaban mis padres por mis estudios y mi pensión. Seguro que fue con sudor y privaciones como pagaron a los Escolapios la instrucción de su hijo.

“Sí recuerdo perfectamente que a cambio del canto de pan blanco que nos servían en los desayunos, mis padres, y los de los demás supongo que también, daban un saco de harina, no sé si cada mes o cada tres meses. Sé que con esta harina comían pan blanco los padres todo el año y en todas las colaciones y comidas. Y me parece muy bien y buen provecho les hiciese. Cuando seas padre, comerás huevo, se decía.

“Alguna vez debieron retratarse mis padres en la entrega de la saca de la harina y el pan blanco debió escasear en la despensa del colegio y la intendencia conventual estaría en fuerte crisis, cunado el todopoderoso rector, por culpa de la harina, tuvo que llamarme la atención en público. Sería la primera semana de algún mes y fue después de haber repartido las notas mensuales a todos los alumnos de bachillerato, reunidos en la gran sala de estudio, cuando la voz del padre rector tronó desde la tarima, ex tarima que decíamos nosotros por aquel entonces:

“Oye, tú.

“Debió pillarme distraído o entretenido repasando mis notas y no me di por aludido. La mayoría de los padres y profesores me llamaban por mi nombre o por mi apellido. Me llamaban Lombarte. El rector me llamaba <<tú>>.

“¡Oye, tú! – más fuerte.

“Levanté la cabeza y vi la gran manaza y el índice gordinflón señalándome inexorable. Era a mí. El dedo inquisidor, desde lo alto de la tarima, se dirigía al hijo de mi padre. Me puse en pie, y cinco cursos de bachillerato pusieron en mí sus ojos.

–“Diles a tus padres que manden la saca de harina cuanto antes. ¡Siéntate!

“Me senté, me hundí en el banco de madera. Delante tenía las notas que me calificaban y encima de mí cincuenta kilos de harina que calificaban a mis padres.

“¡San José de Calasanz bendito, maestro de los niños pobres, que engendraste en aquel rector al amigo de los niños ricos, al inquisidor del aceite y de la harina!

“Malos tiempos deberían correr, grandes dificultades tendrían los padres para levantar de nuevo el colegio de las ruinas de la estúpida guerra, para que el rector perdiera los papeles de escolapio y se ensañara con sus alumnos, preferentemente con los más débiles. O mis padres se apresuraron a mandar la saca de harina el santo de Peralta llamó al orden al rector, porque jamás me volvió a hablar de suministros.

 

 

XI

 

“Mi afición por el latín del padre Pedro fue en aumento. Traducíamos a César, a Virgilio, a Horacio, y llegué a saberme de memoria y de corrido media Guerra de las Galias.

“Seguía repartiendo el padre Pascual las meriendas de su propia mano y los internos seguíamos el itinerario de cada día: del dormitorio a la capilla, de la capilla al refectorio y de refectorio a clase, de clase al patio y del patio al estudio. Este régimen de vida podría parecer monótono y fatigoso y no lo fue en absoluto para mí. Algún domingo nos llevaba el padre Valencia al fútbol, sobre todo cunado los partidos se jugaban en el ‘camper’, que estaba por debajo del muro de Santiago, junto al río.

“Una tarde nos situamos los internos en la banda del campo, presenciando el partido junto a un grupo de mujeres que, a grandes gritos, animaban al campo de Alcañiz. Un jugador, ya mayor, alto y fornido, llamado Broch, que jugaba de extremo o tal vez de interior, recogía la pelota en el medio del campo y se daba largas galopadas por la banda, driblando a todo defensa contrario que se le oponía. Aquellas mujeres se entusiasmaban con las carreras del tal Broch y, fanáticas, gritaban:

–¡Esos cojones, Broch!, ¡esa leche! – ¡Qué temperamento el de  aquellas mujeres!

“El padre nos retiró de allí prudentemente  y se acabó el espectáculo.

 

***

“Estaba yo afianzado y centrado, no diré integrado porque nunca lo estuve del todo.

“Tenía largas conversaciones con un compañero de curso, Miguel, con el que andando el tiempo, me uniría una gran amistad, íntima y duradera. Miguel era aquel chico reflexivo y seriote que desde la primaria había dado muestras de una especial capacidad para el estudio y la comprensión. Miguel era sin discusión el listón de la clase, un listón puesto a la máxima altura, difícil de igualar, imposible de superar. Se instaló miguel en el cuadro de honor en primero y no lo abandonó hasta el último curso. Yo le hice compañía a lo largo de todo el bachillerato, pero a considerable distancia. Andábamos Miguel y yo siempre juntos en el patio, en el paseo, en la sala de estudio y en clase, y en el cuadro de honor de los empollones.

“Su familia era tan humilde como la mía y nuestras aficiones eran parejas. Tantas cosas nos unían que fimos inseparables por muchos años y si un día la vida nos llevó por sendas diferentes, de cuando en cuando, nos encontramos y sin nostalgias – con alguna sí – charlamos con la misma naturalidad y franqueza que lo hacíamos cuarenta años atrás.

“El padre Félix nos estimaba y conocía y apreciaba nuestra notoria amistad.

“Y sucedió que mi amigo enfermó y estuvo ausente del colegio unos quince días. Ya recuperado, apareció un buen día por el patio del colegio, donde yo debía andar pensativo y solitario. Lo vi, – recuerdo – desde la parte baja, paliducho y muy delgado. Corrí patio arriba y él, al percatarse, corrió patio abajo. En mitad del camino nos abrazamos y juntos dimos corriendo una vuelta al patio aquel. La íntima alegría que sentimos al volvernos a encontrar se tornó en preocupación y angustia cuando el padre Félix, con su aflautada voz, nos reconvino:

“Esas efusiones son innecesarias e inconvenientes. Salúdense, dense la mano, pero moderen esas poco dignas demostraciones de amistad:

“Nos quedamos ambos mudos y apesadumbrados.

Perquè mos haurá dit això?  

***

“Aquel verano hubo cambios en el colegio. Se fue el padre Rubio, el imponente rector, y nombraron al padre Jesús Vallejo. El padre Jesús, callado, ascético, muy serio, más humano quizá, renovó, cambió y removió la administración del colegio y, entre otras cosas, elevó el precio de la pensión de los internos y suprimió aquello tan triste del saco de harina.

“Mis padres y los de otros alumnos consideraron abusiva la nueva tarifa y me buscaron patrona para poder seguir los estudios como alumno externo en la esquina de la calle Espejo con la calle Alejandre, viví dos años, los mejores años de mi vida en Alcañiz.

“A los catorce y quince años, sin problemas en los estudios, que llevaba cómodamente y sin mayor esfuerzo, acompañado de mi amigo del alma, Miguel, desperté a la vida ya completamente seguro y afianzado. Fue la época de las travesuras en el castillo, de los largos paseos por el cuartelillo y la glorieta, de las vueltas ala carrera del Corcho, de las excursiones al río y a la alameda de Egea y por Santa Bárbara  y por el cabezo del Cuervo. Aquellas largas conversaciones con mi amigo y las sesiones de cine en el Roch están aún vivas y presentes. Fue el descubrir aquellos reflejos y aquellos brillos en los ojos de las niñas  y el encanto de sus flacos cuerpecillos. Una que llevaba boina roja sobre sus rubias melenas. Otra que vivía en la calle Alejandre, que tenía unos ojos negrísimos y una sonrisa maravillosa. Mis libros de texto se llenaron de sus iniciales: CMR. Escribí mis primeros poemas de colegial enamorado.

***

La clase de física era a segunda hora de la tarde y desde mi pupitre veía, a través de la ventana, el balcón donde a veces se asomaba la niña morena de la calle Alejandre. El padre Félix intentaba, sin éxito, explicarnos la ecuación de Gay Lussac, la de los gases perfectos. Tenía yo la mirada perdida en el balcón de la niña, y mi imaginación volaba lejos.

–“Lombarte, esté atento – la voz del padre.

“Volví a la realidad de los gases perfectos

–Lombarte, ¿lo ha entendido?

–No, padre.

–Martínez salga usted a la pizarra y explíqueselo.

“Salió Miguel, planteó la ecuación paso a paso y la resolvió sin una duda, sin una vacilación.

–¿Lo ven ustedes? – decía el escolapio –. Hay que estar atentos. Puede retirarse, Martínez.

“Terminó la clase con más pena que gloria y el padre reclamó la atención de ­

 –“Los que ayer fueron con chicas que se queden un momento.

“No me di por aludido y salí. Algunos se quedaron. Al cabo de un rato, andaría yo por el patio y oí la voz inconfundible del padre Félix que desde la puerta me llamaba:

–Lombarte, venga usted.

“Me acerqué al padre dispuesto a recibir la reprimenda.

“—Ayer por la tarde estuviste con las chicas en la calle Alejandre –aseguró.

–No, padre. Nos cruzamos con ellas en la esquina de la plaza, sólo un momento.

–Ni un momento ni nada. No se lo voy a permitir a  ustedes ni se lo voy a tolerar a ellas. Tengo señala una frontera, la calle Alejandre, y no será traspasada.

“La regañina no me afectó. Más bien me halagó por lo que representaba de reconocimiento notorio de mi interés por el sexo opuesto y por poderme considerar ya un hombrecito con sus aventurillas y sus problemas amorosos.

 

***

“Por aquel tiempo gocé en la Schola cantorum del colegio entonando los pange lengua, los tántum ergo, la misa de angelis y la de réquiem.

“Me debatí entre las advertencias y las reconvenciones del padre Félix y aquella atracción irresistible que ejercían sobre mí las dulces figuritas de las chicas paseando por la calle Alejandre o por el cuartelillo. Recuerdo cómo las conferencias y los sermones del padre Félix mantenían en vilo al auditorio de chavales. Aquellas descripciones maravillosas, aquel lenguaje tan preciso y tan floreado a la vez:<<Un fresco torrente baja de las nieves. El valle es ubérrimo y entre dos altas rocas, un lago refleja el cielo luminoso…>> Mi espíritu ávido de sensaciones, hambriento de belleza, se alimentó con Garcilaso, Santa Teresa y Fray Luis, y leí y leí. En los largos paseos con Miguel recitábamos a Jorge Manrique, a Campoamor o a Espronceda. Y la <<Moça tan fermosa de Finojosa>> no era otra para mí que aquella niña de negros cabellos y negros ojos de la calle Alejandre. Descubrí la belleza y la armonía de la plaza Mayor de Alcañiz – don Lenadro también estaba enamorado de esa plaza – y el encanto del río Guadalope visto desde  el castillo, abrazando el caserío. ¡Bendita ciudad de Alcañiz, cuánto me has hecho soñar!

“Si torno a Alcanyis, quan hi torno, m’hi trobo altra vegada als dies més felinos – els dies azmrgs els porto amgats a l’armari de l’anima – i la ciutat i jo tornem a  conversar i parlem dels entranyables records, i per les parets de pedra i pels estrets carrers creixen i van i venen, encara, els meus amors i les meues il.lusions primerenques”. 

 

 

 

 

 


[1] El año en que Desideri Lombarte escribió ‘A ti no te conzco’ fue 1987, dos antes de su muerte.

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