Yo también me marcharía

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Cuatro noches de disturbios en Burgos, después de manifestaciones multitudinarias.

Ramón Mur

Jóvenes españoles se van de España. Pertenecen a la generación mejor formada. Y se van porque no encuentran trabajo aquí para vivir de la profesión para la que de manera tan cualificada se han preparado. Esto es lo que se escucha y lee a todas horas en espacios informativos o de opinión.

No parece, sin embargo, que estos jóvenes españoles decidan marcharse únicamente porque aquí no encuentran trabajo. Se van por falta de empleo pero también por otros motivos. Hace cincuenta años, miles de españoles emigraron a distintos países, principalmente centroeuropeos, porque tampoco encontraban faena para poder subsistir en su propia casa. Pero, además, se marcharon porque el trabajo que podían desempeñar estaba peor pagado aquí que allí. Por trabajar en una cadena de montaje fabricando tornillos se percibían mejores sueldos en Alemania que en España.

Pues ahora, medio siglo después, pasa lo mismo. La historia se repite. Muchos jóvenes con buena formación no encuentran en España el trabajo cualificado que les corresponde y, además, aquí está mucho peor remunerado que en otros países. La inseguridad laboral es absoluta para quienes tienen la suerte de trabajar. La seguridad política es nula y la democracia se desmorona. Por todo esto también se van y yo también, en su lugar, haría lo mismo. Si no tienen trabajo, mal. Pero si lo tienen, están expuestos a que les reduzcan el sueldo e incluso a ser despedidos sin previo aviso con la excusa de la crisis y del mal momento por el que pasan las empresas y los sufridos empresarios, esos encomiables creadores de riqueza. Todavía hay más: a quien se le ocurra protestar por la injustificada situación descrita, los poderes públicos tardarán muy poco en aplicarle medidas similares a las previstas en la nueva ley de seguridad. Por si todo esto no fuera suficiente, unos españoles comprueban atónitos cómo otros compatriotas suyos, demasiados por desgracia, les meten en el mismo saco de los rebeldes sin motivos y  tienen que soportar el insulto de ‘perroflautas’ cada vez que protestan por un desahucio, por los recortes en sanidad, educación o cultura o exigen que les devuelvan las preferentes que les robaron con la mayor impunidad.

El caso de Burgos es paradigmático de lo que está sucediendo en España. En la ciudad castellana, pacífica por antonomasia, la autoridad competente pretende convencernos de que los vecinos del barrio de Gamonal están siendo manipulados  por grupos de violentos organizados de Madrid y del País Vasco, llegados a Burgos para levantar barricadas. La explicación más sencilla es que el poder gobernante, una vez más infectado de corrupción, pretende prohibir que un vecindario se manifieste en contra de una obra urbanística que cuesta 13 millones de €, que los vecinos rechazan. Pero el alcalde insiste en que se  quiere hacer de Gamonal “un barrio para el pueblo”. Pues el pueblo dice que no lo quiere. Nada tiene de extraño que muchos opten por marcharse de un país que retorna al franquismo sin Franco. Yo, si tuviera 30 años menos, haría lo mismo.

En los últimos días del año recién pasado, escuché un reportaje de radio dedicado a unos jóvenes zaragozanos que viven en el extranjero y habían regresado a casa por Navidad. Todos siguen muy de cerca la actualidad de España allá donde residen. Algunos confesaban que en ciertos países se les mira despectivamente como a “esos del sur de Europa que vienen aquí a trabajar”. Es decir, les pasa lo mismo que a los trabajadores españoles que emigraron hace medio siglo, aunque ahora tengan mayores y mejores cualificaciones que los de entonces. Otros de los entrevistados reconocieron que volvían a sus casas por reunirse con sus familias pero con muy poco entusiasmo al “comprobar lo que está pasando aquí con el retroceso que se está produciendo en tantas cuestiones, como por ejemplo, en el tratamiento del aborto”. Y no ocultaban que en demasiadas ocasiones no sabían qué responder cuando les preguntan: “¿Qué está pasando en España?”. Pues está pasando que nos estamos cargando la democracia a los 40 años de haberla reconquistado. Y pasa igual que en los ya lejanos años del franquismo, cuando unos españoles emigraban por necesidad mientras otros suspiraban por conocer otros mundos para respirar en libertad. Ahora vuelve a repetirse la misma historia: muchos españoles se van porque aquí no encuentran empleo o en otros países lo encuentran mejor remunerado y también porque estamos empezando a perder la auténtica libertad democrática y quizá, quizá sea verdad que todavía se pueda encontrar y disfrutar de ella en otras partes del mundo. También es cierto, por otra parte, que la democracia occidental se muestra muy agrietada en todas las latitudes. Puede pasar, de todas formas, que aunque en ninguna parte se encuentre ya una auténtica libertad democrática, al menos uno se pueda ganar mejor la vida. Yo, insisto, si fuera un joven del momento también me marcharía. Para seguir aquí sin curro o mal pagado y sin poder levantar la voz, mejor marcharse.

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