Antes influir que informar

 

 

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JUAN+LUIS+CEBRIANlGXGaomCfEVNndXgJ-mwvUvMgb7NDOi2448xiCNu5s7txH5_C5plStu5-_2d7_i0SU51Olw=s101Juan Luis Cebrián y Pedro J.Ramírez, dos sobresalientes ejemplos de periodistas empresarios.

g-bHzVOTZipD5OdJSaBfZLi8Tv4wSIFJyLdswM5PLq0kcs_McfR-3z8PXx7kXTA7QuhiOoM=s128061D2GP1_1José Antonio Zarzalejos y Ángel Arnedo, dos de los directores que tuve en mi etapa profesional y de criterios profesionales poco coincidentes.

Ramón Mur

 

Los periodistas están hoy tan desprestigiados o más que los políticos, si cabe. Al menos en la sociedad española se ha extendido el convencimiento que se escucha a todas horas, de que “los periodistas son todos unos manipuladores y cuentan lo que quieren de la manera que les apetece”. Los medios de comunicación, claro, ocultan la mala imagen de la profesión periodística salvo cuando se refleja en las encuestas  donde los profesionales de la información ocupan los primeros puestos en la baja consideración de los ciudadanos.

 

            Un poco o bastante injusta es esta visión social acerca de los periodistas. Las que de verdad se merecen un juicio negativo o el reproche total de la ciudadanía son las empresas propietarias de los medios y sus máximos responsables.

 

            En los primeros años de la transición a la democracia, a los periodistas nos colocaban alfombra roja en todas partes y se nos llegó a atribuir una contribución muy principal y decisiva, probablemente no del todo merecida, en el establecimiento del régimen democrático y de libertades en España después de tantos años de dictadura. ¿Qué ha ocurrido para que el prestigiado profesional de la información de hace 38 años esté hoy tan mal considerado?  Antes de responder a la pregunta, conviene admitir y reconocer que a la altura del año 2013 nos encontramos justamente en el panorama que pinta Antonio Muñoz Molina en su libro ‘Todo lo que era sólido’: “En un país en el que todo depende de la política las formas posibles  de coacción son innumerables. En el nuestro se han hecho cada vez más groseramente explícitas. Qué periódico va a atreverse a criticar a un alcalde o al presidente de una diputación o comunidad si de la noche a la mañana pueden retirarle los anuncios institucionales y las suscripciones o las subvenciones directas de las que depende su supervivencia. Pero no hay mejor crítica que la información fehaciente, y ésa se ha vuelto todavía más rara. Una columna de opinión o una entrevista complaciente se hacen en poco tiempo y cuestan muy poco, y ocupan a bajo precio un buen espacio en el periódico. Una tertulia es mucho más barata de producir que un reportaje”.

 

            A esta situación no se ha llegado, desde luego, en un año sino que se fue gestando durante mucho tiempo. El punto de arranque se produjo cuando muchos periodistas, algunos de probada y contrastada calidad, se convirtieron en empresarios de la comunicación. Varios de ellos cambiaron su actividad explícita como profesionales de la información por la de gerentes o consejeros delegados de grandes grupos empresariales de comunicación. Otros compaginaron y compaginan la profesión periodística con la empresarial y dirigen el medio de comunicación del que son copropietarios. La aparición del periodista empresario produjo la muerte, lenta pero irreversible, de esa “información fehaciente” a la que se refiere el escritor y académico Antonio Muñoz Molina. Los periodistas empresarios que buscaban, por encima de todo, hacer negocio y obtener las mayores ganancias posibles al frente de sus empresas, más empresarios que periodistas, cambiaron el rumbo de los medios de  comunicación que se convirtieron en vehículos de opinión antes que transmisores de información.

 

            Al comienzo de la década de los años 1990 del siglo pasado, yo tuve que padecer a un director de periódico que, desde el primer momento en que tomó posesión del cargo, nos lanzó esta máxima como principio ordenador de su mandato: “los periodistas no somos meros informadores de lo que acontece, nuestra principal misión es la de influir en la sociedad, en la política democrática, en la economía y, en fin, en todos los aspectos de la vida de nuestra país”. Él no quería periodistas, quería una redacción formada por personas con capacidad de influir, de marcar el rumbo de los lectores con arreglo a la línea editorial del medio de comunicación. Y la tal línea editorial la marcaban los dueños y máximos responsables de la empresa editora.

 

            Así es como nacen los periódicos y las televisiones ‘desmontagobiernos’ que tardan más o menos tiempo en lograr su objetivo de derrocar un gobierno pero, al fin, lo consiguen. La tarea de influir en la sociedad se realiza con la opinión por bandera, pero también, y sobre todo, con la información sesgada, orientada, e incluso con la desinformación. Parece que vivimos envueltos en una sobreabundancia informativa pero siempre falta alguna información que no responde al interés de ninguna de las empresas, sea del color que  sea. Todos los días ocurre que sobran cientos de noticias que, unos y otros medios, desde el color del cristal por el que miran la vida, repiten hasta la saciedad y el aburrimiento. Sobran cientos, pero siempre falta una y no por casualidad.

 

            Hay que insistir en la culpabilidad de un sector empresarial viciado en el que el gerente economista, joven ejecutivo de gran porvenir, al que de los medios de información  no le han interesado más que los deportes, manda más que nadie en el conjunto de la empresa, también sobre la redacción. Con criterios puramente lucrativos, estos jovenzuelos encorbatados, engominados y ultra trajeados, incapaces de sentir locura vocacional por la noticia en sí misma, venga de donde venga y acabe donde tenga que  acabar, se permiten incluso dar “orientaciones” al director del medio. Los directores de los periódicos del momento, al menos en muchos casos, son simplemente jefes de sus redacciones pero el diario se dirige desde la gerencia empresarial. Estos ejecutivos, apenas interesados desde su más tierna infancia por la información deportiva, señalan sin rubor y con mano firme el contenido de las informaciones, elaboran su textura ideológica y van por ahí presumiendo de saber de periodismo, incluso de ser periodistas, algo que nunca han sido ni serán.

 

            Los empresarios de los medios tienen culpa en esta situación lamentable por la que atraviesa el mundo de la información. Pero los periodistas no están exentos de pecado, ni mucho menos. El día que se escriba un libro descarnado sobre lo que ocurre en muchas redacciones de periódicos, radios y cadenas de televisión – en esto igual da que se trate de públicas o privadas – saldrá  a la luz la actitud de muchos directores, redactores jefes y de sección que han optado por servir al dinero y al patrón antes que al público al que deben informar. Da pena escuchar a jóvenes profesionales, algunos excelentes a pesar de los pesares, que repiten a todas horas: “yo lo único que quiero es mantener mi puesto de trabajo; eso de que aquí tendré que escribir en azul y allí en rojo, me da lo mismo”. De la precaria situación laboral se aprovechan los empresarios y sus esbirros, los periodistas pelotas con mando en la redacción.

La independencia de criterio del profesional hace tiempo que se acabó; de ella disfrutan algunos escogidos y en la forma que dicte la propiedad que actúa por delegación, claro está. ¿Sabe alguien que hoy un redactor jefe quita la firma de cualquier informador si le viene en gana o  la pone bajo una información que él, el jefe, ha escrito y no el redactor a sus órdenes? ¿Y que éste, el redactor, se entera al caer la publicación en sus manos de que contiene un artículo con su firma? ¿Conoce alguien hasta qué punto se condiciona el trabajo de un profesional de la información, licenciado en una facultad universitaria? ¿Alguien es capaz de imaginar que hay redactores jefes que envían a una rueda de prensa a un periodista al que obligan a dictar la información a otro compañero para que sea este último quien la escriba porque goza de mayor confianza del redactor jefe? Tampoco sabe nadie, claro que no, que a una conferencia de prensa va un o una joven periodista, becario/a en muchas ocasiones, a quien cuando llega a la  redacción su jefe de turno ya ni le pregunta como antaño “¿Cuéntame, qué ha pasado?” para preparar juntos la información que habrá de redactar el enviado especial. No, ahora llega el plumilla y el jefe, rodeado de teletipos digitales, emisoras de radio, televisiones y de toda clase de medios, móviles o estáticos, en cuanto lo ve aparecer por la puerta, le suelta a bocajarro: “Tenemos que orientar así y así y por ahí la información”. Las informaciones las elaboran unos periodistas alquimistas de la información desde su mesa de redacción, bien instruidos por quien tiene que instruirles. Hoy todas las informaciones están teledirigidas y el periodista es un simple mensajero, él sí que es un recadero de la noticia en bruto que luego habrá de pulir conforme se lo indique quien tenga poder para hacerlo.

 

            Paradójicamente, hacia 1999, se comenzó a aleccionar a los jóvenes redactores sobre la importancia de realizar “informaciones de autor” resaltando la firma del redactor. Esto se decía cuando ya se había hecho triste realidad que en cada redacción solo había un autor único, el redactor jefe que a las órdenes de la dirección, uniformaba todas las informaciones las  firmara quien las firmara. Los jefes de redacción tienen a su mando eficaces y eficientes peones llamados pomposamente editores y que son los que corrigen los textos. Estos serviles profesionales cambian con la mayor tranquilidad un simple “puesto que” por un “ya que” porque su labor es cambiar el texto ajeno que pasa por sus manos. Es imposible cuantificar las horas que se pierden o mal emplean en una redacción con este sistema y que es la causa principal de que muchos periodistas pasen en su puesto de trabajo mucho más tiempo del necesario. A una prestigiosa colega de hace veinte años, empezaron a tocarle los textos de  tal forma que quedaban desconocidos. Eso sí, con su firma abriendo información. Y luego los peones editores, cuando se comentaba la excelencia de cierta entrevista de la colega aludida, decían con todo descaro: “Excelente entrevista, sí, pero gracias a que yo la retoqué”.

 

            La uniformidad redaccional existente entre los medios de comunicación  es tal que en todos se “ningunea”, “enfatiza”, “espeta” o “subraya” a todas horas, por poner solo unos ejemplos. Si en tiempos, la mejor literatura se encontraba en las páginas de los periódicos, como llegó a afirmar José Luis Sampedro, hoy la escritura informativa, en fondo y forma, es igual de buena y mala en todos los medios. Los titulares, todos con sello de autor, son más de opinión que de información e igual de imaginativos en todos los casos. Yo hace años que en todo cuanto escribo jamás “ninguneo” a nadie. En todo caso, lo margino o lo mando a hacer puñetas. Tampoco “enfatizo” o “espeto” nada porque para eso ya están los periódicos del momento. 

 

             

 

Todo esto que ocurre, y mucho más, en las redacciones, nunca lo contarán los medios de comunicación, por descontado. Para detallarlo y concentrarlo habría que escribir un libro en forma de grueso volumen. Hace falta que nazca quien se atreva. Desde luego, prestará un gran servicio a la maravillosa profesión periodística y probablemente llegará a tiempo de resituar al profesional de la información en el puesto que le corresponde.

 

            Antonio Muñoz Molina cuenta también una anécdota que merece la pena resaltar a modo de conclusión. Un redactor de cierto periódico estaba especializado, hace unos pocos años, en informaciones sobre el medio ambiente. “No sabes lo que era –me dijo – . Ibas a un pueblo a cubrir alguna noticia sobre aquellos abusos [contra las especies de animales protegidas] y te amenazaban. Lo menos que te llamaban era ecologista de mierda. Incluso en el mismo periódico me miraban mal por las cosas que escribía. Una vez me dijo uno de los jefes: “¿Sabes lo que te digo? Que por mí que no quede ni uno de esos bichos salvajes. Que se los carguen a todos. Que no quede ni uno”. Es decir, que se está imponiendo un ‘modus vivendi et operandi’ en todo, también en el periodismo, y ¡ay! del osado maldito que pretenda levantarse contra él porque solo conseguirá eso: ser un maldito.

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