La brutalidad de anoche

imagesVista de Bellmunt.
Ramón Mur

“Aquí si escribes lo que de verdad piensas, te dejan solo, y si hablas, lo mismo. Yo ya soy demasiado mayor como para que nadie me diga de qué tengo que hablar y de qué no”. Estas dos sencillas observaciones, aunque también rotundas sentencias, las hace Miguel Sánchez Ostiz en uno de sus últimos libros ‘Idas y venidas’ (Editorial Pamiela, Pamplona, 2012). En sus páginas, dedica un epígrafe a “una brutalidad de anoche”, acaecida allá por el valle, navarro y fronterizo, del Baztán. Distinta a la que se produjo en Bellmunt cuando unos ¿desconocidos? vaciaron la piscina municipal, la madrugada del 6 de agosto último. Fueran uno o varios, resultará difícil su identificación.

Aunque me quede solo escribiendo lo que pienso, no puedo menos de afirmar que esta brutalidad se hizo con la intención de perturbar la vida de todos los vecinos del pueblo, los que residen todo el año y los que están de veraneo. Hasta 23 niños metidos en el vaso de la piscina en un momento se contabilizaron el día anterior a la brutalidad nocturna. Esta barbarie no la cometieron ladrones o chorizos comunes. Su autor o autores son unos perturbados mentales, así de claro, y dicho sea con una indulgencia que no merecen. Un descerebrado que ha querido minar la convivencia entre los vecinos del pueblo. Así escribo de verdad lo que pienso, aun que me quede solo, y para que el autor de esta brutalidad sepa que algunos pensamos que algo así es un acto inhumano que solo puede ser obra de una persona enloquecida.

Este tipo de situaciones se producen, por desgracia, en todas partes y también en los pueblos pequeños como Bellmunt. Por volver a parafrasear a Sánchez Ostiz, parece como si la brutalidad del pasado 6 de agosto tenga que ser “ya una historia olvidada, o mejor nunca de verdad sabida”. Eso le gustaría a más de uno que cree que es preciso callar y cerrar los ojos a la cruda realidad: “¡No habléis de eso, hostia! Y un día es una cosa y otro, otra: los atentados que no lo son, los crímenes que tampoco, las cosas que resultan conflictivas y cuyos comentarios significan una toma de posición que puede correrse…Los encogimientos de hombros, el perpetuo pasar la página, el no comprometerse con nada ni con nadie, el no saber, por principio, nada, nunca, los sobreentendidos, los secretos compartidos pero sobre todo el silencio… ¡No habléis de eso, hostia! Y si no hablamos de eso, ¿de qué hablamos? Del tiempo, el tiempo, el mejor engrudo de la vida…”

Miguel Sánchez Ostiz lo tiene así de claro. Un escritor, ácido, sí, muy ácido, pero modélico en el ejercicio de la libertad de expresión con exquisita literatura del más puro sabor barojiano.

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