Claramar

imagesHace ochenta años, y más, ya existían mujeres telefonistas como Claramar.

Ramón Mur

“Hola, soy Claramar, le llamo de la operadora de telefonía XX..” No permito que siga y contesto: “Bien, hija mía, buenas tardes”. Siempre llaman entre dos y cuatro de la tarde, en la sobremesa, cuando uno está medio sobado ante la televisión porque ya ni los Cortázar de “Gran reserva, El origen” consiguen quitarme el sueño. El lumbreras del marketing y promoción de ventas que ha movilizado el ejército de chicas ‘Claramar’ para que nos importunen en nuestra propia casa no se ha enterado de que a la hora en que obliga a llamar a sus chicas, millones de españoles estamos en ‘La Siesta’, no en el pueblo de la telenovela sobre vinateros riojanos, aunque también, sino en la sagrada hora del reposo tras las sobremesa.

No me gustan las chicas como Claramar. No tengo nada contra ellas y no sé por qué han de gustarme o dejarme de gustar. Lo que me disgusta es que las exploten. Y que tengan que llamarme para enjugar su mísero sueldo con las comisiones que les pueda promocionar el incremento de clientes. ¡Pobres Claramar! ¿Es posible que este sistema de llamar a horas inoportunas y de forma inesperada proporcione resultados positivos? La verdad es que me cuesta creerlo. A fuerza de molestar al prójimo, se consiguen pocas cosas en esta vida. Sin embargo, los empresarios, lúcidos y sabelotodo, persisten en mantener el método.

El caso es que las chicas Claramar siguen ahí, firmes en sus puestos, al otro lado del hilo telefónico. ¡Pobres! Las mujeres en la empresa son lo que son. En la fotografía de hace unos días del presidente Rajoy con los principales empresarios y magnates del país, no había ni una sola de ellas. Ni tan siquiera una muestra femenina puramente testimonial. Ni eso. Los más grandes de la empresa en España, sonrientes, se encuentran mejor sin mujeres. Así hablan de ellas con más comodidad y desvergüenza. Son españoles decimonónicos. Les agradan las reuniones de alto nivel al estilo de sus bisabuelos. Hombres solos o mujeres en el tresillo y los maridos con el puro al morro, hablando de política de la que sabían menos que las señoras. Ellas eran las que, entre revolcón y revolcón en la cama, tenían que sacarles a ellos de los atolladeros sociales, económicos y políticos en que estaban metidos y de los que eran incapaces de salir.

Así es como están las mujeres a estas alturas del tercer milenio. En la Iglesia, no pasan de las sacristías; en política, ya llegan a vicepresidentas o cancillerías desde las que gobiernan sometidas al dictado del hombre; en las empresas, son los mejores mandos intermedios pero nunca forman parte de los grupos financieros selectos, cuando son ellas las que mejor hacen cuentas siempre que es menester. Los empresarios españoles quieren en sus negocios mujeres como Claramar, para que nos levanten del duermevela de la sobremesa. Pero ocurre que, en tales condiciones, nosotros las mandamos a la porra sin que ellas tengan ninguna culpa.

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