El fútbol es inhumano

1353086067371Tito Vilanova, entrenador del Barça hasta hoy.

Ramón Mur

Jugaba el Barça en el Bernabeu. Desde hacía unas semanas, Pep Guardiola estaba solo al frente del equipo, sin la asistencia de su ayudante o segundo entrenador, Tito Vilanova, que había sido operado de un tumor canceroso. Entonces todavía no se hablaba de glándula parótida ni de nada específico. El segundo técnico aún no estaba como para viajar con la expedición pero el primero exigió que fuera al partido contra el Madrid y embufandado, abrigado hasta las cejas, cubierto con gorro polar, Vilanova llegó a la estación del AVE y allí lo metieron en un taxi que lo arrastró hasta el banquillo del Estadio Santiago Bernabeu. El primero del Barça ni podía ni sabía prescindir del segundo, sin su concurso no se atrevía a plantar cara al Real Madrid.

Poco después, primavera de 2012, Guardiola anunció que se iba del Barça al final de temporada y se molestó cuando supo que Vilanova se había comprometido para sustituirle sin habérselo comunicado a él. Entonces el padre de Tito dijo que “si ha aceptado ser el primer entrenador es porque está bien y esa es la mejor noticia”. Pero no era verdad, no estaba bien, no había superado la enfermedad. Comenzó la temporada de responsable principal de la plantilla y el Barça fue unos meses la misma máquina de ganar que en los años de Guardiola y Tito. Hasta que tuvo que ausentarse durante una larga temporada para ser atendido en Nueva York donde estaba Guardiola aprendiendo inglés. El equipo sin Tito empezó a recular de forma alarmante y la ‘messidependencia’ llegó a parámetros insospechados y hasta ridículos. Volvió Tito y cualquiera podía ver en su rostro el cáncer invencible sin necesidad de ser médico, su padre o su familiar más querido. Pero él se aferraba al banquillo y de allí no quería moverse.

La eliminatorias de cuartos y semifinales de Champions fueron patéticas, quizá surrealistas pero, sobre todo, inhumanas. El entrenador se cubría cuanto más podía el lado izquierdo del cuello, su mirada era claramente la de un enfermo. Por si fuera poco llegó la lesión de Messi, aquel de quien todo el equipo dependía para poder seguir adelante. Lesionado, desconocido y desnortado, salió el argentino para marcar el gol del empate a uno en el Camp Nou ante el Paris Saint-Germain, el gol que daba a su equipo el billete para las semifinales de Champions. Como era el protagonista, le seguían las cámaras desde que salió al campo por todas partes. El realizador de televisión cazó a Messi con síntomas de vomitar. Sus náuseas, sin embargo, se vieron por la pantalla una vez pero no más. Mientras tanto, en el banquillo Tito Vilanova y su segundo Jordi Roura sonreían a una victoria lograda con el Cid Campeador sacado no muerto pero sí maltrecho, muy dañado.

Y llegaron los dos partidos de semifinales frente al Bayer Munich. Leo Messi no jugó porque no podía y allí la derrota fue por 4 goles a 0 y aquí por 3 a 0. Messi no jugó y Tito, como no podía ni con su cuerpo ni con su alma, fue incapaz de hacer jugar al equipo sin Messi. El Barça ha tenido “messidependencia” pero también “titodependencia”. Rossell, un presidente muy empresario pero que es espiritual e intelectualmente híbrido, dijo aquello de que mientras la enfermedad se lo permitiera, el “entrenador sería Tito Vilanova”. ¿No había comprobado muchos meses antes que estaba claro como la luz del día que la enfermedad no permitía a Vilanova entrenar al Barça y probablemente tampoco hacer otras cosas más que hacen los hombres sanos?

Así hemos llegado a este 19 de julio en que Tito ha tenido que reconocer que no puede seguir y ha decidido abandonar el Barça. Si Vilanova ha llegado a pensar en algún momento que el fútbol es tan importante como para jugarse la vida por él, no hay más vueltas que dar: este deporte es inhumano. Si los dirigentes del Barça estaban dispuestos a dejarle seguir de la misma forma que fueron incapaces de renovarle por vida el contrato a Abidal, el primer futbolista de la historia capaz de jugar al fútbol con un hígado transplantado, es, forzosamente tiene que ser, porque estos señores de Sandro Rosell son muy poco humanos, porque quizá es que este deporte es inhumano.

Mal está que los clubes de fútbol no contribuyan a hacienda, que regateen los pagos a la seguridad social y que los futbolistas defrauden a la hacienda pública. Pero peor, mucho peor, sin duda, es que el fútbol sea inhumano. Y lo es porque está desfasado, sus métodos son obsoletos en materia educativa y pedagógica. Nada en esta vida se puede elevar a categoría de absoluto y menos el deporte-espectáculo. Los entrenadores, todavía hoy, tratan a los jugadores de usted y la disciplina en una plantilla es conventual o cuartelera. Por ganar lo que gana, el futbolista tiene que prometer sumisión y obediencia ciega. Por tanto que cobran tienen que ser esclavos, gladiadores. Es, decididamente, inhumano. En el mundo de hoy, más secular que nunca en la historia, las empresas, las instituciones y los clubes de fútbol emplean los mismos métodos que San Ignacio de Loyola pedía a sus seguidores para llegar a la perfección: “Perinde ad cadáver”. Es decir, obedecer como si fueras un muerto. O como prescribía en ‘Camino’ San Josémaría Escribá de Balaguer: “serás como el pollino, atado a la noria y con los ojos vendados, rodando y rodando sin parar”. Así es como tu cláusula de rescisión, hijo mío futbolista, podrá ser de cien millones de euros.

En el fútbol no hay humanidad o si la hay parece excepcional, como en el caso de Vicente Del Bosque, seleccionador nacional, a quien hace poco escuché decir que “al tener un hijo discapacitado, su mujer y él se preguntaban porqué les había tocado a ellos. Pero, ahora, en cambio, se hacen esta otra pregunta: ¿y por qué no nos iba a tocar?” Una declaración, la del seleccionador, llena de humanidad. Totalmente excepcional en el inhumano mundo del fútbol.

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Una respuesta a El fútbol es inhumano

  1. juanma dijo:

    Bien visto. No dejamos de ver, en general, ejemplos de lo que no hay que hacer.
    Saludos.

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