Quienes menos sufren atemorizan al resto

rajoyempresasefe--644x362 Si todo está tan mal como ellos mismos dicen ¿por qué sonríen tanto los empresarios?

Ramón Mur

El personal está que no vive. Todo está mal y peor que va a estar. Hubo otras crisis económicas pero duraron un tiempo y fueron superadas. De la actual dicen que es un túnel por el que no se ve la luz de la boca de salida. De otras grandes depresiones económicas cuentan también que acabaron en guerras no de inmediato pero sí pasado cierto tiempo. ¿Y ahora? ¿Pasará otro tanto? España cuenta con seis millones de parados. Unos creen que no pueden ser tantos y otros justamente al revés: que son bastantes más.

Sí es cierto que quien menos padece como consecuencia de la situación social, económica y política es el que se encarga de repetir a todas horas el latiguillo “de lo mal que estamos” para así atemorizar al resto del personal. Hace pocos días se reunieron con el presidente Rajoy los grandes empresarios españoles. Fueron a compartir buen yantar y limpios manteles de fino hilo Florentino Pérez, banqueros de primera y otras más estrellas rutilantes de la empresa y las finanzas como Manuel Pizarro, García Cerrada, el González de BBVA, etcétera.

Las informaciones pseudo oficiales señalaban como protagonistas de este encuentro en Moncloa a los miembros del Consejo Empresarial por la Competitividad que está formado por los presidentes de Telefónica, El Corte Inglés, Mango, Santander, Repsol, Acciona, La Caixa, BBVA, Inditex, Grupo Planeta, Mapfre, ACS, Ferrovial, Mercadona, Iberdrola, y el Instituto de Empresa Familiar, representado por Grupo Barceló, Havas Media Group y Osborne. Alguno de los máximos representantes de estas empresas, como el del Banco Santander, Emilio Botín, no pudo acudir a la cita de Rajoy.

Todos coincidieron en contemplar con preocupación lo delicado del momento. Pero es seguro, no tengan la menor duda, de que ninguno de ellos deja de dormir a pierna suelta cada noche por culpa de la malhadada crisis económica. Y si el momento les quita el sueño a estos potentados es porque quien más dinero y poder acumula más quiere tener o menos que nadie quiere perder algo de lo mucho que tiene. Ellos no sueltan ni tanto así. Al contrario, proclaman a los cuatro vientos la necesidad de que la sociedad, los hombres y mujeres de a pie, sean los que se avengan a cobrar menos, trabajar más y afrontar sin rechistar un negro porvenir para sus familias.

Los invitados le dijeron a Rajoy que es necesaria una estabilidad política para recuperar la bonanza económica. Y el presidente les aseguró que cuenta con mayoría absoluta en las Cortes, por si no lo sabían, que no va a retroceder en el camino emprendido, que no cederá ante chantajes de nadie y que ningún problema tiene con la Justicia, por más que se cuente de Luis Bárcenas a quien él nombró encargado máximo de las cuentas de su partido político, el PP que refundara, desde Alianza Popular, Manuel Fraga.

Pero ni los invitados ni el anfitrión leen a los expertos que piden reforma radical en los partidos políticos, nuevos sistemas electorales y aseguran que España, después de casi 40 años de democracia, transcurridos desde la muerte de Franco, necesita un cambio radical en su hoja de ruta. A todos estos señores, al presidente y los más grandes de nuestras empresas, hay que recodarles lo mucho que ha cambiado el mundo en general y España en particular. Que la lucha de clases, por fortuna, se esfumó, al menos tal y como existió hasta hace 80 años. Que hoy las masas están mucho más instruidas en todos los órdenes y que las revoluciones del futuro serán muy diferentes a las del pasado. No quiere esto decir que la sociedad es sumisa y callada ante la injusticia. Todo lo contrario. Los desequilibrios económicos y sociales se admiten hoy menos que nunca. Pero el combate será más reflexivo, la revolución futura será la del conocimiento. Si los poderosos no quieren perder lo que tienen en su propia casa, los ciudadanos no están dispuestos a perder todo lo mucho que les pertenece en el mundo que habitan.

En definitiva, de sumisión ante la injusticia, nada de nada. Habrá movilizaciones, sí, pero las justas y necesarias, como ha ocurrido con la oposición a los desahucios. Los indignados somos cada vez más, pero indignados con cabeza, sin yugular hinchada ni armas de fuego. Ha llegado el momento de la razón, en ella está la verdadera fuerza. Y si los partidos políticos siguen mirando más por sus propios intereses que por el interés general del país, la razón de la sociedad acabará por terminar con todos ellos. Si no lo ven así, peor para los ciegos.

A la muerte de Franco, hubo consenso social y generalizado para democratizar la España que salía de una larga dictadura cuyos defensores fueron apartados de la construcción del nuevo régimen de libertades. Ahora estamos en el final de una etapa democrática que, por diversas causas, se ha agrietado en varios puntos. Para cerrar las grietas hará falta el concurso de todos. De los que viven mal, acosados por el paro e incluso el hambre, pero también habrá que contar con la colaboración de los que más tienen y mejor viven. El amo ya no le puede decir al criado “no tengo para pagarte y tendrás que seguir a mi servicio sin cobrar”. Así era antes. Hoy no puede ser así porque el criado sabe tanto, si no más, que el amo. Y el empleado puede perfectamente aleccionar al dueño sobre la forma de hacer frente a la situación, por peliaguda que sea.

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