Feria trufera y sanjuanera

imagesBancales en escalera del término municipal de Bellmunt.

Ramón Mur

El portal del ‘Sol de Vila’ (1746) es uno de los cinco que en la antigüedad daba acceso al pueblo amurallado. En el lado derecho del arco, sobre el muro de entrada, hay un cartel callejero de chapa y pintado en azul marino. Es de 1967 y con letras blancas recuerda el premio provincial de embellecimiento concedido ese año a Belmonte de Mezquín. Una población del Bajo Aragón, situada en lo alto del valle del río Mezquín, afluente del Guadalope, que hoy se conoce con el nombre oficial de Belmonte de San José y al que se puede llamar Bellmunt en su lengua vernácula.

Este pueblo será escenario de la primera feria de trufa de verano o sanjuanera los días 15 y 16 del próximo mes de junio, con una jornada-prólogo en el campo, el lunes 10 del mismo mes, dedicada a las técnicas de recolección del fruto con la ayuda de perros amaestrados. El término municipal de Bellmunt es extenso y está formado por dos herraduras de montañas. En el centro de la más occidental de ellas está situado el núcleo urbano, mientras que la parte oriental daba cobijo antaño a una nutrida comunidad de masías, hoy muchas de ellas medio derruidas, todas cerradas a la vida cotidiana.

El paisaje es de terrazas naturales pobladas de pinos y de bancales dispuestos en escalera que son como peldaños de tierra, sostenidos por paredones de piedra gris y añosa. Son paradas de olivos antiguos y almendros más modernos. Bajo los pinos y por encima de olivos y almendros, o junto a ellos, están ahora surgiendo jóvenes plantaciones de árboles truferos, aunque la trufa de estos parajes bajoaragoneses, la Trufa de Verano, es todavía silvestre en su mayoría y los truferos van tras ella por el monte.

Los expertos aseguran que “La Trufa de Verano o de San Juan (Tuber aestivum) se recolecta de primeros de mayo a finales de agosto y su mejor momento es a partir de mediados de junio. El aspecto exterior de esta trufa de verano es igual a la de invierno: es decir, negra y con verrugas piramidales, un poco más grandes que su hermana de invierno. Su interior es blanco y va adquiriendo tonos avellana, a medida que madura. De la ‘tuber aestivum’ existen pocas plantaciones, por lo que es un fruto preferentemente silvestre. Para su recolección se utilizan perros adiestrados”. Por eso la primera feria trufera de Bellmunt bien puede recibir el nombre de sanjuanera.

El lema de esta primera muestra trufera de Bellmunt es “un lujo para todos”, tal y como puede comprobarse en los carteles anunciadores de la feria. Un lujo que nos traslada de los pinos y viejos olivos a la trufa, siempre viva, asilvestrada, en estas tierras, pero apenas cultivada hasta la actualidad. Alguna relación con el rastrear en busca de trufas puede tener que en el pasado salieran a herborizar por los cabezos del valle del Mezquín botánicos como José Pardo Sastrón o Francisco Loscos Bernal, farmacéuticos en varios pueblos de la zona. Pardo buscaba hierbas para fabricar opio, ahora se sale a la búsqueda de trufas, muy apreciadas en la gastronomía más vanguardista.

La trufa cohabita bien con el olivo. De él escribió el regeneracionista bajoaragonés Juan Pío Membrado (Bellmunt, 1851-1923): “Antigua es la frase, pero verdadera, de que el olivo es el primero de los árboles. Algo delicadillo en clima, o mejor dicho en uno solo de los factores que es la altitud: no quiere la profundidad de los valles, no tiene vida en la montaña, no le place la vega con todos sus encantos; sólo quiere laderas secas y de atmósfera saneada; por eso se aviene con los españoles y con los italianos. Pero a cambio de esas exigencias, que al fin no hacen más que limitar su zona para hacerlo más estimable, ¡cuántas ventajas! Su sobriedad es comparable a la del camello. Como aquel, una vez comido y abrevado, atraviesa los desiertos africanos, sirviendo a la caravana sin pedirle ninguna asistencia hasta el otro oasis, así el olivo, una vez harto de humedad en los temporales de lluvias o nieves invernales, atraviesa el verano sin protestar de la sequía y preparando y sosteniendo impávido su fruto, cuya preciosa pulpa tiene que esperar para elaborar sus hidrocarburos, a que la cubran las nieblas otoñales. Y, efectivamente, espera y llega a tiempo si está en su clima adecuado”.

Junto a estos sobrios olivos, nace la Trufa de Verano, casi a flor de tierra, oculta pero cercana a la vez. Todo en la naturaleza es un misterio. Por eso, en el pasado el rastreo de las trufas estuvo envuelto en misterio. Los truferos salían de madrugada, entre dos luces, en actitud clandestina, a la manera de los furtivos. Y vendían el fruto en encuentros de transacciones comerciales secretas. Hoy la trufa parece salir a la luz, del brazo de los olivos, en ferias como la sanjuanera de Bellmunt.

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