Concilio o decepción

imgresEl padre Jorge Mario Bergoglio S.J., convertido en el Papa Francisco.

Ramón Mur

La Iglesia Católica está revuelta, no podría estarlo más. Muchos católicos perdieron sosiego y sueño el pasado 11 de febrero cuando Benedicto XVI hizo pública su decisión de renunciar al solio pontificio. Un mes después, esos mismos fieles atónitos se preguntan cómo es posible que los cardenales hayan cometido el disparate de elegir al primer papa jesuita y latinoamericano de la historia. Y es que el argentino, padre Jorge Mario Bergoglio S.J., arzobispo de Buenos Aires, parece dispuesto a romper esquemas desde el primer momento.

En la Iglesia hay curas seculares o diocesanos y sacerdotes regulares o del clero religioso que son los que pertenecen a una orden o congregación religiosa. Los primeros dependen de su obispo y los segundos de sus superiores provinciales y generales. Entre y uno otro clero hay notables diferencias, razón por la que nunca se han llevado demasiado bien los curas y los religiosos o frailes. “¿Qué pinta aquí este fraile?”, se preguntaban sacerdotes de una cura diocesana cuando Roma les envió un prelado que pertenecía a una orden religiosa. Muchos presbíteros diocesanos y obispos no durmieron demasiado bien la noche del miércoles al jueves tras conocer la elección de un papa religioso. Y no porque sea jesuita. Les hubiera sentado igual de mal si el elegido hubiese sido un dominico, como el cardenal Schönborg, arzobispo de Viena, o un franciscano observante, como Carlos Amigo, arzobispo emérito de Sevilla; un salesiano como el polémico Bertone o un capuchino como O’Malley, arzobispo de Boston.

Es indudable que la llegada del padre Bergoglio S.J. al trono pontificio supone un reconocimiento de las órdenes, congregaciones e institutos de vida en común cuyos miembros son de una edad media muy avanzada a causa del descenso de las vocaciones y se encuentran un tanto alicaídos durante las últimas décadas. La Iglesia de Juan Pablo II y Benedicto XVI, con palpables diferencias entre uno y otro, es cierto, se había olvidado de estas congregaciones históricas y había buscado el apoyo de los llamados movimientos neoconservadores como el Opus Dei, Comunión y Liberación, el Movimiento Neocatecomunal, los Legionarios de Cristo y otros. El padre Bergoglio S. J. parece, en una primera impresión, que tiene poco que ver con estos movimientos de última hora en la Iglesia, la hora del retorno a la época anterior al Concilio Vaticano II.

No obstante, la elección del primer papa jesuita de la historia reviste una especial relevancia. Los jesuitas fueron los grandes promotores, quizá los mayores, del Concilio Vaticano II. Convocado e inaugurado por Juan XXIII y clausurado por Pablo VI, el Concilio se celebró en tres sesiones, de 1962 a 1965. La conmemoración en 2012 de los cincuenta años de la apertura del Concilio pasó sin pena ni gloria. ¿Se celebrará de otra forma, en 2015, el medio siglo transcurrido desde su clausura, con un papa de la Compañía de Jesús? He ahí una de las esperanzas que ha despertado la insospechada irrupción del padre Bergoglio S.J.

El papa Francisco, así llamado, ha dejado boquiabierto a medio mundo. En Argentina era conocido como el cardenal ‘colectivero’, que a todas horas utilizaba el colectivo o autobús urbano. Salió a dar la bendición sólo con sotana blanca, sin la toquilla grana. Pidió ser bendecido por la multitud antes de bendecirla. Ni en el acto de la bendición ni en su primera misa le hemos oído cantar una sola vez: todo lo hace recitado o, mejor, leído. Parece el prototipo de jesuita poco preparado para las grandes solemnidades litúrgicas. “En la iglesia, cuando no sepas qué hacer, haz lo de los jesuitas: en caso de duda, genuflexión”, decían hace años los maestros de ceremonias a los jóvenes sacerdotes. Con el Papa Paco, parece estar poco garantizado, por fortuna, el espectáculo de los dos últimos pontificados. Camino para una Iglesia en constante movimiento, construcción de una Iglesia con piedras vivas y sólidas y confesar la fe en Cristo, fueron las tres ideas de la primera homilía que el padre Bergoglio pronunció ayer en la misa concelebrada, como clausura del cónclave, con los 114 cardenales que le eligieron. Sermón sin papeles y de una asombrosa brevedad. Con Francisco, la Iglesia ha cambiado, en gestos y formas, más en las últimas 24 horas, las primeras del papa Bergoglio, que en los 30 años precedentes.

Parece ya indudable que con este jesuita al frente, la Iglesia entra en una nueva etapa. ¿Qué pensarán los numerarios y supernumerarios del Opus Dei? A los 32 años de que Juan Pablo II humillara a la Compañía de Jesús del padre Arrupe, que vivió todavía una década más recluido pero ya sin ser el prepósito general de la orden, vuelven los jesuitas al primer plano. La Compañía fundada por San Ignacio fue entonces intervenida directamente por el papa polaco quien, para mayor escarnio, nombró un delegado nonagenario como gobernador provisional. Ha sido el padre Bergoglio el que ha sacado de su silencio a La Compañía, expulsada de diferentes países y hasta suprimida en algunos momentos de la historia de los últimos 500 años. Jesuitas de aquí y de allá han aparecido por todas las televisiones en las últimas horas: rectores de universidad, superiores provinciales, teólogos, todos reverendos padres de la Compañía. Pero llama la atención el silencio del actual prepósito general de los jesuitas, el español Adolfo Nicolás, príncipe del Colegio de Areneros de Madrid, allá por los años cincuenta del pasado siglo. Por Internet se ha podido leer una escueta acción de gracias suya por la elección del nuevo papa y poco más.

Conviene, no obstante, precisar que todos los jesuitas no son iguales. Les envuelve desde hace años un manto de progresistas y renovadores que hay que matizar. Jesuita fue el padre Llanos, el del Pozo del Tio Raimundo; y el padre Díez Alegría, censurado por su libro ‘Yo creo en la Esperanza’ y los cinco asesinados en la Universidad de El Salvador, con el padre Ignacio Ellacuría al frente. Jesuita es Jon Sobrino, líder de la Teología de la Liberación. Y Pedro Miguel Lamet, periodista y escritor, biógrafo del padre Arrupe. Y José María Martín Patiño, secretario del cardenal Tarancón. Pero también son jesuitas monseñor Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Episcopal española. Y el historiador súper estrella Fernando García de Cortazar, premio nacional de Historia hace pocos años, que desde la Universidad de Deusto proclama las tablas de la ley de la sacrosanta unidad de España. Y jesuita es también Federico Lombardi el portavoz de la Santa Sede quien sustituyó en este puesto a Joaquín Navarro Valls, del Opus Dei e hijo bien amado de Juan Pablo II.

Cuál es el estilo de jesuita del papa Francisco es algo que podremos comprobar en los próximos meses. En todo caso, bueno será recordar que el padre Bergoglio ya fue papable en el cónclave de hace ocho años del que salió papa Joseph Ratzinger. Era el candidato de otro jesuita, entonces enfermo, Carlo María Martini, arzobispo de Milán, recientemente fallecido y firme partidario de que se convocara el Concilio Vaticano III. Si el papa Francisco quiere acometer una verdadera, profunda y auténtica reforma de la Iglesia, realizada no sólo para sí misma sino que contagie a todo el mundo, él solo no podrá llevarla a cabo. Para eso tendrá que convocar un nuevo Concilio en el que se debatan todos los problemas que hoy están pendientes de solución. Al Concilio deberán ir todos: hombres y mujeres, curas, obispos, laicos y representantes de otras religiones. También podrán acudir, faltaría más, los representantes de los movimientos ultra conservadores. Allí podrán exponer sus opiniones pero no imponerlas. ¿Tendrá el nuevo papa Francisco, el padre Bergoglio S.J., valor, vigor y audacia para llamar la Iglesia a Concilio? Si así lo hiciera, renacerían muchas esperanzas perdidas. En caso contrario, todo seguirá igual, lamentablemente igual. Es la hora de un nuevo debate universal entre los católicos, más necesario hoy, si cabe, que hace medio siglo. O nuevo Concilio, o decepción.

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Una respuesta a Concilio o decepción

  1. Enriqueta dijo:

    I jesuitas son el P. Alegre, el P. Sivatte, el P. Anzizu, el P. Meloni… todos los jesuitas de Sant Cugat y de Barcelona y de toda Catalunya, que combinan su docencia entre Catalunya y la Universidad del Salvador en América Latina. Espero que sea un representante de todos estos hermanos suyos que dan ejemplo de vida, y de espirtualidad activa y contemplativa en nuestro tiempo,. Yo conozoco los de Catalunya y deseo y espero que este Papa sea una renovación auténtica en la Iglesia actual.

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