El papa Juan XXIV

imgresAngelo Giuseppe Roncalli, papa Juan XXIII.

Ramón Mur

“Para llevar a cabo esa revolución de la Iglesia, necesitaría en primer lugar que el nuevo papa convocara con urgencia un nuevo concilio ecuménico, esta vez con representación real y no sólo simbólica de toda la comunidad cristiana universal y de todas las confesiones religiosas”. Así concluye Juan Arias el artículo titulado ‘¿El fin del papado?’ y publicado ayer por EL PAÍS semanal.

El soponcio que produjo en muchos eclesiásticos la renuncia de Benedicto XVI y del que todavía no se han repuesto, podría inducir a pensar que el sucesor de Ratzinger fuera un ‘revolucionario’. Algo que a muchos agradaría, mientras que para otros sería el segundo huracán procedente del Vaticano en menos de dos meses. Es poco probable que el nuevo papa se atreva a meter a la Iglesia en un nuevo proceso de ‘aggiornamento’ al mundo actual, convocando el Concilio Vaticano III.

Sin embargo, Angelo Giussepe Roncalli, que fue papa con el nombre de Juan XXIII, convocó un concilio por sorpresa y sin que nadie lo hubiera pedido. Lo hizo hace 54 años. El papa de Soto il Monte, hijo de una familia campesina, sustituyó al hierático Eugenio Pacelli (Pío XII), quien antes de morir se ocupó de conceder títulos nobiliarios a los miembros de su familia. El papa Juan estuvo poco en el solio pontificio porque fue elegido con 78 años de edad. Pero fue un anciano pontífice no reformista sino reformador que, como recuerda Arias en el artículo citado, le decía a su secretario particular, Loris Capovilla, que “de no haber sido tan mayor hubiese puesto a la Iglesia ‘de cabeza para abajo”, haciendo que volviera a la tradición. Lo hizo en parte con el Concilio Vaticano II. Él se reía de sus antecesores que se consideraban ‘vicarios de Jesucristo’. Yo me siento un puro secretario, replicaba”.

¿Puede ocurrir hoy que surja un papa con ganas de emular al papa ‘bueno’, que así era conocido Juan XXIII en el mundo entero? Parece poco menos que imposible. Es verdad que también entonces la elección del cardenal Roncalli fue un terremoto y que muchos le acusaron de padecer locura senil por convocar un concilio, algo impensable en el pontificado de Pío XII. Pero hoy los obstáculos que existen para la elección de un papa desmitificador y luchador contra la corrupción vaticana son muy superiores a los de hace medio siglo. Al menos, así parece a primera vista. La Iglesia está maniatada por organizaciones y movimientos neoconservadores a los que la renuncia de Benedicto XVI no sólo ha sorprendido sino que ha sentado muy mal.

La Iglesia dio varios pasos hacia atrás en el camino del Concilio durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. No hay que descartar que el retroceso se haya producido, sobre todo en el caso de Ratzinger, porque los mandatarios vaticanos entendieron que los aires conciliares produjeron en la Iglesia quizá más grandes daños que beneficios, aunque estos resultaran también muy estimables. Ahora, sin embargo, el papa alemán ha comprobado que “Dios parece dormido”, lo que produce sopor en una Iglesia que ha perdido la vitalidad de los años postconciliares, con todos los problemas que produjeron las reformas en una organización inmovilista por su propia constitución. Muchos sacerdotes de la época conciliar se acogieron al decreto de secularización sacerdotal e incluso abandonaron la Iglesia. Pero los curas de hoy son, en su mayoría, por fortuna no en todos los casos, unos presbíteros con escasa personalidad, muy poca cultura general y con una formación teológica elemental. Pero, eso sí, son sacerdotes obedientes y sumisos a la autoridad. Tanto que la renuncia del papa les ha dolido profundamente porque ellos quieren vivir siempre bajo una protección paterna que les ofrezca la seguridad de la que carecen. En un reportaje televisivo de estos días, previos al cónclave que empezará el martes 12 de marzo, la voz en off dijo que “Juan Pablo II encontró una Iglesia [en 1978, cuando fue elegido] agitada todavía por los remolinos del Concilio Vaticano II”. Bendita agitación y benditos remolinos, que son los que hoy pueden salvar a la Iglesia, en uno de los momentos más delicados y de mayor desorientación de su historia.

Si los católicos quieren una Iglesia participativa, la de los fieles, con obispos antes pastores que banqueros o ministros de curia; en lucha permanente contra la pobreza y la violencia; una Iglesia en que preocupe más la convicción de los creyentes, por pocos que sean, que el número de los seguidores; si los católicos quieren pedir perdón por los pecados de pederastia cometidos en las sacristías; si quieren que sus hijos se eduquen en una fe pero no en una superstición religiosa; si quieren todo o algo de esto, tienen que saber que sólo con un papa que los llame a todos a debatir en un nuevo concilio sobre su situación real en el momento presente del mundo, conseguirán la regeneración que dicen esperar. Y si el nuevo papa se llama Juan XXIV, mejor que mejor.

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