Una renovación poco probable

searchEl sacro colegio cardenalicio durante una ceremonia litúrgica en la basílica de San Pedro del Vaticano.

(Artículo traducido al catalán para la revista ‘Temps de Franja’)

Ramón Mur

La sorprendente renuncia de Benedicto XVI al pontificado debería tener como consecuencia una renovación eclesial que es poco probable que se produzca. No parece que la Iglesia Católica esté dispuesta a acometer las reformas que necesita en el momento presente. El papa, en todo caso, ha apelado a la renovación en sus últimos discursos. Los términos en que lo ha hecho son poco explícitos, envueltos en un lenguaje doctrinal y supuestamente espiritual, como siempre ocurre en los discursos de los prelados católicos. Según el papa, la Iglesia “llama a todos sus miembros a renovarse y a renegar del orgullo y del egoísmo y vivir en el amor”.

Si la Iglesia deseara afrontar una renovación auténtica de sus estructuras, debería elegir mandatarios más jóvenes, como primer paso. Sólo así se podría lograr que el nuevo papa tuviera el “vigor” que Ratzinger asegura haber perdido para gobernar la “barca de Pedro”. Pero un papable “joven” como el cardenal Gianfranco Ravasi tiene 70 años. Electores y elegibles menores de 60, con derecho a entrar en el cónclave, apenas hay alguno como el filipino Luis Tagle, que tiene 55. Un papa que no sea sexagenario o septuagenario habría que buscarlo fuera del colegio cardenalicio. Algo que no debería descartarse con la mirada puesta en la tradición de la Iglesia e incluso en su propia legislación vigente. El romano pontífice es elegido por los cardenales pero éstos, si así lo desearan, podrían elegir a un simple obispo, a un sacerdote e incluso a un laico.

Que el nuevo papa surja del exterior del cónclave parece imposible. Sin embargo, tampoco sería más sorprendente que la renuncia al pontificado anunciada por Benedicto XVI el pasado 11 de febrero. A pesar de estar prevista en el derecho canónico, nadie esperaba que algún papa fuera capaz de atreverse a ejercer tal atribución. Y con la de poder elegir a un papa sin capello cardenalicio ocurre lo mismo. Podría ocurrir pero, en este caso, no cabe esperar que ocurra. Dos sorprendentes audacias en tan corto espacio de tiempo, serían demasiada tormenta para la Iglesia. Sin embargo, en 1958 se llegó a pensar que el cónclave había elegido a un papa que no pertenecía a la asamblea de cardenales. Desde que saltó al cielo del Vaticano la fumata blanca hasta que apareció en el balcón el nuevo papa transcurrió al menos una hora. “Es que han elegido a Montini y han ido a buscarlo a Milán”, decían los periodistas radiofónicos. Pero, simplemente, ocurrió que ninguna de las blanquísimas túnicas papales preparadas era de la talla de Juan XXIII, bajito y rechoncho. Los modistos tuvieron que trabajar contra reloj. Es cierto, no obstante, que entonces se llegó a pensar que el cónclave se había decantado por un papa que no era cardenal.

La Iglesia está gobernada por consejos de ancianos. La media de edad de los cardenales es muy alta, aunque también la de los obispos. Los sacerdotes católicos pueden ser ordenados a los 24 años, pero pocos de ellos son consagrados como prelados antes de cumplir los 40. Para mandar en la Iglesia se exige más edad que en cualquier institución o entidad civil. Un obispo cuarentón es un jovenzuelo. Juan Pablo II nombró como mitrado de Jaca al sacerdote navarro, aunque nacido en Tauste, José María Conget Arizaleta, a los 63 años. “Estoy muy agradecido al santo padre, pero también muy sorprendido de que se haya fijado en un cura de mi edad”, declaró el nuevo prelado de la diócesis de Jaca. Y es que en la Iglesia gobiernan los ancianos.

La verdadera renovación de la Iglesia no sólo depende de la edad del papa. Los católicos necesitan otro Concilio. Una asamblea universal que haga más horizontal y participativo su gobierno, que sea menos monárquico y despótico de lo que hoy es. Que retorne a los debates del Concilio Vaticano II, interrumpidos de forma deliberada en los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Los católicos tienen que debatir sobre el papel, todavía relegado a segundo pleno, de la mujer en la iglesia; sobre el sacerdocio de las mujeres y el celibato sacerdotal; sobre la opulencia y riqueza de la Iglesia; sobre los casos de corrupción y pederastia, que ha salpicado a curas y obispos en distintas partes del mundo.

La Iglesia está dominada hoy por los movimientos neoconservadores como el Opus Dei, Comunidad y Liberación, Legionarios de Cristo, los Kikos y otros. Estas organizaciones frenan todo movimiento de avance y renovación. Para lograr esta renovación integral no basta con el nuevo papa sea más joven que sus predecesores. Es preciso que retorne a la Iglesia el espíritu aperturista del Concilio Vaticano II de hace ya 50 años. Da lo mismo que esta recapitulación renovadora la impulse un papa joven o un papa anciano.

La mayoría de los cardenales electores del nuevo papa en el próximo cónclave fueron designados para el puesto que ocupan por Benedicto XVI. Todos son, por tanto, al menos tan conservadores como él. Los obispos y los sacerdotes de la hora presente son todos también ultra conservadores. El párroco del pueblo más apartado es de mentalidad diez veces más retrógrada que la de un cura de hace 40 años. A todos ellos les ha sorprendido de modo muy negativo la renuncia del papa. Los curas de hoy no quieren audacias de ese estilo, prefieren una seguridad en la que cobijar su alarmante inmadurez.

No obstante, el papa ha dado un paso de audacia que tendría que provocar un terremoto de auténtica renovación en la Iglesia. No parece demasiado probable. Pero podría pasar.

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