El estado de la oposición

imgresAplausos y ovaciones del grupo parlamentario del PP a su líder.

(Artículo traducido al catalán para la revista ‘Temps de Franja’)

Ramón Mur

El último debate sobre el estado de la nación en el Congreso de los Diputados fue una vergüenza. Pareció más bien un debate sobre el estado de la oposición, según dijo, en su telegrama habitual en la cadena SER, el veterano periodista Miguel Ángel Aguilar. Y el estado en que se encuentra ahora la oposición política y parlamentaria es lamentable. El líder del PSOE se plegó de tal forma a la línea trazada por Rajoy, desde su atalaya del Gobierno, que fue un simple charlatán de feria. Rubalcaba pidió la dimisión de Rajoy pero ambos llegaron a prometer un pacto sobre la corrupción, en términos abstractos, sin descender al detalle del momento de trampas y chantajes en que vivimos. Apenas se habló de Bárcenas – desde luego, Rajoy ni lo mencionó – y de Urdangarín-casa Real-Rey herniado y bajo sospecha de todo lo sospechable, no se oyó una palabra. Sus señorías evitaron referirse en el hemiciclo a todo lo que sale a diario en los medios de comunicación. Quienes seguimos el debate por televisión, sentimos como, si de pronto, nos hubiéramos trasladado a otra época y a un país fantástico.

Rubalcaba pidió a Rajoy que se vaya pero no que se marche y, además, convoque elecciones. Porque al PSOE tampoco le interesa presentarse ahora a unos comicios. En este momento, tanto el PP como el PSOE, saldrían de las urnas tan castigados como Artur Mas el 25 de noviembre del año pasado. Sólo algunos de los partidos menores, como IU y UPyD, aunque por distintos motivos, pidieron la convocatoria de unas elecciones constituyentes a fin de iniciar una especie de “refundación del Estado”, según palabras de Rosa Díez. Los dos grandes representantes del bipartidismo que se alternan en el gobierno de esta dictadura financiera y de la corrupción en que se ha convertido la democracia española, bien secundados por CIU y el PNV, no quieren saber nada de la regeneración social y política que necesita el Estado.

Así, la oposición frente a quienes no quieren emprender reformas, apenas existe en el ámbito institucional. O hay oposición en la calle o no habrá medidas efectivas contra el actual estado de cosas. El Congreso pareció estos días un islote alejado de la calle. Todo lo que allí se dijo sólo resultó digno de mención entre los muros del Palacio de la Carrera de San Jerónimo, pero sin la menor efectividad para los ciudadanos a los que estos señores diputados dicen representar.

La solución a los males de la sociedad no saldrá de allí, por tanto. Sólo hay que esperarla de ciertos círculos sociales y no de todos, forzoso es reconocerlo. Porque ciertos sectores de la sociedad están muy cómodos en el escenario descrito por el ex alcalde de Vitoria, Alfonso Alonso, portavoz del PP en el Congreso. No sólo son los españoles de las grandes fortunas los más acomodados e inmovilistas. En este momento, existe un colectivo de ciudadanos nuevos ricos, que se está convirtiendo en auténtica clase social influyente, influyente para que nada se mueva y la situación se reforme lo menos posible. Ellos son la élite social del momento. En medio de una pobreza creciente, a ellos todo les va bien. Tienen todo lo que se puede ambicionar tener en esta sociedad inculta e insolidaria hasta parámetros insospechados, defienden la libertad individual y la propiedad privada sin límite alguno. Desde la molicie en que viven ni piensan ni dejan pensar sobre el futuro de la humanidad. Ellos son la humanidad de hoy y la del porvenir.

Para ellos, pensando en ellos, habló el diputado Alonso. Su discurso sirvió para tranquilizar a todos estos estómagos agradecidos. Las palabras del diputado Alonso les hizo respirar con alivio porque temían que el Gobierno, acosado por los casos de corrupción, pudiera mostrar cierta debilidad y se doblegara ante las movilizaciones de la “chusma” que clama contra los desahucios y los abusos en los recortes de los servicios sociales de primera necesidad. Ahora resulta que cualquiera que protesta en la calle es un “perro-flauta”. Pero no hay cuidado, aquí se controlará y sofocará todo lo que sea menester. Lo privado será intocable. Quien perciba sueldos abultados, claramente desproporcionados al trabajo que realiza puesto que lo ejerce en una empresa privada no tiene nada que temer. Y claro empresas privadas son las multinacionales del automóvil, la energía, los bancos y tantas sociedades, que reciben cuantiosas ayudas económicas públicas, pero que son PRIVADAS y como tales, son las vacas sagradas del sistema neocapitalista imperante, siempre intocables.

Con la libertad individual pasa otro tanto. Es otro sacrosanto principio. Luego resulta que cada ciudadano, como tal individuo no tiene libertad ni para elegir medio de transporte para viajar porque, en gran parte del territorio, solo existe uno. En este país hay que conducir el automóvil propio de cada cual hasta los 86 años porque es la única forma de desplazarse de un punto a otro. A eso se le llama, sin duda, libertad personal e individual absoluta.

Conclusión: mientras nuestro futuro se decida en esa jaula de oro que es el Congreso, no hay esperanza de regeneración y de combatir un sistema corrupto desde la misma raíz de los partidos políticos. Hay que abrir la jaula para que entren otros pájaros que dejen la puerta abierta a la sociedad.

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