Lección de cátedra de Ratzinger

1360590299-0428a68c8cacf3abfd716cced664aa8aVista del consistorio de cardenales, celebrado ayer en el Vaticano, y en el que Benedicto XVI anunció su renuncia.

Ramón Mur

El Papa se va, renuncia al pontificado. La noticia es, desde mi punto de vista, excelente para todos. Ha sido una sorpresa general, aunque ejemplar. Porque todos sus predecesores, aun sintiéndose débiles, siguieron en el trono pontificio hasta la muerte. Cuando las fuerzas, físicas o mentales, les flaqueaban dejaban el gobierno de la Iglesia, de facto, en manos de los monseñores de la Curia vaticana mientras ellos se dedicaban a esperar su última hora en este mundo.

Benedicto XVI no ha querido seguir tal ejemplo o costumbre, convertida en tradición desde hace más de 500 años, y ha anunciado su renuncia el día de la festividad de la Virgen de Lourdes. Sin embargo, su anuncio, por más inesperado que haya resultado, no hay que catalogarlo como un nuevo milagro de Lourdes. La decisión del Papa ha sido propia de un pensador, de un intelectual. Una determinación sin duda adoptada tras una gran reflexión. Algo así como la lección magistral del profesor que siempre ha sido Ratzinger, dictada después de haberla preparado a conciencia.

Los obispos católicos son de dos clases, al menos: prelados pastores-párrocos o, preferentemente, intelectuales, catedráticos, salidos de los claustros universitarios católicos. Ratzinger pertenece a estos últimos. Su nombre fue conocido hace 50 años, allá por los años del Concilio Vaticano II, entre los más sobresalientes teólogos católicos de la época, como Karl Rahner, Hans Küng, Edward Schillebeck y otros. Algunos de ellos destacaron por sus críticas y contestación permanente a la doctrina oficial de la Iglesia de los pontificados siguientes al Concilio y sufrieron amonestaciones de la jerarquía católica e incluso la prohibición a seguir explicando Teología en universidades católicas.

Ratzinger se convirtió, con el paso del tiempo, en un teólogo claramente conservador. Alcanzó dignidades eclesiales como el arzobispado de Munich y el cardelanato. Hasta que terminó en el Vaticano donde fue el brazo doctrinal del largo pontificado de Juan Pablo II, a mi modo de ver, uno de los papas más retrógrados de la Iglesia Católica contemporánea.

Benedicto XVI ha tomado su decisión de renunciar al pontificado desde esa reflexión del teólogo, del catedrático, desde el rigor del estudioso y profesor. Nadie conocía su propósito, su renuncia ha sido una sorpresa no prevista por nadie, según confirmó ayer el cardenal Rouco en rueda de prensa. Y es de justicia reconocer en esta decisión irrevocable de Benedicto XVI una valentía y una audacia nada corrientes en el mundo eclesial. El Papa ha puesto día y hora al fin de su reinado: el 28 de febrero a las 20 horas. Una precisión tal que obliga a preparar el final del pontificado con toda urgencia. El Cónclave para la elección de su sucesor será convocado por quien “tiene competencias” para hacerlo, dice Ratzinger en su escueto comunicado de dimisión. Es decir, que él no estará entre los convocantes y asistentes a la asamblea electoral de los cardenales porque, igual que ocurriría en el caso de que hubiera fallecido, está muy claro en el Código de Derecho Canónico quienes son los competentes para convocar a los electores a elegir al nuevo papa. Cuando a las 8 de la tarde del próximo día 28, Benedicto XVI concluya su jornada laboral en el Vaticano, se proclamará allí de forma automática el estado de sede vacante. Y comenzará a activarse el mecanismo de elección de un nuevo papa porque ya no habrá papa, como no sea a título honorífico de obispo dimisionario de Roma.

Este Papa pasará a la historia, sin duda, por su dimisión hecha pública en la mañana del 11 de febrero de 2013 ante un consistorio ordinario de cardenales. Tras el Concilio, se estableció la edad de jubilación de los obispos y sacerdotes a los 75 años. Durante el pontificado de Montini, Pablo VI, se determinó que los cardenales mayores de 80 años no podrían ser ni electores ni elegidos en los Cónclaves de la Capilla Sixtina donde los cardenales se encierran para elegir un nuevo Papa. A lo largo de los últimos años, bastantes católicos se han preguntado por qué motivo los papas no se retiraban del gobierno de la Iglesia a la misma edad exigida para los obispos y sacerdotes o, al menos, a la establecida para elegir al sucesor de Pedro. Pues bien, Benedicto XVI ha sido el primero en predicar con el ejemplo y no ha querido terminar su pontificado en el lamentable estado en que lo culminó Karol Woijtila.

Benedicto XVI asegura en su comunicado que los nuevos tiempos exigen “vigor” para gobernar la Iglesia. No es que le falten fuerzas físicas y mentales para continuar, aunque a la vista está que no le sobran. Sino que él ha llegado a esta conclusión expuesta con tanta claridad en el comunicado que ayer leyó en latín: “ … en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mi de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”.

Conclusión: el Papa se va porque los nuevos tiempos se lo exigen. Pero lo hace por sorpresa, cuando nadie podía imaginar una decisión como la que adoptó Celestino V en 1294. Para entenderlo mejor: Benedicto XVI exige a la Iglesia Católica que el sucesor, capaz de de hacer frente a ese mundo “sujeto a grandes transformaciones” sea elegido en un tiempo récord que no podrá ser superior a mes y medio, a contar desde ayer, la fecha en que anunció su renuncia. Espacio temporal que no da para muchas maquinaciones ni manipulaciones preelectorales, más o menos el que se produce desde que muere un papa. Con una gran diferencia: que cuando fallece un pontífice, los cardenales llevan algunos meses moviéndose porque atisban el final del pontificado. Es algo que no ha sucedido con Benedicto XVI al que, sin duda se le veía progresivamente deteriorado, pero no tanto como para esperar su inminente fallecimiento y, mucho menos, esta renuncia con la que ha sorprendido al mundo entero.

Por eso, hay que observar, como segunda parte de la conclusión, que la despedida de Ratzinger en vida es de suma trascendencia no sólo para los católicos sino para todo el planeta, dada la influencia innegable que la Iglesia Católica sigue manteniendo en todos los órdenes de la vida y en los cinco continentes. La marcha de Ratzinger obligará a los católicos a replantearse muchas cuestiones. Es verdad que la mayoría de los cardenales elegibles son de marcado perfil conservador y quizá no haya que esperar grandes reformas eclesiales del nuevo pontificado. Pero parece claro que sus eminencias no pueden caer en el error de volver a elegir un Papa demasiado mayor porque el “vigor” del que habla Ratzinger también se pierde con el paso de los años. La Iglesia necesita de un Gobernante adulto, no anciano, aunque un Papa cuarentón pueda ser más retrogrado que un octogenario. Los que ahora más mandan y mejor situados están en el entorno del Vaticano han recibido la noticia de la renuncia papal con temor, el miedo de los que pueden perder las posiciones que ahora ocupan. Porque, en este mes y medio, algo tendrán que decir los católicos “silentes”, contrarios a la línea oficial de los últimos años. No parece que se vaya a producir ningún “salto” espectacular, ya lo dijo ayer Rouco. Pero como en la elección del Papa todo es cuestión del Espíritu Santo y éste sopla, vuela y aparece por donde ningún humano, ni el más santo de los cardenales, es capaz de imaginar…

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