Soberbia social

imagesLa España de hoy.

Ramón Mur

“Es imposible llevar adelante cualquier proyecto soberanista o de escisión puesto que la actual Constitución proclama la unidad indisoluble de España”. Es el discurso que escuchamos a todas horas de forma machacona. Quienes lo repiten, una y mil veces, creen por lo visto que sólo ellos conocen el texto constitucional y que todos los demás somos tontos. Me parece una constante e insoportable actitud de soberbia y de autoritarismo social de unos españoles contra otros. Es decir, “queda terminantemente prohibido proponer cualquier proyecto de escisión o separación territorial porque la Carta Magna no lo permite”. Ya saben qué le pasó a aquella madre que le dijo a su hijo: “en esta casa, jamás se comprará una moto”. Le ocurrió que el chico le plantó cara y, con la yugular hinchada, contestó: “pues ya te apañarás, madre, porque yo en moto he de ir”.

Para estos españolitos fatuos y soberbios, todo está tan claro que por muchos planes escisionistas que se proyecten, todos serán inviables porque, “llegado el momento”, quien tiene autoridad y medios para frenarlos, impedirá que sigan adelante. ¡Ah! Además, amenazan con actuar contra los separatistas. ¿Pueden decirnos cómo piensan hacerlo, cuáles son esos medios que propondrían utilizar, “llegado el momento”?

Todos conocemos perfectamente nuestro actual marco constitucional y sabemos qué se puede hacer y qué no dentro de él. La cuestión es si se puede cambiar o no el entramado constitucional vigente. Es evidente que se puede modificar. Algunos quieren su reforma, otros no. ¿Sólo hay que hacer caso a quienes desean que todo siga igual y se oponen a cualquier modificación del texto constitucional y de la situación que de él se desprende? ¿Sólo hay que atender a quienes ni siquiera admiten una reforma que permita realizar una consulta o referéndum popular allí dónde lo piden para preguntar a sus convecinos qué futuro desean para su demarcación territorial? Es decir, que aquí algunos ¿nunca tendremos moto por más que la pidamos? ¿No habíamos quedado en la transición en que, por vías democráticas, sin coacción violenta de ninguna clase, cualquiera podía pedir la moto que más le apeteciera entre aquellas que se ofrecieran en el mercado?

La forma en que estamos afrontando, todos, la situación de Catalunya y otras similares que puedan presentarse, es un perfecto disparate. En momentos como el presente, sólo hay dos formas de encarar el estado de la cuestión: de manera civilizada o incivilizada. Si queremos salir del atasco por la vía de la tolerancia, a todos, a unos y a otros, nos tocará demostrar que somos tolerantes y respetuosos con las opiniones y las pretensiones del otro.

Detrás de esa aparente seguridad, envuelta en soberbia y autoritarismo, late justamente lo contrario de lo que parece: una inseguridad manifiesta para hacer frente a la situación. Y el inseguro, aunque detente poder, siempre es débil por más que parezca lo contrario. El deseo de muchos españoles, expectantes ante la situación, aunque sin dejar, desde luego, de ser actores al menos de reparto en el escenario de nuestra realidad actual, sería que se estableciera una corriente de diálogo fluido entre las partes adversas. ¿Es complicado? Seguro que sí. Pero no parece imposible. Sensatez, cordura y diálogo entre los diferentes hispanos “es lo que a todos, como para mí, deseo”, que decían los antiguos predicadores al final del sermón.

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