El nuevo lehendakari

imgresEl lehendakari Iñigo Urkullu.

Ramón Mur

Iñigo Urkullu es ya lehendakari del Gobierno vasco. Un presidente inédito, propuesto para el cargo por el PNV y elegido luego por el Parlamento autonómico tras el triunfo de su partido en las elecciones del pasado mes de octubre. Urkullu surge de un PNV en cierto modo ‘nuevo’, aunque parezca el mismo que Sabino Arana fundara en 1895, hace ya la friolera de 117 años.

El poder que el Partido Nacionalista Vasco-Euzko Alderdi Jetzalea (EAJ-PNV) ejerce sobre la sociedad vasca procede de la fuerza del colectivo, de ser más una extensa familia nacionalista que una formación u organización política al uso. El PNV ha sido siempre una gran tribu con un líder indiscutible, surgido de la base, sí, pero respetado, aclamado y hasta venerado. De la fortaleza de la agrupación peneuvista surgieron Sabino Arana, José Antonio Aguirre, Ajuriaguerra, Leizaola, Garaikoetxea, Arzalluz, Ardanza, Ibarretxe… La familia es tan numerosa que nunca faltan candidatos al cargo de jefe supremo para elegir. Además, aquí se pueden añadir muchos otros nombres porque el partido tuvo siempre destacados políticos en la segunda línea, en la media punta, que daban mucho juego al líder principal.

Así fue durante el siglo largo de existencia del PNV. Pero este partido nacionalista que ha aupado a Urkullu hasta la lehendakaritza es, en cierto modo, aunque sin abandonar sus principales señas de identidad, ‘nuevo’, quizá distinto, en bastantes aspectos apenas perceptibles desde fuera. En tantos años, el PNV ha pasado por momentos de grandes turbulencias. Tras la legalización del partido en 1977, se reunió la Asamblea de Iruña aquel mismo año. El partido de Sabino dejó de ser confesional católico, se preparó para los nuevos tiempos en democracia y de aquella puesta a punto surgieron unos éxitos electorales con los que ni sus mismos dirigentes habían soñado. Llegó luego la traumática escisión de 1986. Garaikoetxea quedó a un lado y al otro Arzalluz con la marca PNV y líderes históricos como Leizaola. El haberse guardado la patente proporcionó los primeros frutos en la asamblea del “Nacionalismo para el año 2000”, congregada en el balneario guipuzcoano de Cestoa, en 1987. Siguieron después los años del ‘ardancismo’ en coalición con los socialistas hasta la llegada de Ibarretxe, el pacto de Lizarra, no mal calificado como ‘ultranacionalista y excluyente’… Para qué más recordar.

Sin llegar a una nueva escisión, Lizarra provocó una gran tensión en el seno del PNV. ¿Quién podía más? ¿Ajuria Enea, donde ya no estaba el lehendakari José Antonio Ardanza, o la dirección del partido? Arzalluz seguía al frente del Euzkadi buru batzar (EBB), el colegio apostólico que de verdad es el presidente colegiado del partido. Arzalluz, líder indiscutido e indiscutible durante más de 20 años, se quiso ir dejando el mando en manos de Joseba Egibar. Pero surgió, entonces, una generación de burukides (dirigentes) vizcaínos, todavía jóvenes, que se pronunciaron a favor de Josu Jon Imaz, quizá el presidente del PNV mejor visto en España. En la operación vizcaína –en Bizkaia ha estado siempre la gran fuerza de EAJ-PNV – estaba ya Iñigo Urkullu, que fue propuesto como candidato tras el mandato de Imaz ante el temor de que éste pudiera ser derrotado por la corriente que encabezaba Egibar y contaba con el apoyo de Arzalluz.

Y llegó Urkullu a la cumbre del PNV. No era ni Arzalluz ni Josu Jon Imaz ni Joseba Egibar. Era el primero de un grupo surgido de la base, que siempre había estado en la ‘casa del padre’ desde la adolescencia, que tenía carisma si la militancia quería que lo tuviera, pero que no era un profesional en arrastrar o electrizar masas. Y este quizá sea el perfil del nuevo lehendakari: un líder del PNV donde ahora, sí, más que nunca la fuerza del partido está en “los 100 mil líderes del PNV” concentrados en cualquier Alderdi Eguna (Día del Partido) y a los que se dirigió con entusiasmo Xabier Arzalluz en las campas de Salburúa, tras la escisión del partido.

Que Iñigo Urkullu lleva en sus hombros toda la fuerza de este partido es algo que no cabe discutir. El PNV ha sabido encontrar en él y en quienes le rodean (Ortuzar, Mediavilla y otros a los que conozco menos porque no son de mi época) la renovación de cuadros con la que otros partidos – mejor no señalar – son incapaces de dar. Lo que hace falta es que además de nuevas caras el PNV ofrezca nuevas trazas. Esa ya es otra cuestión, aunque nuevos dirigentes forzosamente tienen que tener otra forma de conducir. Para empezar, a muchos ciudadanos no nacionalistas, viendo la situación desde fuera, nos habría gustado que Urkullu hubiera formado un Ejecutivo de coalición, a ser posible con una fuerza no nacionalista. Gobernar en minoría nunca es bueno para un país. Pero, ya está visto, que tal deseo es imposible en la Euskadi de hoy. Una salida que cuenta con apoyo numérico en el Paralmento, hubiera sido la alianza nacionalista entre PNV-Bildu, pero ésta es una fórmula que ni entre la militancia peneuvista encuentra total aprobación.

En todo caso, el nuevo lehendakari, Iñigo Urkullu, se merece un margen de confianza, el mismo que corresponde a todo dirigente de cualquier formación política. Es importante hacer este recuerdo ahora, en un momento en que parece haberse olvidado aquella máxima de la transición: “en democracia, toda idea política que no sea defendida con violencia, es perfectamente respetable”. Vivimos unos momentos en que cualquier día se le ponen a uno los ojos a cuadros con la realidad que contempla. Ahora resulta que los grandes oráculos de la españolidad han descubierto que todo nacionalismo territorial, étnico, periférico o minoritario es perverso por sí mismo. No es cierto que lo hayan descubierto ahora, pero sí que lo proclaman hasta el aburrimiento más que nunca. ¡Cómo se puede equiparar a todos los nacionalismos con el nazismo! ¡Qué tabarra!

En esto de las condenas a los nacionalismos en general y al PNV en particular, se han producido casos sorprendentes. En 1995, con ocasión del centenario de la fundación del partido por Sabino Arana, EL CORREO editó un libro titulado ‘Nacionalismoaren ehun urte / 100 años de Nacionalismo’. Fue una obra coral, con participación de varios articulistas como Jon Juaristi quien tituló así su aportación al centenario: ‘Símbolos, cultura y etnicidad’. Después de extenderse sobre el “divorcio” existente entre el PNV y la cultura o con la “intelligentsia universitaria vasca”, terminó reconociendo que “el PNV es parte de mi propia historia” y proclamó con la autoridad intelectual que le caracteriza: “Reconozco que muchos de aquellos valores – la voluntad de resistir a cualquier tiranía, el amor apasionado por la libertad, la renuncia a la venganza – siguen aún muy vivos en la cultura de este partido centenario”. Casi nada. ¿Quién no se apunta a un partido o club que resista la tiranía, ame la libertad y renuncie a vengarse?

Pues lo dicho: larga gestión al nuevo lehendakari Urkullu, máximo respeto a las ideas que difunde su partido, NACIONALISTA VASCO, y todo el margen de confianza que precise.

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