Si ya no hay políticos de prestigio, los hubo hasta ayer

Gregorio Peces Barba.

Ramón Mur

Está de moda, desde hace muchos años ya, cargar furias y fobias contra los políticos y generalizar el juicio de que “todos son iguales”. Igual de impresentables, corruptos y mala gente. Puede que sea así. Pero, desde luego, si los políticos de hoy dejan tanto que desear como aseguran muchos, no será porque no hayan tenido buenos maestros y ejemplos en los que mirarse como en un espejo. Porque en el periodo democrático español, iniciado en 1975, a la muerte del dictador, ha habido muchos y muy buenos políticos. Al menos, en el pasado reciente, al menos hasta ayer en que murió Gregorio Peces Barba.

No conocí personalmente a Peces Barba, pero he tenido cumplida noticia de su trayectoria pública, como cualquier español. Escribió mucho y no siempre compartí sus puntos de vista. Pero él fue de esos españoles conscientes de que había que inaugurar una nueva etapa de la historia de España y parece bastante evidente que estuvo a la altura. Algunos, ahora, emiten sobre Peces Barba algún que otro juicio envenenado por aquello de que “todo no puede ser incienso y loas a la muerte de una personalidad política”. Así, éstos que proclaman el derecho a la libertad, desde posicionamientos del todo fascistoides, se quedan muy tranquilos, nostálgicos de una España sin libertades a la que ahora quieren regresar bajo palio.

Pero Peces Barba pasará a la historia como uno de los siete redactores del borrador de nuestra Constitución de 1978, que nos ha servido como hoja de ruta durante más de 30 años. Quienes quieran otra brújula política, tendrán que cambiar la actual Carta Magna. Pero para ello necesitarán hombres de una pieza y políticos honrados como los ya fallecidos, igual que Gregorio Peces Barba, Gabriel Cisneros, Jordi Solé Tura y Manuel Fraga Iribarne quienes, junto a los supervivientes Miguel Herrero de Miñón, José Pedro Pérez Llora y Miquel Roca i Junjet dieron a todos los españoles el ejemplo de un buen quehacer político.

Se acusa a los políticos de hoy de mediocridad. Desde luego, Peces Barba no fue un mediocre sino una persona culta y cultivada, un intelectual y un español con ansias de saber más de cuanto sabía, que no era poco. En eso sí que deberían imitarle muchos políticos españoles del momento presente. Después de consensuar el texto de una nueva Constitución, de presidir el Congreso de los Diputados, de ser un afiliado a un partido político (el PSOE), nada rígido ni sometido porque sí, sino muy flexible y dialogante con otras fuerzas políticas, tuvo arrestos para embarcarse en la aventura de ser cofundador de la Universidad Carlos III de la que fue rector hasta su muerte. Si hay un solo español que a la muerte de Gregorio Peces Barba no se quita la gorra, peor para él.

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