Tarazona, San Prudencio de Armentia y el cura Quílez

Imagen de San Prudencio de Armentia, ante la puerta principal de la catedral, donada a Tarazona por la Diputación Foral de Alava.

Ramón Mur

Entrañable excursión de Bellmunt a Tarazona el sábado, disabte, 14 de julio. Para nosotros no fue día del ‘Pobre de mí’ sino justo todo lo contrario. Un día de convivencia entre los vecinos del pueblo, metidos en un autobús del hijarano Turón. Todo organizado a la perfección por ‘excursiones Teresa Tomás’ a quien acompañaban su marido, Paquito Rebullida, y su hijo Carlos, el de ‘Les 24 hores de Fútbol Sala de Bellmunt’ y presidente a la sazón de la Asociación Deportiva y Cultural Amigos del Mezquín de este mismo pueblo, también llamado por imperativo legal y oficial, Belmonte de San José.

En paralelo a mi asiento, con la única separación del pasillo del autobús, viajaba el matrimonio de La Canyada de Verich, formado por José Centelles y Benilde Rebullida. Tuvimos horas y horas de autocar para recordar años y años de los dos pueblos y de otros del Mezquín o del Maestrazgo. Este año han celebrado por todo lo alto los cincuenta años de vida en común. Casi nada. El, ya con ochenta, está estupendo de lucidez mental y fortaleza física. Benilde ha de estar por los 74 años y parece más joven. Resulta, recordando, claro, recordando que aquel año de la boda en Belmonte de José con Benilde, era cura párroco el jovencísimo Juan Bautista Quílez. Inolvidable cura del Concilio, que reconstruyó por dentro, sobre todo, el templo, malherido desde la guerra civil. Trajo al pueblo un sacerdote arquitecto, asesor en la materia de la Archidiócesis de Zaragoza, y aquel Juan el Bautista, imparable, hizo acarrear madera de olivo de todas las fincas del catastro bellmuntà y entre el carpintero, también organista, Pablo Martín y el herrero José Pérez revistieron el templo de olivo perdurable para la eternidad claveteado con hierro forjado a martillazos sobre el yunque del ‘ferrer’. El cura logró levantar casa parroquial, que no había, en el antiguo fosaret contiguo a la iglesia. En lugar de antesala, el cura Quílez puso para su casa un local multiusos donde estuvo el teleclub del pueblo y se podía jugar al tenis de mesa. Reconvirtió un bancal anejo al cementerio en campo de fútbol, creó un grupo de teatro en el que los adolescentes de la época, aunque fueran imberbes seminaristas como el que suscribe, sentían sus primeros amores y desamores. Las mujeres del pueblo confeccionaron las camisetas del equipo de fútbol, en cuerpo de rojo total, salvo el calzón que era azul, y con cuello y puños en blanco. Benilde recordaba que a ella le correspondió cortar y coser la camisa del número 11. El cura jugaba al fútbol y era la estrella, siempre hemos recordado que lo hacía muy bien, pero José aseguraba el día de la excusión que no era para tanto el saber balompédico del cura. El caso era que el pueblo entero bajaba al campo del fosar para verle jugar al fútbol “porque era muy guapo, demasiado para ser cura”, pensaban y decían algunas mujeres.

Tarazona está como para ser visitada, ahora sí. Las reformas de los últimos años son notables. Dos guías bien preparadas y equipadas, nos enseñaron la ciudad y la catedral. El nuestro no era el único grupo que turisteaba por las calles de Tarazona, lo que da idea de lo atractiva que es esta ciudad a la que llaman la Toledo de Aragón. La catedral está ya abierta al público, tras 30 años de clausurada a cal y canto, apenas abierta en algún punto para el culto circunstancial. Tiene varios retablos muy notables y otros tesoros de arte religioso que estuvieron a punto de perderse para siempre pero, al fin el sentido común de las instituciones con dinero, los salvó. El obispo de Vitoria, Miguel José Asurmendi Aramendía, salesiano nacido en Pamplona, estuvo antes de mitrado en Tarazona y, cuando lo nombraron para Vitoria, fui a entrevistarle para EL CORREO. Pero Tarazona no es la misma ciudad que entonces vi.

Otro obispo de Tarazona fue San Prudencio de Armentia, patrón de Alava y allí, ante la catedral tiene una escultura que lo recuerda. Después de visitar la catedral con detalle y detenimiento, los excursionistas del Mezquín dimos buena cuenta de una paella en el Restaurante Las Vegas donde, a los postres, hubo música con karaoke. Susi prendió el fuego y tuvo no pocos seguidores de todas las generaciones concentradas entre los excursionistas. Por la tarde, visitamos Los Fayos, con su río Queiles de envidiables aguas para los acostumbrados al Barranc de La Mina o al de Les Escorines y más tarde Trasmoz con su castillo y brujas.

Así regresamos al pueblo después de haber disfrutado de un día de excursión perfectamente coordinada por Teresa. Hace 50 años, una jornada así la hubiera organizado el Cura Quílez a quien en Zaragoza, después de dejar Belmonte, no llamaban mosén Bautista sino don Juan.

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