De profesión, cura

Ramón Mur

El anuncio publicitario que la Iglesia Católica, toda imbuída de santo marketing, ha difundido para el día del Seminario o de las vocaciones sacerdotales, nos acaba de descubrir que el sacerdocio católico no es una vocación sino una profesión. “Tendrás un trabajo fijo, un sueldo suficiente como para vivir sin apreturas si te haces cura”. No es textual, pero más o menos es lo que viene a decir la publicidad santa del día del seminario.

Nada dice del apostolado evangélico, de la entrega desinteresada al prójimo, de que el sacerdocio es un sacramento que imprime carácter y que es para toda la vida. De eso, nada. Nada de la doctrina teológica moderna y progre, pero tampoco, es curioso, de la más arcaica, tradicional y dogmática. Lo que interesa es proclamar que ser cura es tener un curro seguro y estar vestido y comido por lo servido. O mejor, mucho más que por lo servido.

Y tampoco dice el anuncio a costa de qué se obtiene el trabajo de cura. La Iglesia siempre ha captado adeptos mediante el engaño, a veces inocente, pero engaño al fin. En nuestro tiempo, iban los reclutadores de vocaciones por las escuelas de los pueblos con unas máquinas de cine super-8 y proyectaban en la pared campos de fútbol, frontones y otras instalaciones seminaristiles donde el chaval que se apuntara iba a cambiar su humilde vivir por otro en apariencia mejor. Pero hoy el marketing clerical debería decir que por optar a la profesión de cura se renuncia al matrimonio, a la vida en pareja, se obliga al candidato a abrazar el celibato de por vida y también, al menos, en apariencia. Y que uno tendrá sueldecico humilde asegurado pero no podrá tener hogar con mujer y familia porque, entre otras consideraciones, deberían advertir que esto de la profesión de curas sólo se oferta para los hombres, no para las mujeres. Es decir, que te haces cura y te ofrecen currelo fijo para tí y nada más que para tí. Porque el candidato a presbítero no puede aspirar a casarse con otra cura mujer y así en lugar de llevar a casa un sueldo aportar dos. Las mujeres en la Iglesia siguen siendo señoritas de compañía, de complemento, como mucho sacristanas.

Bueno, basta de rollo. El caso es que la Iglesia nos ha descubierto, a estas alturas de la vida, que el sacerdocio es más y antes que una vocación, una profesión. Como la de médico, pongamos por caso. Peor remunerada pero igual de segura. Porque curar almas es una ocupación menos rentable económicamente que curar cuerpos, pero mucho más productiva a la hora de ganar méritos para el cielo, para la vida eterna, que es la única que importa, según la doctrina tradicional de la Iglesia.

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