Amargas lágrimas, las de Josep Pedrerol

Pedrerol, en animada conversación con el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez.
Lluis Mascaró, izquierda, del bando culé, y Tomás Roncero, derecha, del merengón, frente a frente.

Ramón Mur

El Barça ha vetado al programa deportivo ‘Punto Pelota’ de la cadena de televisión ‘Intereconomía’, hermana del periódico ‘La Gaceta’ al que hay que agradecer que sus promotores se anuncien como lo que son: “Encantados de ser de derechas”. Para ellos, pues, pero no para los que ni somos ni estamos encantados, claro, de ser eso que no somos. Lo que ocurre es que ‘Punto Pelota’ es el programa menos intereconómico de todos los de la cadena o al menos lo parece. Y entre eso y que el deporte de los clásicos Madrid-Barça atrae más que nunca a este país angustiado por tantos motivos, pues he aquí que P.P. barre audiencias nocturnas y de madrugada hasta conseguir mantener despiertos a muchos forofos del uno al otro confín porque también es seguido en muchos otros países, fuera de España.

A lo que iba. El Barça ha decidido vetar la entrada a los periodistas acreditados de P.P. en sus instalaciones y el lunes a Pedrerol se le saltaban las lágrimas mientras uno de los contertulios intermitentes, el subdirector de ‘As’, Pedro Pablo Sanmartín, no pudo contener el llanto. Mal el Barça, por descontado. Pero mal también Pedrerol porque no es verdad que actuara con la lealtad y honestidad de que presume cuando envió una cámara y al reportero Quim Domenech a sacar confesiones sobre la renovación de Guardiola utilizando la mediación de Miguel García, el presidente del Hospitalet. Y, aunque lo de leer desde lejos palabras en la boca se haya hecho hace mucho ya, P.P. lo hizo con Guardiola y Tito Vinalova pero no con Mourinho y Karanka. ¿Por qué? Porque Punto Pelota es un programa más madrisdista que culé, en el que los partidarios del Madrid salen todas las noches al ataque mientras que los culés allí presentes, aunque convenientemente pagados, por descontado, tienen por misión defenderse y devolver golpes como buenamente puedan.

Digno, rotundo y conteniendo rabia, Pedrerol dijo el martes con la mirada fija en la cámara principal que “nos quieren callar pero no lo van a conseguir”. Mejor para todos si no se cierra el programa de cualquier medio de comunicación. Pero también dijo el Pedre que “sé que la gente en casa nos cree y nos quiere”. Enternecedor. Pues eso no. Nunca he visto P.P. fuera de mi domicilio sino siempre en casa trasnochando y yo ni creo mucho, muchísimo, de lo que se dice en el programa ni tengo afecto a todos los que allí vociferan. Diría mejor que sólo me gustan los que conversan y no gritan. ¿Por qué lo veo, entonces? Pues por la misma razón que leo muchos libros de autores que incluso detesto pero creo que debo leer. Y también veo el programa del Pedre para poder afirmar, como lo acabo de hacer más arriba, que yo, desde mi casa donde lo sigo, ni creo ni quiero a P.P.

Uno de los momentos culminantes del año en P.P. fue cuando Tomás Roncero representó la teatralidad de Alves, que provocó la expulsión de Pepe en uno de tantos clásicos como hemos tenido que sufrir. La concurrencia rió hasta desencajarse la pericia del reportero de ‘As’ cogiéndose la pierna dañada y retorciéndose, todo trajeado de negro y encorbatado, sobre el ‘césped’ del plató. ¿Alguien se imagina a un culé haciendo lo mismo en P.P.? Póngase como ejemplo al director adjunto del diario ‘Sport’, Lluis Mascaró, también tertuliano del programa de cuando en cuando. ¿Se imaginan al Mascaró, con sus gafitas de estudiante y estudioso pisando la mano de Pedrerol, como lo hizo Pepe a Messi en otro clasicote más reciente, mientras el director y presentador del programa acomodaba papeles en la mesa auxiliar?

El llanto de Pedrerol sorprende en un periodista catalán afincado en Madrid desde hace años. Ha tenido que tener tiempo suficiente como para haber aprendido que en la capital del reino tienen razón cuando dicen que los catalanes son todos muy malos, mala gente. Los buenos son los madrileños y madridistas, españoles sufridores a los que sólo les queda padecer los ataques constantes de la feroz Catalunya. Pues que el cielo los consuele, que los consolará, porque nunca se supo que a Castilla le faltara el auxilio celestial.

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