Recordando en invierno las fiestas del verano

Alberto Bayod, leyendo la biografía de Andrés Piquer(Fórnoles 1711-Madrid,1772) escrita por Saturnio Arrufat en 1901, en la IV Jornada de Lectura Pública, el 15 de agosto de 2011.Foto María Mur.
Alberto Bayod Camarero ha tenido la gentileza de enviarme el texto del pregón de las fiestas mayores de Belmunt del pasado mes de agosto. Aunque sólo sea por endulzar un poco estos tiempos de angustia colectiva que nos ha tocado vivir y como entrañable forma de pasar un buen rato en el encierro obligado en casa por el frío de estos días invernales, inserto en estas ‘Entre páginas’ el pregón que Bayod pronunció para abrir las fiestas de su pueblo.

PREGÓN DE FIESTAS 2011
“Bona nit Bellmunt”, Buenas noches a todos y a todas y gracias por vuestra presencia. Muchas gracias Javier por tus palabras y, cómo no, también por cultivar esa amistad que perdura desde hace ya tantos años. En primer lugar me gustaría agradecer muy sinceramente a todos los componentes del nuevo ayuntamiento de Belmonte su invitación para ejercer de pregonero de las Fiestas de este año, que para mí es todo un honor. Mucha suerte a los cinco en el ejercicio de vuestra labor, que siempre es tan dura y difícil como desinteresada. Espero que podáis contar con el necesario apoyo de todo el pueblo y esa imprescindible colaboración vecinal que permite que las cosas vayan saliendo adelante. También os deseo que consigáis mantener la ilusión de los primeros meses durante los próximos cuatro años. En los difíciles tiempos que estamos atravesando las ganas de hacer bien las cosas van a ser, con seguridad, más importantes que los grandes proyectos. Lo mismo sucede con las Fiestas. El espíritu festivo, la ilusión y las ganas de pasártelo bien se llevan dentro y son mucho más importantes que el cartel más o menos atractivo que nos pueda ofrecer cualquier festejo.
Mis primeros recuerdos de las Fiestas de Belmonte se remontan a hace cerca de 40 años y tienen por escenario la Plaza Mayor (me gustaría que cerraseis los ojos un momento y penséis que nos encontramos allí, en nuestra preciosa plaza). Por aquel entonces, los festejos ya se habían trasladado a la primera quincena del mes de agosto, permitiendo así a los muchos belmontinos que habían tenido que emigrar a otros lugares disfrutar también de las fiestas, haciéndolas coincidir con su regreso a la población durante las vacaciones de verano. Dentro de la Lonja se colocaba un gran remolque de madera y sobre él actuaba la orquesta, que aquel año interpretaba insistentemente, entre otras canciones, una pieza musical de Los Puntos que llevaba por título “Cuando salga la luna”, la cual fue número uno en España en 1973. El grupo musical era el mismo para todos los días de las Fiestas y sus músicos eran alojados por los vecinos en sus casas. Entre sus filas, contaba con una atractiva vocalista la cual iba ataviada con un insinuante vestido mini faldero de color azul y blanco y unas altas botas blancas de tacón ancho. El remolque, que se empleaba en las labores del campo y pertenecía a la cooperativa, se apoyaba sobre cuatro grandes ruedas y estaba provisto de barandas de madera, que eran desenganchadas y dotadas de la correspondiente bandera de rigor, la cual tapaba los bajos de aquel singular vehículo, provisionalmente convertido en escenario musical.
Por la tarde, unos cuantos niños, bastantes, jugábamos sobre el remolque a toda clase de diversiones infantiles pero al acercarse la noche éramos desplazados por aquella animada orquesta que deleitaba al personal con la música de principios de los setenta. Nosotros, desposeídos de aquel divertido lugar de juegos, insistíamos a nuestros padres en que nos diesen dinero para comprarnos un helado en el café del tío Camilo. Tras conseguir la ansiada moneda, atravesábamos las cuerdas y puertas provisionales que se colocaban en todas las calles para cerrar la plaza y poder cobrar así la entrada al baile y bajábamos hacia el bar para encontrarnos con aquella enorme barra a la que no había manera humana de llegar y donde, cuando se daban cuenta de nuestra presencia, nos servían unos deliciosos helados que iban dentro de una cabeza de plástico del Pato Donald.
Tras volver a la plaza, el baile había comenzado y debíamos buscar un lugar adecuado. El sitio elegido esa vez fue bajo el remolque donde actuaba la orquesta. Allí, en el mismo centro de la fiesta, nos sentíamos a gusto, mientras las maderas que teníamos sobre nosotros se movían rítmicamente al compás de la música. Un singular descubrimiento nos hizo abrir los ojos con especial atención. Entre las ranuras de separación de las tablas parecía llegar a intuirse la prenda que se escondía bajo la atrevida indumentaria de aquella exuberante vocalista. Pero, no había tiempo para más. Con una mirada de complicidad y una pícara sonrisa en los labios nos arrastraban a la cama mientras pensábamos en que otras sorpresas nos depararían las Fiestas.
Además del baile, otra de las diversiones que recuerdo especialmente de aquellos primeros años era el tradicional partido que jugaban los solteros contra los casados en el viejo campo de futbol, todo lleno de paja por ser el lugar en el que entonces trillaba casi todo el pueblo, y donde las sulfatadoras llenas de vino hacían las delicias del respetable. Entre los actos habituales, el bandeo de campanas, los lanzamientos de cohetes, o las calmantadas populares en las que las jotas y las rondallas improvisadas se convertían en las estrellas de la fiesta, junto a algún que otro choto ensogado, que dirigido por los mozos del momento campaba a sus anchas por la plaza. Pero lo que, sin duda, nos marcó más, a mí y supongo que al resto de zagales de mi edad, fue el descubrimiento de las peñas, un lugar donde compartir con tus amigos la ilusión que suponían entonces las Fiestas para nosotros. Las peñas fortalecían nuestros lazos de amistad recién creados y hacían que todos arrimásemos el hombro con un objetivo común, conseguir que un viejo corral, bodega o cochera se convirtiese por unos días en un sitio agradable y divertido en el que merendar o cenar, escuchar música y bailar en aquellos ratos en los que la orquesta descansaba. Pero sobre todo, servían para vivir cada momento de las Fiestas compartiéndolo con los demás, de forma participativa y saliendo a la calle.
A principios de los ochenta vivimos un incremento de los actos festivos locales. La simple orquesta diaria y alguna actuación aislada de jota no parecían ser reclamo suficiente para la gente, que tenía ganas de una mayor participación en los festejos. Fue el momento en que el partido de solteros contra casados dio paso a la liga de fútbol con los pueblos vecinos. Todavía me parece ver ahora al “cuatro latas” de Cándido con su pancarta de ánimo abriendo la caravana, seguido de otros 20 ó 25 coches que entraban en el pueblo y recorrían las calles pitando tras volver victoriosos de algún partido. Luego, tras la pasión por el deporte, la correspondiente cena popular, que consiguió que las Fiestas no durasen tres días sino todo el verano. Por entonces, también se recuperaron otros actos como la elección de reina y damas de fiestas, los concursos y otros torneos diversos, y, entre otras cosas, los disfraces, a mi modesto entender, otro de los elementos participativos más importantes de la fiesta. El primer disfraz propio que recuerdo fue el de una pareja de novios el día de su boda, compartiendo nupcias con Isabel. El traje de novia era de Encarna y el frac y la chistera me los había dejado Antonio Mur, con la condición de que los tratase bien, ya que el citado sombrero de copa había pertenecido a un tal Juan Pío Membrado, que yo por entonces no sabía muy bien quién era, pero debía ser un tipo importante para usar esa clase de indumentaria.
Con los años, descubrí que no hay nada como preparar un buen disfraz peñero, sumar ideas, desarrollar la creatividad y, sobre todo, colaborar juntos para conseguir un resultado a gusto de todos, divirtiéndose y rompiendo con la rutina de lo cotidiano e implicando, a ser posible, al resto de la gente que te estaba viendo. Si a eso le añadimos que, para los tímidos como yo, la vergüenza compartida es menos vergüenza, aunque para matarla del todo haya que aderezarla con algún que otro bebedizo, no hay nada mejor para disfrutar de unas buenas Fiestas que disfrazarse, algo que al recordarlo seguro que os provocará una amplia sonrisa y quedará para siempre en vuestra memoria. Desde entonces, compartir con los amigos de la peña “L’onso” o de mi querida y entrañable peña “Porkins” esos buenos momentos, me ha permitido sentirme por un momento desde enterrador a monja de clausura, pasando por dormilón, vikingo, caníbal, diablo, marciano, torero, guardia civil, vampiro, bombero, mejicano, espermatozoide, o el propio panorámix de la aldea gala y su poción mágica, con romanos para aporrear y el propio César incluidos, aunque si me tengo que quedar con alguno, como haría Sabina, sin duda recordaría el excelente disfraz de los zíngaros o el de los gaiteros escoceses, porque con ellos conseguimos implicar a buena parte de la gente del pueblo con nuestras insistentes peticiones de cena o el fugaz comienzo de unas singulares albadas alternativas hasta que, por supuesto, llegaron los gaiteros de verdad.
Precisamente, la recuperación de las albadas y la música tradicional a principios de los noventa fue, para mí, otro de los momentos irrepetibles de las Fiestas de Belmonte. Junto a la irrupción de las actividades culturales, deportivas y exposiciones de todo tipo que programaba anualmente la Asociación Cultural “Amigos del Mezquín”, la masiva participación de toda la población en la celebración de las albadas de aquellos primeros años, o el deseo de conocer cómo eran los bailes tradicionales de nuestra tierra, hizo que cualquier gaitero de Aragón que se preciase, desease venir a tocar a Belmonte, por la popularidad que las albadas llegaron a alcanzar, tal como pudo constatar Eugenio Monesma en su visita a la población.
Y si de personajes ilustres tenemos que hablar, el último de mis recuerdos relevantes esta noche es para José Antonio Labordeta, al que tuvimos el placer de conocer y ver actuar en el “Sola” con el cambio de siglo, cuando recogió el premio Mirador en las Fiestas del año 2000. Su presencia en Belmonte fue, sin duda, un hecho memorable para la población y un recuerdo imborrable para muchos de nosotros. En mi caso, he podido ver cumplida una de sus letras que tantas veces hemos cantado, la de la “Albada”, y regresar a la tierra que, una vez, tuvo que dejar mi padre, “el Ezequiel”.
Pero bueno, creo que ya he hablado mucho de mis recuerdos, quizá demasiado, y pienso que mi presencia hoy ante vosotros se debe, en buena medida, a mi trabajo de recuperación de la memoria colectiva, así que no me gustaría acabar sin recordar aquí y ahora a aquellos antiguos cronistas de las Fiestas de Belmonte que se animaron a coger una pluma para dejarnos su visión de las festividades locales. Gracias a todos ellos, a la ironía de Juan Pío Membrado, al riguroso y apasionado relato, con amplia profusión de detalles, de Enrique Marqués y a la sencillez y preocupación por la falta de incidentes, en un momento convulso de la historia de España, de Cristóbal Faci, podemos conocer cuáles y como fueron algunas de las diversiones y tradiciones festivas de los habitantes de esta villa en los siglos pasados. Bailes con gaiteros o con bandas de música, Toros, Albadas, Carreras de Pollos, Burros Bicicletas o Entalegados, Rondallas, Pasacalles y Cucañas se alternaban con las ancestrales celebraciones religiosas que incluían las solemnes Completas o Misas de Terno y aquellas largas Procesiones encabezadas por los flamantes estandartes locales. Así, los gaiteros venidos de Las Parras de Castellote, Ráfales o Fórnoles y la habitual Banda de Música de Calanda compartían cartel con los galenos Cosme y Damián, que eran espadas fijos en los festejos desde que, en 1640, fueron reclamados sus servicios para interceder por los habitantes de la población ante un temible tabardillo, siendo nombrados por ello patronos de la localidad.
Tampoco debemos olvidar a nuestros reporteros locales, a aquellos belmontinos que se decidieron a empuñar una novedosa cámara fotográfica para congelar en el tiempo esos inolvidables momentos. Gracias al interés de Carlos Estevan, Francisco Velázquez, Cándido Angosto o Manuel Jarque por mantener vivos esos instantes, disponemos de una serie de magníficas imágenes sobre las Fiestas de Belmonte que constituyen un verdadero tesoro patrimonial para nuestra población.
En una de sus crónicas de las Fiestas, elaborada en 1928, Enrique Marqués pormenorizaba con los preparativos de los festejos por parte la población, justificando de esta forma el objetivo de los mismos: “Tanto en la organización de la parte religiosa como en la profana nada se ha omitido, para que resultasen con el máximo esplendor posible. Autoridades y vecindario en general, han dado todas cuantas facilidades han sido necesarias para que los muchos forasteros, que durante tres días han sido nuestros huéspedes, hayan tenido una estancia agradable y motivo para un recuerdo imperecedero de este pueblo alegre, pacífico y celoso en el cumplimiento de todos sus deberes”.
Unos años antes, el propio Juan Pío Membrado, en un exquisito y divertido artículo de opinión sobre la celebración de los festejos patronales titulado: “Preparando las fiestas”, que fue publicado en 1920, también incidía en los diversos preparativos que una población como Belmonte solía afrontar para que los actos festivos fuesen brillantes y del agrado de los visitantes que se acercaban a la localidad. El texto terminaba con una reflexión que resumía su visión sobre la esencia de la fiesta: “Falta solo añadir, en honor a la imparcialidad, que en los pueblos y ciudades los forasteros son los que hacen las fiestas, que estas son tan antiguas como las civilizaciones, lo cual demuestra que cumplen un fin, que satisfacen una necesidad instintiva, la de expansionarse, la de descansar en su profesión, la de cultivar las relaciones, la de fraternizar unas poblaciones con otras. Por eso, los huéspedes que a ellas concurren son siempre recibidos con satisfacción…”.
Si trasladamos ambas opiniones a nuestros días y circunstancias, seguramente coincidiremos todos en que lo más importante de las fiestas, por encima de la diversión, es el reencuentro entre los que todavía mantenéis vivo el pueblo durante todos los días del año y aquellos que, más cerca o más lejos, con mayor o menor frecuencia, volvemos a nuestras casas, especialmente durante estas fechas, para compartir todos juntos estos días de celebración.
Siguiendo esa premisa, ya para terminar, sosteniendo emocionado en la mano esta chistera de Juan Pío Membrado que use hace ya 31 años en aquel primer disfraz y que amablemente me ha vuelto a dejar Ramón, os deseo a todos, de corazón, que paséis unas muy buenas fiestas y que, juntos, con ilusión, volvamos a reencontrarnos durante muchos años en esa plaza, que en tantas ocasiones ha sido testigo de nuestros momentos de diversión y alegría y para la cual, tal como podemos ver en esas lejanas e inolvidables fotografías del fondo del arcón, el tiempo parece no haber pasado.
Belmonte, Buenas Fiestas a todos. “Bellmunt, Bones Festes a tots”. Gracias.

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