El cura del tren

Nicolás Sancho Moreno (Alcañiz, 1801-1883), retrato de M.Rodriguez Llovat, pintado por encargo del Ayuntamiento hacia 1885.
El padre Nicolás Sancho impulsó en el siglo XIX la construcción de carreteras en el Bajo Aragón y murió sin ver llegar el tren a Alcañiz

Santificado sea el progreso

Ramón Mur
(Reportaje publicado en el número 371 de la revista ‘Aragon turístico y monumental)

Santificado sea el progreso del Bajo Aragón. Bien pudo ser éste el lema, de pura y ancestral doctrina católica, el que movió a Nicolás Sancho Moreno (Alcañiz, 1801-1883) a luchar por el desarrollo de su tierra. El fundador en 1841 de la ‘Junta especial de carreteras y ferro-carriles’ de la Tierra Baja fue monje bernardo, presbítero, persona de toda influencia social y política en Alcañiz y comarca, tutor de alcaldes, mecenas de talentos creativos, prohombre, en fin, del siglo XIX en una corta sociedad rural como la de ayer, de más reducidos alcances todavía que la de hoy.

Tan destacada y perdurable fue la personalidad del padre Sancho, su influencia en Alcañiz y en toda la comarca del Bajo Aragón a lo largo de la mayor parte del siglo XIX, que él solo ocupa la portada del libro, un tanto florido y almibarado, que mosén Joaquín Buñuel publicó en 1959 bajo el título de ‘Galería de alcañizanos ilustres y de destacadas personas populares’. Buñuel mandó trasladar a la cabecera de su obra la reproducción del retrato pintado al óleo por Vázquez de la Varga. Fue un encargo que el artista recibió del Ayuntamiento de Alcañiz. El consistorio municipal acordó nombrar a don Nicolás hijo predilecto de la ciudad, en 1883, a la semana siguiente de su fallecimiento.

Buñuel relata con veneración los primeros años de la vida del padre Sancho. “Nació don Nicolás Sancho Moreno el día 5 de diciembre (no de enero) de 1801, siendo bautizado por fray Victoriano de Valjunquera, capuchino (folio 156 vuelto. Libro de bautizados), y cursó en el colegio de las Escuelas Pías de esta ciudad la instrucción primaria, latinidad y humanidades, con notable aprovechamiento que presagiaba ya sus prendas nada vulgares.
“En el año 1819 profesó como monje de la Orden de San Bernardo, en el Real Monasterio de Rueda, uno de los más antiguos y célebres de Aragón.
“Los sucesos políticos del siguiente año le obligaron a dejar muy pronto la vida monástica y contemplativa, y regresó al hogar paterno, a consecuencia de la exclaustración de los monacales que decretó el Gobierno en aquella época. Tres años permaneció en Alcañiz, durante los cuales se dedicó al estudio de la Filosofía en el mencionado colegio [escolapios], haciendo progresos admirables, que revelaban su clarísima inteligencia.
“Ocurrido el cambio político de 1823, volvió al monasterio, donde terminó sus estudios y vivió consagrado a la oración y al cultivo de las ciencias y las letras. Fue ordenado de presbítero en 1826, y elevado al importante y honorífico cargo de prior de la comunidad, en 1830, cuando todavía no contaba 29 años.
“El decreto de supresión de las órdenes monásticas que dio el Gobierno en 1835, le obligó a dejar nuevamente el monasterio para no volver ya nunca”.

Regidor en la sombra

El insigne alcañizano del siglo XIX, auténtico regidor de la ciudad en la sombra, quedó inmortalizado por dos veces ante los pinceles, siempre por encargo del Ayuntamiento. En la primera ocasión posó para Vázquez de la Varga, aunque ya en edad provecta y entrado en carnes, laureado por el hábito cisterciense de blanco marfil que le era propio desde su juventud, a pesar de la obligada exclaustración. La testa es ovalada, coronada más que cubierta por solideo negro de bordón. La mirada escrutadora, quizá paternal, severa no en exceso. La nariz, ganchuda. La boca, de buena cavidad, se dibuja al exterior en comisuras labiales delgadas, nada carnosas, y muy afiladas. El lienzo enmarcado, con la figura sedente del padre Sancho plasmada por Vázquez de la Varga, estuvo algún tiempo expuesto desde uno de los muros del salón de cuadros de la casa consistorial, junto a los retratos de los máximos regidores de la ciudad. Hoy yace olvidado, recostado sobre la pared de un almacén municipal.

Los pinceles de M. Rodriguez Llorat, en cambio, perpetuaron al antiguo prior del Monasterio de Rueda, también por encargo del consistorio, en su realidad de clérigo secular y no regular. Es este un retrato en negro, el protagonista es aquí más don o mosén Nicolás que padre Sancho. El cisterciense de Llorat, convertido en presbítero diocesano, está revestido con la sotana de larga botonadura y cubierto por el solemne manteo presbiteral. Luce, además, una coqueta gargantilla blanca, de fino encaje, en lugar del tradicional y severo alzacuello clerical. No obstante, el solideo negro de la testa de Sancho parece ser el mismo en Vázquez que en Llorat.

Para entender algunos pasajes de la reciente historia de Alcañiz y del Bajo Aragón es importante analizar el desmesurado poder que ciertas personalidades influyentes de la época, — que por lo general eran clérigos, todavía en el siglo XIX –, llegaron a ejercer sobre una sociedad de marcado corte conservador y tradicional. A la cabeza de todos estos prohombres, conocidos, sin duda por imperativo social propio de la época, como “gentes de orden y saber”, estuvo siempre el padre Sancho.

Don Nicolás, bien relacionado con las familias de mejor posición social, tuteló, por ejemplo, la gestión del abogado Jerónimo Blasco Olaso (1850-1902), el alcalde más joven que se recuerda de Alcañiz puesto que recibió tal dignidad a la edad de 22 años. Una de las calles más céntricas de la ciudad lleva hoy su nombre y de él dejó escrito mosén Joaquín Buñuel que “su gran honradez, su prestigio, y hostigado por el Reverendo don Nicolás Sancho Moreno, le obligaron a tomar parte activa en la vida política de la ciudad, desempeñando por varios periodos los cargos de concejal y de alcalde…”

Ilustrados del siglo XIX

Joven todavía de 34 años, obligado por la exclaustración de 1835, Nicolás Sancho se estableció en su población natal, como tantos otros miembros de congregaciones y órdenes religiosas o monacales. El monje bernardo ya no retornó al Monasterio de Rueda y se instaló en Alcañiz donde vivió los años sombríos de guerras y entreguerras civiles, de españoles cristinos contra españoles carlistas.

En el contexto convulso y oscuro del siglo XIX destacaron, sin embargo, no pocos ilustres y muy ilustrados alcañizanos así como bajoaragoneses de otras poblaciones. El padre Nicolás Sancho pudo tener noticia del nacimiento en Alcañiz de Vicente Alcober y Largo (1822), renombrado filólogo de fama europea que a los 31 años “hablaba perfectamente, entre idiomas y dialectos, más de cuarenta diferentes”, según apasionada constatación también de Joaquín Buñuel. Mosén Joaquín observa en sus páginas que tanta filología “para poco le valió” a Alcober puesto que falleció en Orense, año de 1887, en medio de toda clase de penurias.

En vida de Sancho, vio asimismo la luz, en el mismísimo castillo de Alcañiz, María de la Concepción Gimeno Gil de Flaquer (1850), reconocida escritora en la literatura hispanoamericana de su época. Menos conocida en España, de esta escritora bajoaragonesa se asegura que merece ser nombrada entre las precursoras del moderno feminismo, aunque acuñó la célebre sentencia, baturra a más no poder, de que “mientras las otras mujeres se dominan, la aragonesa se doma”.

También en vida de Sancho, don Nicolás, salieron de Alcañiz Jerónimo Blasco (1850) y el periodista e industrial minero Santiago Contel (1843), además del abogado José Manuel Egea (1846), Comisario Regio de Agricultura, Industria y Comercio, igualmente alcalde de su ciudad natal. Despuntó, además, durante la segunda parte de la vida de mosén Nicolás Sancho, otro presbítero alcañizano como fue Vicente Bardavíu Ponz (1865), párroco de Albalate del Arzobispo, canónigo de la Santa Iglesia Catedral de Zaragoza, notable historiador y arqueólogo.

No todos los grandes del Bajo Aragón en el siglo XIX, sin embargo, fueron alcañizanos sino de otras poblaciones de la comarca entre los que cabe señalar al escritor y periodista republicano Braulio Foz, nacido en Fórnoles en 1791; a los botánicos José Pardo Sastrón (Valdealgorfa, 1822) y Francisco Loscos (Samper de Calanda, 1823); al político republicano y gobernador de La Habana Benigno Rebullida (La Ginebrosa, 1826); a los regeneracionistas Juan Pío Membrado (Belmonte, 1851) y Santiago Vidiella (Calaceite 1860); y a todos los del grupo del ‘Boletín de Geografía e Historia del Bajo Aragón’, fundado y dirigido por Vidiella, y que ya llegaron a conocer el primer tercio del siglo XX.

Capital provincial, sede episcopal

El padre Sancho conoció la nueva distribución de España en provincias un año antes de abandonar el monasterio. Estudioso de la historia de Alcañiz y del Bajo Aragón, en el estudio del pasado basaba todo su empeño para mejorar la realidad del presente. En 1849 viajó a Madrid donde logró entrevistarse con el ministro Bravo Murillo y dirigió una instancia a la reina en la que solicitaba una cuarta provincia para el territorio aragonés: la del Bajo Aragón con Alcañiz como capital provincial, ciudad para la que solicitaba una sede episcopal. Estas dos solicitudes, como algunas otras más, cayeron en el olvido y tras la muerte del padre Sancho sólo en alguna ocasión pareció reverdecer el propósito de obtener demarcación provincial para el Bajo Aragón. En cambio, nunca más volvió a levantarse voz alguna a favor de demandar silla episcopal para Alcañiz.

El padre Sancho estuvo implicado, de una u otra manera, en todos los grandes proyectos de desarrollo del siglo XIX para el Bajo Aragón. En bastantes de ellos fue el padre de la iniciativa, el director de orquesta y hasta controlador, tutor o vigilante de las nuevas obras de infraestructuras que había que acometer imperiosamente en una tierra incomunicada, a su juicio, “desde tiempos muy antiguos”.

Tras la guerra civil de los siete años (1833-1840) o primera carlistada, se concentraron los mayores esfuerzos de la sociedad bajoaragonesa en conseguir la construcción de las primeras carreteras y en acelerar la llegada del ferrocarril a la Tierra Baja de Aragón. El mismo año del final de la guerra, Alcañiz sufrió la destrucción de buena parte de su céntrico casco urbano a causa de la explosión de un polvorín del Ejército. El vecindario quedó sumido en el desánimo y fue en 1841 cuando el Ayuntamiento dio el visto bueno, otra vez “hostigado” por el padre Sancho, a la creación de una Junta Especial de Carreteras, primero, que sería, después también, de “ferro-carriles”. Al frente de este organismo estuvo siempre el antiguo monje de Rueda quien, no obstante, cuidaba de dar al consistorio municipal y a su máximo regidor el protagonismo oficial e institucional.

Sancho trabajó por su tierra bajo el manto de la legendaria y supuesta prudencia eclesial que, en realidad, era una pura estratagema para laborar con manos libres, según criterios propios y contando sólo con los colaboradores precisos cuidadosamente escogidos. Un año antes de su muerte, en 1881, el padre Sancho publicó un opúsculo que en su portada más que título llevaba este texto de introducción a toda página: ‘Una ojeada retrospectiva y de actualidad sobre las carreteras y vías férreas del Bajo Aragón y demás que con ellas enlazan y relacionan, con inclusión de la importantísima de Canfranc. O sea Memoria Histórica, Crítica y Apologética sobre las carreteras y vías férreas antedichas y parte activa que en su favor ha tomado siempre la Junta especial de carreteras y ferro-carriles nombrada al efecto por la Corporación Municipal de la Ciudad de Alcañiz, desde el Enero de 1841, hasta el presente. Por el presbítero D. Nicolás Sancho, individuo de dicha Junta, y Socio corresponsal de varias Academias científicas y literarias, con la de Historia’.

El tren llegó tarde

Sancho, su pupilo el alcalde Blasco Olaso y el periodista empresario Santiago Contel formaron el tridente que batalló por la llegada a Alcañiz de los “caminos de hierro” que ya atravesaban más de media Europa. En su viaje a Madrid de 1849, Sancho, acompañado de Miguel Blasco, hermano del mencionado alcalde, se entrevistó con Juan Bravo Murillo, por aquel entonces ministro de Obras Públicas. Los bajoaragoneses presentaron al ministro “una razonada memoria sobre carreteras, que dio el resultado apetecido de obtener fondos para la continuación de los trabajos”, que entonces se estaban llevando a cabo en el Bajo Aragón, según el testimonio de Joaquín Buñuel quien se derrite así en barrocos elogios hacia el clérigo ferroviario: “Después de las carreteras llegó su turno a los ferrocarriles y, como siempre, puso don Nicolás todo su anhelo, toda su inteligencia y toda su actividad al servicio de Alcañiz. Describir su entusiasmo, su celo, su vehemencia por ver unida esta ciudad con el mundo civilizado mediante las serpientes de hierro que el siglo decimonono ha tendido sobre la tierra para encauzar las vertiginosas marchas del vapor, es empresa imposible; y si hubiera de reseñarse todas sus gestiones a tal objeto encaminadas, sería preciso escribir un libro”.

El padre Sancho, autor de la ‘Memoria sobre los Ferrocarriles’ de 1881 fue el verdadero impulsor y el más eficaz de todos los miembros de la Junta promotora del tren. Se buscaba enlazar Zaragoza, a través de Alcañiz, con Tortosa y San Carlos de la Rápita, Aragón con el mar Mediterráneo. El llamado Tren de la Val de Zafán dispuso de un proyecto que costó redactar más tiempo del que el padre Sancho hubiera deseado. El monje ferroviario ni siquiera llegó a ver la llegada del tren a Alcañiz, en una primera fase de la línea que quedó detenida en esta ciudad durante más de medio siglo.

Don Nicolás murió en 1883 y las primeras locomotoras no arrastraron vagones a la estación de Alcañiz hasta 1895. El enlace entre la línea hacia Catalunya -la que atraviesa La Puebla de Híjar, Samper de Calanda y Caspe- y Alcañiz tardó en construirse 17 años. Demasiados como para que el padre Sancho pudiera ver llegar el ferrocarril a la ciudad que le vio nacer.

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