La eurocrisis

El Día D del experimento europeo
14 de enero de 2012
(Artículo editorial del periódico australiano ‘Sydney Morning Heralde’ enviado desde Londres por Sebastián Puigrefagut)
No estaba previsto que ocurriera esto. Se pensaba que el euro iba hacer que el comercio fuera rápido y fácil. El plan era que la nueva e integrada Europa contuviera a Alemania y protegiera a Francia, cimentando el lugar ocupado por el viejo mundo en los asuntos internacionales. Y la mundialización, bueno, pues se suponía que abriera los mercados e hiciera más rico a todo el mundo.
Pero el décimo cumpleaños del euro pasó sin pena ni gloria el 1º de enero, como si fuera el cumpleaños de un pariente que ha caído en desgracia y ha mancillado el nombre de la familia. Los líderes de la Unión Europea se pasaron gran parte del año pasado gruñéndose entre sí en privado y con gélidas sonrisas en público, casi incapaces de guardar las apariencias. Y la mundialización, según dicen algunos, se ha convertido ahora en un ingenio económico infernal para la destrucción de Europa.
Si el año pasado fue difícil, con al menos quince cumbres que terminaron en fracaso, todas y cada y cada una de ellas anunciadas falsamente a bombo y platillo como la salvación de la eurozona, 2012 va a ser aun más difícil. Lo dicen los propios líderes.
En sus discursos de Año Nuevo el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, dijo que Europa estaba viviendo “sin duda alguna su crisis más grave desde la segunda guerra mundial” y la canciller de Alemania, Angela Merkel, dijo que 2012 “sería sin duda más difícil que 2011”.
La directora general del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, fue más allá. Advirtió que si Europa no lograba arreglar su crisis de endeudamiento, podrían dispararse “la contracción, el aumento del proteccionismo y el aislamiento. Esto es exactamente lo que pasó en la década de 1930 y lo que vino después no es algo que contemplemos con alegría”.
¿Depresión y desempleo generalizado? ¿Un repentino aumento del fascismo y el odio racial? ¿Pudiera ser que los saqueos y los incendios de los desórdenes callejeros londinenses del pasado mes se agosto y los meses de protestas callejeras en España y Grecia no sean sino un adelanto de lo que nos espera?
Porque la verdad es que lo que Europa, incluyendo a Gran Bretaña, está sufriendo quizás no sea tan solo unas medidas de austeridad temporales. Puede que la nueva realidad sea un prolongado declive económico, a medida que la riqueza y el poder se desplazan del viejo mundo hacia las economías emergentes en Asia.
Se está planteando la pregunta de cómo pueden prosperar las democracias europeas – o incluso meramente sobrevivir – si sus gobiernos no están en condiciones de prometer a sus pueblos un retorno a la prosperidad del pasado. Lo mismo se aplica a la Unión Europea: el respaldo al “proyecto europeo” corre el riesgo de reducirse en el preciso instante en que sus líderes más necesitan esforzarse para lograr una mayor unión.
Hay dieciséis millones de desempleados en la eurozona y los votantes se están enfureciendo y alienando a medida que se hace sentir la austeridad. En Grecia los pobres que son diabéticos no pueden obtener insulina, los enfermos de cáncer carecen de las medicinas necesarias e incluso el paracetamol está escaso. La Iglesia Ortodoxa Griega informó esta semana que había padres que estaban entregando sus hijos a orfelinatos porque ya no pueden alimentarlos.
En Gran Bretaña, 2,85 millones de desempleados significa que la cuenta de beneficencia (el mal llamado “estado de bienestar”) se ha disparado y se espera que la austeridad dure al menos diez años más. El gobierno de coalición desea ahora comprobar la situación económica de los enfermos de cáncer y de los jóvenes discapacitados antes de prestarles ayudas, unas medidas a las que se resiste la oposición laborista, argumentando que la gente hizo pagos para respaldar esos planes de subsidios y no debería perderlos cuando más se necesitan.
Se están efectuando recorte en colegios, hospitales, fuerzas policiacas, fuerzas armadas y ayuntamientos. La inquietud se está convirtiendo poco a poco en un pesimismo a largo plazo: casi dos tercios de los británicos creen que esta generación de niños tendrá un nivel de vida inferior al de sus padres.
En algunos casos el pesimismo se ha convertido en desesperación total. El número de suicidios ha aumentado en toda Europa. Las cifras publicadas en la revista médica británica The Lancet muestran que la tasa de suicidios ha aumentado en Gran Bretaña un 8% entre 2007 y 2009. El Congreso griego ha indicado que la tasa de suicidios de aquel país aumentó un 25% en 2010.
Stephen Platt, un catedrático de la Universidad de Edimburgo que lleva más de treinta años estudiando la conducta de los suicidas dijo a The Guardian que teme que en los próximos diez años haya una tasa de suicidios especialmente alta. ”Si se echa un vistazo a las investigaciones sobre suicidios y recesión económica que se han publicado, queda bastante claro que existe una relación”, dice. “La idea de diez años perdidos es muy probable”.
Occidente puso en marcha la mundialización como una forma de abrir mercados y aumentar la competitividad, logrando ambas cosas. Pero lo que quizás no se previó tan bien fue el grado de desplazamiento del capital y los puestos de trabajo de fabricación hacia países con mano de obra barata. A la vez que la economía mundial ha absorbido miles de millones de trabajadores con bajos salarios y la productividad ha aumentado gracias a la tecnología, los puestos de trabajo se han estancado en Europa. Asia fabrica y está en pleno auge; Europa toma dinero prestado, a fin de consumir, y se está yendo a la quiebra.
El científico político estadounidense Francis Fukuyama se plantea la duda de si la democracia puede sobrevivir el declive que está experimentando la clase media. En un artículo publicado en la revista Foreign Affairs de este mes, argumenta que el capitalismo mundializado, de ligera reglamentación, ha creado en todo el mundo en desarrollo nueva riqueza y el aumento de la clase media, en la estela de lo cual surge la democracia. Pero en Occidente, dice, está desgastando la base social de la clase media en la que se apoyan las democracias de centro izquierda.
En la misma revista Charles Kupchan, catedrático de asuntos internacionales de la Universidad de Georgetown, argumenta que la mundialización está haciendo que aumente la distancia entre lo que los electorados piden a sus gobiernos y lo que dichos gobiernos están en condiciones de hacer. Los votantes quieren que sus gobiernos respondan al descenso del nivel de vida y el crecimiento de la desigualdad, dice, añadiendo que “La mundialización ha recompensado generosamente a los ganadores pero ha dejado arriados a los perdedores”.
Pero señala que las democracias tienen menos control de los resultados en una sociedad mundializada. Tradicionalmente los países con problemas económicos devalúan sus divisas para hacer que sus exportaciones sean más competitivas. Sin embargo los veintisiete países de la eurozona no pueden hacer esto individualmente: su divisa es compartida y las características del euro las establece el Banco Central Europeo.
Así pues, el único recurso al cual han tenido acceso los líderes europeos hasta la fecha ha sido recortar una y otra vez, creando una época de austeridad que no parece tener final. Mientras los mercados y los votantes contemplaban consternados las agónicas y torpes charlas del pasado año, destinadas a salvar el euro, el prestigio de las entidades europeas iba cayendo.
En Gran Bretaña está aumentando la presión sobre David Cameron, el primer ministro conservador, para que el país se salga de la Unión Europea, apoyando esta idea la mitad de los votantes del país y muchos de sus propios parlamentarios.
Ahora hay partidos abiertamente euroescépticos en Finlandia, Francia y los Países Bajos, y muchos votantes ven a las entidades europeas como algo extranjero, más bien que compartido. Su desafección pudiera fomentar una retirada hacia el aislamiento y el nacionalismo, que no están sino a un paso de la xenofobia.
Kupchan dice que las diferencias entre una generación y otra también están causando bajas en el respaldo popular a la integración europea: “Los europeos que recuerdan la Segunda Guerra Mundial ven a la UE como la ruta que permite a Europa escaparse de su sangriento pasado. Pero los europeos más jóvenes no tienen un pasado del que huir… los líderes y los electorados actuales tienden a evaluar a la UE por medio de una valoración fría – y frecuentemente negativa – de los costes y los beneficios”.
Es probable que no sea en las votaciones donde se decida el futuro de Europa, sino en los mercados financieros. No es a los analistas políticos, sino a los economistas, a quienes se les está pidiendo que den sus predicciones sobre las probabilidades de que la UE sobreviva en su forma actual.
El profesor Douglas McWilliams, director general del Centro para la Economía y la Investigación Comercial de Gran Bretaña, predijo a principios de este mes que hay una probabilidad del 60% de que la eurozona empiece a desintegrarse este año y un 99% de probabilidad de que sufra un colapso total en los próximos diez años. Una encuesta efectuada por la BBC entre importantes economistas sitúa la probabilidad de una desintegración entre un 30 y un 40%.
Toda fractura empezaría probablemente con la salida de Grecia, que ocurriría repentinamente y sin previo anuncio, a fin de impedir un pánico bancario en ese país. Una vez Grecia estuviera fuera, los inversionistas, desconfiados, empezarían a ver con malos ojos a Italia, que también arrastra un alto nivel de deuda. Si le negaran créditos a Italia y la enorme economía italiana se colapsara, desaparecería la Unión Europea en su forma actual. El resultado: caos en las divisas y un enorme desempleo, posiblemente una depresión económica. Ese tipo de sufrimientos avivaría el riesgo de una resurrección del viejo coco europeo, la raza.
Apretar los dientes y resistir para mantener la UE también será difícil. Se sospecha que los bancos europeos tienen grandes cantidades de deudas tóxicas. Pudiera ser necesaria una operación de salvamento de los bancos franceses y alemanes, para compensarlos por las pérdidas sufridas como consecuencia de la deuda soberana, o incluso nacionalizar esos bancos, como se ha hecho en Irlanda. Sea como sea, el dinero va a escasear y ser caro durante mucho, mucho tiempo.
Los arquitectos de la UE siempre supieron que habría crisis relacionadas con el euro y pensaron que esas crisis serían el impulso hacia una mayor integración. Los verdaderos creyentes en la UE insisten en que eso es lo que está pasando ahora, si Sarkozy y Merkel son capaces de lograrlo.
Pero Merkel ya está maniatada por la política interna de su país, estando los alemanes furiosos por tener que financiar el rescate de sus vecinos y enfrentándose Sarkozy a una elección este año, lo que también lo obligará a prestar más atención de lo corriente a la política local francesa. Ya está empezando a ser difícil hacer que el resto de Europa se ajuste al plan previsto, advirtiendo Hungría y la República Checa que no piensan unirse a ningún tratado nuevo si ello significa perder el control de sus propias políticas fiscales.
Y pudiera que eso sea una puerta giratoria que nos lleve a una realidad alternativa – en la que le UE se una aun más para establecer impuestos y gastos comunes a fin de estabilizar el euro – que pudiera hacernos ver algún día unos “Estados Unidos de Europa”. Pero hoy en día nadie está dispuesto a hacer la menor apuesta de que eso vaya a ocurrir así.

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