Aquella gran aventura de hace 25 años (yII)

La plaza del Mercado de Alcañiz, en un día de nevada. Al fondo, el establecimiento comercial donde estuvo la redacción de La COMARCA.

Una experiencia personal en la plaza del Mercado

Ramón Mur

Los primeros pasos de La COMARCA fueron tambaleantes y sin rumbo demasiado cierto. No obstante, logró mantenerse en pie como periódico quincenal del Bajo Aragón durante seis años (1988-1994). Sin un soporte empresarial definido, por la publicación pasaron bastantes jóvenes profesionales en pocos años y siempre la continuidad del proyecto parecía estar pendiente de un hilo. Pero algo se hizo incuestionablemente cierto: la iniciativa era viable porque la sociedad del Bajo Aragón demandaba la existencia de un medio de comunicación local, en el caso de Alcañiz, comarcal atendiendo al interés del resto de las poblaciones del contorno.

Esta demanda social se encontraba plenamente justificada. Las informaciones de prensa relacionadas con la Tierra Baja se reducían a las que aparecían en las páginas provinciales de los periódicos de Zaragoza y a las publicadas en el Diario de Teruel que, por aquel entonces, no se vendía los domingos en Alcañiz, Valderrobres o Andorra, por ejemplo. Es decir, que una información del Bajo Aragón, publicada por el único diario provincial en su edición dominical, se podía leer en la capital de la provincia pero no en las poblaciones bajoaragonesas que habían generado la noticia. En situaciones tan sorprendentes como la descrita, no es de extrañar que bajoaragoneses en general y alcañizanos en particular clamaran por disponer de un medio de comunicación cercano, propio.

En los años de transición del primer lustro (1987-1992) al segundo (1992-1997) hubo momentos en que nadie apostaba un duro por la continuidad del periódico. Los profesionales, algunos con formación universitaria pero no periodística, se iban lo antes posible por la puerta de acceso. Aquel era un medio para que lo confeccionase una sola persona en su integridad. Y aún en ese caso – si el maquetador, el redactor, el mecánico y el distribuidor de los ejemplares hubiese sido el mismo individuo – las dificultades para sobrevivir hubieran sido enormes.

A pesar de todo, en medio de tanta dificultad interna, hacia el exterior el periódico cada vez gozaba de mejor salud, de mayor aceptación en la sociedad bajoaragonesa. Muchos ancianos de los pueblos se acostumbraron a leer La COMARCA justamente en 15 días. Colocaban el tabloide sobre la mesa camilla, se encasquetaban los anteojos y día a día iban leyendo las páginas del quincenal, así hasta que acababan, justo cuando les llegaba a su domicilio el número siguiente. Por eso, cuando el periódico comarcal volvió a ser semanal, en algunos pueblos le decían al repartidor: “me había acostumbrado a leérmelo en 15 días y ahora, cuando viene el nuevo aún no he acabado con el viejo”.

Y en éstas apareció por Alcañiz un ciudadano argentino, Juan Carlos Álvarez, con experiencia en algún medio de comunicación creo que de Girona. Juan Carlos tomó el timón en solitario, claro, de La COMARCA con la ayuda de Esther Esteban y de Jesús Lasala, en la diagramación, a quien sustituía cuando era preciso un diseñador gráfico establecido en Alcañiz y llegado también de Catalunya: Carles Terés Bellés. Juan Carlos se propuso dar rumbo empresarial a la primitiva iniciativa colectiva o social sobre la que se asentaba el periódico. El nuevo director mostró pronto sensibilidad política e interés por las informaciones de política local, actitud de suma importancia para aquel momento todavía de transición de los viejos comportamientos de la dictadura a los nuevos que trajo la democracia. Los partidos políticos detectaron entonces la importancia que tenía un medio de comunicación a pie de calle y el PSOE sociológico de Alcañiz, por ejemplo, se acercó a La COMARCA.

Cuando Juan Carlos Álvarez decidió ahuecar el ala de Alcañiz, el periódico emprendía ya un rumbo más empresarial y se encaminó hacia el establecimiento de una sociedad limitada con accionistas y todos los requisitos. Algunas personas, sin ninguna necesidad de hacerlo, por puro y encomiable altruismo, pusieron su nombre al servicio de este “nuevo” proyecto y, desde luego, sin su participación nada de lo que entonces y mucho después surgió, hubiera visto jamás la luz. No menciono sus nombres porque me siento atado por la amistad que me une a ellas, pero es de justicia insistir en que estas personas, que jamás han reclamado reconocimiento alguno y entre las que yo no me encuentro por lo que mi juicio es del todo imparcial, pusieron los cimientos más sólidos de lo que luego fue un medio de comunicación perdurable para Alcañiz y para todo el Bajo Aragón.

En el invierno de 1994 me encontraba yo retirado en Belmonte, con una excedencia laboral. Tres personas subieron a visitarme para proponerme que me hiciera cargo eventualmente de La COMARCA. Dije que sí por no saber decir que no. Y comencé a trabajar en la redacción que entonces había pasado a ocupar un medio local comercial de la histórica plaza del Mercado de Alcañiz. El periódico compartía estancia laboral con una empresa de multicopistas, fotocopiadoras, más adelante telefonía móvil y otros sistemas de telecomunicación, por así decirlo. La parte anterior del local, el que daba a la plaza, era para la comercial de estos materiales y en la trastienda estaba la redacción de La COMARCA, con un pequeño despacho. Javier Vilschez hacía doblete, información deportiva para nosotros y atención al cliente en el mostrador de la delegación de la empresa multimedia que dirigía Carlos Mor, el luego presidente de los empresarios turolenses. El vendedor en el Bajo Aragón acababa de regresar de la mili y metía una fotocopiadora allí donde fuera menester: Eduardo Querol. Para maquetar y diagramar estaba Jesús Lasala y, de cuando en cuando, Carles Terés. Lasala distribuía también los ejemplares por los pueblos. Esther Esteban y yo, multiplicados al menos por cuarenta, formábamos la redacción. No firmábamos todo lo que escribíamos para que no pareciera un periódico sólo escrito por dos. Pronto apareció Carmen Secanella, luego renombrada fotógrafa de prensa, con cuyas fotografías se dio al periódico un tono gráfico que nunca antes había tenido. La publicación era ya si no mayor, adolescente, al menos, y hasta tenía en sus páginas un apreciable porcentaje de publicidad casi aceptable, aunque sin llegar al comúnmente exigible. La publicidad la traía Emilio Villaceballos.

A la altura de 1994, el periódico contaba con algunos de los colaboradores de la primera etapa y otros nuevos, como Santiago Lorén, Miguel Caballú o el levítico Edilio Mosteo y, sobre todo, Diógenes, que era el seudónimo de un redactor, por lo general Miguel Ángel Laguéns padre, que daba forma escrita a las opiniones reflexionadas de un colectivo de ideología socialista. Diógenes ocupaba en mi etapa un faldón de la contraportada. “Es un rojeras, pero escribe bien”, decía Mariano Romance cuando le llevaba al Guadalope un ejemplar del último número. Ya octogenario, el tío de la periodista alcañizana Pilar Narvión, decía también: “El periódico está bien, pero yo haré pronto otro mejor”.

La publicación no era todavía, ni mucho menos, lo que luego fue, sobre todo en el aspecto empresarial. Mi ánimo no es en este momento reabrir polémicas sobre nada ni con nadie. Pero justo es afirmar que fue una auténtica calumnia que se me acusara de buscar hacerme con la propiedad y la dirección única de la publicación. Jamás he tenido vocación empresarial. Yo desembarqué en La COMARCA con el único afán de ser su redactor movido por el que siempre ha sido mi lema profesional: “Todo lo que se mueve es noticia o, al menos, noticiable”. Ahora, eso sí, pretendía trabajar en un medio con un asentamiento empresarial sólido y que me dejara las manos libres para trabajar como profesional de la información.

La empresa editora de La COMARCA tenía ya por entonces consejo de administración, accionistas, etcétera, todo lo que una SL ha de tener. Para ella trabajamos, como pasa en todos los periódicos del mundo, los redactores, desde el director hasta el último becario. Yo pude adquirir entonces acciones de la nueva empresa que se pusieron a la venta. Es verdad que nadie me las ofreció pero tampoco yo me postulé como comprador, aunque al precio que entonces tenían yo las podía haber adquirido sin demasiado esfuerzo. Pero nunca me interesó lograr poder empresarial. Quien más acciones adquirió hasta llegar al tope del poder del 51% fue quien se hizo entonces con las riendas de aquel proyecto que había nacido con voluntarismo popular.

Antes de que yo dejara el periódico, La COMARCA celebró la edición de su número 200, allá por mayo de 1995, con el retorno a la periodicidad semanal, que nunca ya perdió sino que, con el paso de los años, llegó a poner en venta dos ediciones por semana. Sin embargo, las dificultades que hubo que solventar, dentro y fuera de la casa, para volver a la publicación semanal fueron incontables, aunque algunos de los mayores opositores hoy lo nieguen. Este, en todo caso, fue el mayor logro que se alcanzó en mi época y del que me siento más orgulloso.

Podría extenderme mucho más en mis recuerdos sobre el nacimiento de La COMARCA. Aquí he dejado constancia sólo de una parte de ellos. No sé si alguien más recordará esta gran aventura a lo largo de 2012. Yo, por mi cuenta y riesgo, he querido comenzar el año con mi propio reconocimiento a todos los que participamos en la puesta en marcha de un medio de comunicación para el Bajo Aragón.

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