El 20N, puerta abierta a una transición centralista

Ramón Mur

Millones de españoles ansían un acuerdo entre los dos grandes partidos, un pacto del PP con el PSOE para cogobernar España durante los próximos años. Algo semejante a lo que ocurre en otros países de fuerte bipartidismo donde las dos fuerzas políticas hegemónicas gobiernan juntas en coalición. En España esto no ha ocurrido nunca. Sólo en el País Vasco se pusieron de acuerdo el PP y el PSOE, en 2009, para gobernar juntos aquella comunidad autónoma. En el conjunto de España esta coalición no se ha dado nunca, pero no es descartable que se pueda producir más pronto que tarde.

Si la victoria cantada del PP fuera muy justita, por la mínima, los socialistas vencidos en las urnas se situarían en una excelente posición para obligar al PP a formar un gobierno de coalición entre populares y socialistas, aunque presidido por Rajoy. ¿No se encontraría en tal posibilidad la respuesta a esa actitud entreguista o pactista en ciertos temas mostrada por Rubalcaba en el debate electoral del 7 de noviembre? ¿No se explicaría así el cierre de filas ordenado en el PSOE para la campaña electoral, encabezado por los reaparecidos Felipe González y Alfonso Guerra? Su objetivo bien podría ser salir derrotados por la mínima el 20N a fin de poder forzar al PP a pactar el futuro Ejecutivo.

Este hipotético pacto tendría un gran cometido que cumplir: abordar la reforma de la Constitución de 1978 con el fin de revisar, para recortarlo, el Estado de las Autonomías plasmado en el Título VIII de la Carta Magna. Millones de españoles – la mitad del país, integrada por gran parte de las nuevas generaciones que no votaron la Constitución de 1978 más los viejos bonzos centralistas que jamás aceptaron las autonomías de buen grado – respaldarían con los ojos cerrados un gobierno de coalición PP-PSOE que acabara con el que consideran “caótico” Estado de las Autonomías a las que se les culpa de todos los males que aquejan a los españoles en el momento presente. El precedente de este verano, cuando el PP y PSOE, sin avisar, pactaron una reforma constitucional refuerza este planteamiento. Esta revisión del vigente Estado de las Autonomías tiene, además, el respaldo de otras fuerzas políticas, como UPyD, que, aunque se proclaman contrarias al bipartidismo, combaten de manera feroz contra las autonomías españolas.

El 20N de 2011 sería así una jornada electoral que serviría de puerta a una transición hacia la recentralización general de España, deliberadamente dirigida contra el actual entramado autonómico. La mitad del país llamado España, insisto, estaría a favor de esta nueva transición mientras la otra mitad guarda un alarmante, más que simplemente preocupante, silencio. Ya nadie en el PSOE, por ejemplo, enarbola hoy la bandera de aquel federalismo propugnado por algunos socialistas catalanes en un pasado todavía reciente.

Las autonomías, sin embargo, han transformado España y la vida de los españoles. Quien no quiera verlo es porque está ciego y porque no cree en la pluralidad y en nuestra diversidad, porque no quiere ceder poder político a los países que conforman España y porque, en definitiva, se quiere volver a centralizar todo a fin de reimplantar no sólo la unidad sino la uniformidad de comportamiento único. Cuando la tozuda realidad dice que hoy en Aragón, por ejemplo, sin autonomía no existirían ni Walqa en Huesca, Dinópolis en Teruel, Plaza en Zaragoza o Motorland en Alcañiz. Y es probable que sin la presión autonómica sobre el Gobierno de España ni siquiera hubiera sido una realidad la Expo de 2008.

Por eso hay que pensar más que nunca en cómo vamos a votar el 20N. Para el Senado, podemos repartir nuestro voto entre los candidatos mirando más a la persona que al partido al que representa. Y, en el caso del Congreso, donde las listas son cerradas, la decisión a tomar es más complicada, por lo que habrá que repensarla varias veces. En todo caso, sería bueno que no olvidáramos que la bipolaridad, ese hipotético gobierno de coalición entre los dos grandes partidos, podría convertirse en una pseudo dictadura bendecida por las urnas.

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