Contra la España bipolar

Ramón Mur

Vivimos en una España social y políticamente bipolar. O gobierna el PSOE o lo hará el PP. España es hoy lo que manda Madrid y lo que intenta entorpecerle Barcelona. Igual que en el fútbol, que todo se reduce a los insoportables ‘clásicos’ enfrentamientos entre el Real Madrid y el Barça, pues igual. En Madrid gozan con el morbo que les da saberse zaheridos y combatidos desde Barcelona. Disfrutan, aunque sea mintiendo, vociferando contra la inmersión lingüística de los catalanes, contra su supuesto afán de dominarlo todo, de depreciar o menospreciar el castellano, idioma que en Madrid ya no llaman castellano sino solo español, etcétera. ¡Qué sería de Madrid sin la constante oposición catalana!

A Madrid, a la Corte, llegan todos, como escribió ya en el siglo XVII Baltasar Gracián. Todo pasa por Madrid y de allí nadie se quiere “trasplantar”, mientras los “españoles de provincias llegamos aquí como moscas”, dijo hace poco el catedrático de la Universidad Complutense, Francisco Rodriguez Adrados, en su discurso de bienvenida a la Real Academia Española al último académico, el latinista Juan Gil Fernández.

España, se quiera o no, es hoy un Estado autonómico mientras no se cambie la Constitución. Es, por lo tanto, una incongruencia bipolarizar la vida española sin contar con todos los españoles y con las 17 comunidades autónomas por igual. Quienes más predican a favor de la equidad autonómica son quienes más la combaten en la práctica. La bipolaridad obliga al país a vivir en torno a los dos polos contrapuestos que, en el fondo, coinciden en acabar con la pluralidad y diversidad de la España autonómica. Porque mientras Madrid pretende recentralizar España, los nacionalistas catalanes tampoco quieren que existan comunidades autónomas con iguales derechos y atribuciones porque a ellos no les gusta lo que, desde el nacimiento del Estado Autonómico, han llamado “café para todos”.

En consecuencia y como conclusión, los españoles nos tendríamos que resignar a que gobierne el PSOE, que es centralista, o a que lo haga el PP, que también. Si votamos a uno es para aceptar el retorno, cada vez más descarado, de la centralización del país. Pero si votamos a su máximo opositor como alternativa, sucederá tres cuartos de lo mismo. Pues no, no hay que resignarse. Hay que pelear para que todos los españoles, no solo los del Real Madrid y los del Barça, seamos considerados como ciudadanos de primera división, también los de Osasuna, pongamos por caso.

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