El latín del siglo XXI

Ingreso de Juan Gil, vinculado al Bajo Aragón a través del Instituto de Estudios Humanísticos de Alcañiz, en la Real Academia de España

Ramón Mur

“Lo que se habla hoy en la mayor parte [de España] es latín: el latín del siglo XXI”, afirmó el pasado domingo Juan Gil Fernández en su discurso de ingreso en la Real Academia Española-RAE. El catedrático de Filología Latina de la Universidad de Sevilla es desde hace 20 años miembro del comité científico del Instituto de Estudios Humanísticos-IEH de Alcañiz y asiste todos los años a los cursos de humanidades así como a los congresos internacionales que el instituto convocada cada cinco años.

El nuevo académico es, por tanto, una persona muy vinculada al Bajo Aragón a través del IEH de Alcañiz. Las primera palabras de su discurso de ingreso en la RAE fueron dirigidas a la reivindicación de la importancia que la lengua latina debe tener en nuestra época: “Quiero pensar que, al elegirme como miembro de vuestra docta corporación, habéis pretendido no tanto recompensar mis cortos merecimientos cuanto rendir homenaje en mi persona a la filóloga latina, una disciplina milenaria que cuenta hoy en España con cultivadores eminentes y que ha estado ausente de esta casa durante muchos años, desde la muerte de aquel gran sabio que fue don Antonio Tovar. Ahora bien, el latín es la base de nuestra lengua – nuestro mayor tesoro – y, aun exagerando un poco y llevando el agua a mi molino, me atrevería a decir que lo que se habla hoy en la mayor parte de la vieja piel de toro en que vivimos es, en sus diversas variantes, latín: el latín del siglo XXI. Está más que justificada, pues, la presencia de un latinista en la Academia, y esta consideración me reconforta y me da redoblados ánimos para cumplir, en la medida de mis menguadas fuerzas, con las tareas que tengáis a bien imponerme”.

La segunda parte de la introducción al discurso de ingreso la dedicó Juan Gil a su antecesor en sillón ‘e minúscula’ de la Academia, el escritor Miguel Delibes (Valladolid, 1920-Valladolid, 2010). Del también periodista vallisoletano, el profesor Gil afirmó sin rodeos que ha sido “uno de los mejores novelistas del siglo XX”. A su juicio, la obra de Delibes “sorprende tanto por su magnitud como por la variedad de temas tratados, buena prueba de que nuestro académico fue, además de un literato eximio, un trabajador acucioso e incansable desde que una varita mágica, el Curso de Derecho Mercantil de J. Garrigues, despertara en él la vocación de escritor. Parece como si a partir de 1948, el año de la publicación de su primera novela (‘La sombra del ciprés es alargada’), para él nunca hubieran existido vacaciones”.

“Pero Delibes fue algo más que un gran escritor”, precisó el profesor Gil. “Fue también un hombre de bien. Quien luchó en la Guerra Civil, siendo apenas un adolescente, en el bando de los vencedores, muy pronto tendió la mano a los vencidos. Enemigo acérrimo de todo dogmatismo inquisitorial (bien lo probó en ‘El hereje’, estupenda recreación del tremendo auto de fe antiluterano celebrado en Valladolid en 1559), con su inteligencia, tesón y hombría de bien ennobleció el difícil arte del periodismo, haciendo de ‘El Norte de Castilla’, que dirigió desde 1958 hasta su sonada dimisión en 1963, una referencia señera en tiempos nada propicios para la libertad de prensa”.

Al margen del recuerdo dedicado a su antecesor en el sillón de la Academia y del tiempo empleado a favor de la rehabilitación de la lengua latina en la actualidad, el nuevo académico Juan Gil escogió como tema académico de alocución de entrada en la RAE una lección magistral que tituló ‘El burlador [de Sevilla] y sus estragos’. El catedrático de la Universidad de Sevilla hizo unas preciosas y precisas comparaciones entre el don Juan de Tirso de Molino, luego popularizado por Zorrilla, y Paris, el príncipe de Troya cuya historia “concuerda con la del don Juan tirsiano hasta en los detalles mínimos” puesto que desde Zeus, un “gran semental”, hasta César hubo muchos donjuanes en la historia.

Toda una contestación

Al discurso que cualquier académico entrante pronuncia en el acto solemne de su “recepción pública” en la RAE, sigue el discurso de “contestación” de un académico que es quien da así la bienvenida al neófito. Esta misión fue encomendada en el ingreso de Juan Gil al catedrático de Griego y presidente de honor de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, Francisco Rodriguez Adrados, de 89 años de edad.
Antiguo profesor de Juan Gil en la Universidad Complutense de Madrid, Rodríguez Adrados no tuvo empacho en utilizar su contestación como oposición, eso sí educada y hasta afectuosa, a algunas de las observaciones de su ex alumno: “Tenemos a don Juan hecho académico, yo lo recibo en nombre de la casa. Y me gustaría comentar algo que en el inicio de su discurso dijo. Que la filología latina había estado, desde Antonio Tovar, ausente de esta casa. Sí y no. No ha habido ciertamente catedráticos de Latín en muchos años, ignoro, la verdad, por qué. Quizá por obra, también, de los dioses, para que la entrada de don Juan fuera más brillante. Cuando este mismo año fue propuesto por dos colegas y por mí mismo, el pleno al punto lo aceptó.
“Pues, la verdad, filología de todas clases siempre ha habido aquí, yo tengo que echar un capote a la casa. Aunque no creo que sea el momento de dar datos.
“En filología, el amor al logos, trabajamos y hemos trabajado. Española, latina, griega y más. …
“Que tiene que haber innovación es claro, pero no lo es menos que debe existir y existe una tradición viva venida de los clásicos. Es nuestro pasaporte, el de la lengua española. Del latín nació, el latín sigue en ella. Estén seguros de que así lo ve esta casa en la que entra don Juan Gil. Y si no, miren,…, cómo también los más salimos en defensa de la asendereada ‘y’ griega, que se escribía en latín también. Y que ahí sigue. Y seguirá”. Algunos profesionales de la filología clásica y colegas de Juan Gil, aunque en privado y con la máxima discreción, mostraron cierta sorpresa y malestar por el discurso del anciano helenista de la Complutense, nacido en Salamanca en 1922.

El profesor Juan Gil entró en el salón principal de la RAE, en un recorrido por el pasillo central, flanqueado por los académicos Soledad Puértolas y Pedro Álvarez de Miranda, según exigen también el protocolo y la liturgia de la Academia. A la derecha de la mesa presidencial de la Academia, encabezada por su presidente, el aragonés José Manuel Blecua, se situaron los representantes de otras academias e instituciones del Estado. Frente a ellos, en el lado opuesto, los académicos ocuparon sus sitiales para seguir el acto de ingreso de un nuevo compañero. Unos 20 de los 46 corporativos que forman parte de la RAE asistieron a la solemne investidura de Juan Gil aunque los más ‘jóvenes’ como Arturo Pérez Reverte, Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Juan Luis Cebrián o el Nobel Mario Vargas Llosa, entre otros, fueron notables ausentes.

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