Un impulsor del estudio de nuestra historia

Josep Baró.junto a Artur Quintana, en una reunión de la Associació Cultural del Matarranya-ASCUMA.

JOSEP MARIA BARO, PRESIDENTE DE LA ASSOCIACIO CULTURAL DEL MATARRANYA

UN APASIONADO POR EL ESTUDIO DE LA
HISTORIA DE LA CORONA DE ARAGON.

Ramon Mur
(Entrevista traducida al catalán para la revista ‘Temps de Franja’)

Josep María Baró Pugés nació en Barcelona el 7 de septiembre de 1941. Su padre, Álvaro Baró, era hijo de una familia que se dedicaba a hacer botas de vino y procedía del pueblo aragonés de Montañana, en la Ribagorza. Baró padre ingresó de niño en el monasterio benedictino de Monserrat donde se hizo religioso. Con ocasión de la guerra, acompañó a los monjes, con el abad Marcet al frente, exclaustrados a la localidad navarra de Belascoain, cerca de Pamplona. Terminada la contienda, el padre de Josep Baró regresó a Barcelona donde la familia regentó un negocio de pastelería. En casa de los Baró se improvisó una comunidad de benedictinos, el “Monserrat bis”. Los monjes vivían en pensiones pero celebraban capítulos diarios en la trastienda de la pastelería Baró. En este ambiente vino al mundo el hijo mayor de Alvaro Baró, Josep Maria, actual presidente de la Associació Cultural del Matarranya-ASCUMA.

¿Qué es lo que influyó de forma decisiva en su formación? En mi infancia estuve rodeado de un grupo de monjes benedictinos, que habían sido compañeros de mi padre y que fueron quienes le exhortaron para que yo comenzara los estudios de bachillerato en los Escolapios de la calle Diputación, cerca del Paseo de Gracia. Allí tuve grandes profesores entre los que se encontraba Lluis María Sirinachs, renombrado diputado en el Congreso, durante los primeros años de la transición. El nivel cultural y académico en que me eduqué era muy alto. Tuvimos un gran profesor de historia, don Jesús García Tolsá, represaliado de la Universidad de Valencia que acabó dando clases en los Escolapios de Diputación.

¿Hasta qué años estuvieron los monjes desperdigados por Barcelona? Aproximadamente hasta comienzos de la década de los años setenta. Mi padre siempre mantuvo relación con sus antiguos compañeros, que igual que él, no quisieron retornar a Monserrat cuando el Monasterio se reabrió después de la guerra. Nunca he tenido muy claro el motivo que hizo que algunos de los benedictinos de Monserrat no quisieran volver al monasterio. Es probable que en los primeros años del franquismo, la dirección del monasterio fuera colaboracionista con el régimen instaurado en la guerra y algunos monjes decidieron mantenerse al margen. Mi padre, en cualquier caso, mantuvo siempre excelente relaciones con los religiosos y en concreto con el abad Escarré.

Usted fue un joven obligado a compaginar el trabajo con los estudios… Mi madre enviudó joven y yo tenía que trabajar en la pastelería, al menos desde las 4 de la madrugada hasta la 9 de la mañana, haciendo pastas. A esa hora iba a las clases de la Facultad de Derecho, en la Diagonal, a la salida de Barcelona. Aquellos años de Universidad no fueron fáciles. Pero tuvimos profesores, considerados como “revolucionarios” de la época y entre los que se puede citar a Manuel Jiménez de Parga, o a los doctores Villavicencio, de Derecho Civil, y March, de Canónico. Un profesor muy importante, desde el primer curso de carrera, fue Josep María Font Ríus, que era el único que no venía a clase en coche sino en autobús. Font fue decisivo en mi formación sobre las instituciones como fueros, cartas puebla, las constituciones y otros derechos, el Fuero de Aragón, el Fuero de Valencia. Con él no teníamos libro de texto, todo era dictado, citaba a infinidad de autores y nos indicaba libros que habíamos de leer.

¿De ahí le viene a usted su vocación por el estudio de la Historia? Bueno, antes de ingresar en la Universidad, yo sentía una gran inclinación hacia las letras en general y muy en particular hacia los estudios históricos. Y siempre me decían aquello de que “si haces carrera de letras no te ganarás la vida” El caso fue que al final del bachillerato, en el curso de Preuniversitario, me ocurrió algo muy curioso. Teníamos un profesor de la asignatura “Formación del Espíritu Nacional” que, paradójicamente, era una persona bastante abierta. Yo discutía mucho con él. Y viene al final del curso y nos dice a Narcis Serra i Serra, que fue luego alcalde de Barcelona y ministro de Defensa con Felipe González, y a mí: ¿Por qué no venís al Escorial que hacemos un seminario de Falange sobre el tema de la Corona de Aragón? ¡Hombre!, le dijimos, ya sabe usted cómo pensamos, no lo vemos esto muy claro. Nada, nada, tú prepara el tema económico, le dijo a Narcís, y a mí me encargó de exponer una visión política-histórica. Así fue como dos jóvenes ajenos y contarios al régimen, que es lo que nosotros éramos entonces, nos vimos metidos en aquella encrucijada. Total, que nos preparamos y participamos en aquel curso que fue clausurado por el ministro Fraga Iribarne. Es decir, que ya a los 17 años me introduje en el estudio de nuestra historia, algo que ya no he abandonado jamás.

¿La carrera jurídica fue, sin embargo, la que le encaminó por la vida? A ver, sí es cierto que la licenciatura en Derecho me permitió abrirme paso profesional, desde luego. Pero yo, desde mi primer interés por la Historia del Derecho, no he dejado de dedicarme a la investigación histórica, especialmente a la relacionada con la Corona de Aragón. Ahora bien, yo tuve una juventud muy ocupada y no llegué en dos pasos a la licenciatura porque tuve que interrumpir la carrera para hacer la mili en la biblioteca de la Capitanía General de la IV Región Militar, en Barcelona. Por allí sólo pasaba un capitán de Estado Mayor que siempre me decía: “Baró, nunca podrás decir que el Ejército te impidió acabar tus estudios universitarios de Derecho”. Y la verdad es que allí no me faltó tiempo para estudiar.

¿Cómo vivió usted el paso de la dictadura a la democracia? Mientras estudiaba en la universidad, me comprometí con el activismo antifranquista de Catalunya. Conocí a importantes personalidades de la época como Josep Estpar i Ticó o Joan Triadú. Al acabar la carrera me vinculé al Partit Socialista de Josep Pallach hasta que aquel socialismo catalán fue absorbido por el PSOE. Entonces en Convergencia Democrática de Catalunya (CDC). Era el año 1979 y, claro, ya había cambiado el régimen Hasta hoy, que todavía tengo el carnet de afiliado, aunque no siempre he estado de acuerdo con todas las actuaciones del partido. Pertenecí al departamento sectorial de Justicia del partido y allí también colaboré en muchos estudios sobre la antigua Corona de Aragón. Mientras tanto, ejercía de abogado y me instalé como procurador en Granollers donde abrí un despacho. Me he ocupado de multitud de asuntos de responsabilidad civil, pero también de casos relacionados con la administración pública. En CDC participé en la elaboración de un extenso trabajo sobre los Consejos del Poder Judicial Autónomos de España. En Granollers fui secretario y bibliotecario de la Junta de Gobierno del Colegio de Abogados. Hicimos un diccionario de terminología jurídica catalana. Y desde 1975 hasta 2004 fui asesor técnico de las candidaturas electorales de CDC, aunque yo nunca aparecí en las listas. He participado en los congresos de CDC, cada cuatro años, como uno de los asesores del secretario general del partido. Esta actividad, técnica o profesional, me proporcionó cierta independencia como para no comprometerme a formar parte de las listas electorales porque había aspectos del partido que nunca me acabaron de agradar.

¿Qué piensa usted de toda la controversia que existe hoy entre aragoneses y catalanes a cuenta de diversas cuestiones como el Archivo de la Corona de Aragón o el idioma, etcétera? El Archivo está en Barcelona porque los reyes de Aragón tuvieron en esta ciudad un punto de control estratégico sobre el Mediterráneo. Pero es evidente que debe ser gestionado por todos los territorios que un día formaron parte de la antigua Corona de Aragón. Hay que tener en cuenta que Aragón fue un reino con Cortes en Barcelona, Valencia y Zaragoza y que entre todos sus territorios existía una relación de interdependencia muy distinta a la dependencia que hoy tiene cualquier territorio respecto del Estado al que pertenece. Ni Catalunya pertenecía a Aragón ni el territorio aragonés al catalán con los criterios, insisto, de dependencia que tenemos hoy. Esto me parece decisivo y sustancial a la hora de estudiar la historia de la Corona de Aragón que tuvo siempre una forma muy singular de gestión, diferente, por ejemplo, a la de Castilla. En el Compromiso de Caspe, alcanzado en territorio aragonés, Aragón participó con representantes de sus Cortes específicas y también con apoderados de las de Catalunya y Valencia.

Nuevo ciudadano del Matarranya

R.M.

Josep María Baró es hoy un nuevo ciudadano del Matarranya. Aquí se vinculó a la Associació Cultural-ASCUMA de la que es su presidente desde hace casi un año. Baró palpa día a día una tierra que siente como suya. El haber cumplido los 70 años no ha rebajado su enorme capacidad de trabajo. “En la juventud hay tiempo para todo”, dice Baró porque él fue de joven pastelero, universitario, profesor de clases particulares y soldado. Todo a la vez. Pero Baró no duda en rectificar su propia reflexión: “Bueno, ahora también hay tiempo para hacer muchas cosas”, afirma.

¿En qué momento y por qué motivo comenzó su relación con el Matarranya en particular y, en general, con el Bajo Aragón?

Cuando me jubilé, mi mujer y yo nos planteamos adoptar un cambio radical de vida en algún lugar del territorio que nos era más desconocido como la Catalunya occidental. En 2004 nos encaminamos hacia Tortosa donde no había estado nunca. Llegamos a Arnes que nos gustó mucho. Todavía teníamos nuestra casa de Cardedeu, cerca de Granollers. Hasta que un día pasamos por la librería Serret de Valderrobres. Y a partir de ese momento, sentí que prendían en mi interior las brasas de aquel fuego de mi juventud por estudiar la historia de la Corona de Aragón. Compramos una casa en Lledó y vendimos el piso de Cardedeu. Ahora vivimos en un pueblecito de Castellón, Rossé, muy cercano a La Senia, que es Tarragona. Y me muevo por todo el Matarranya, que es Aragón y provincia de Teruel.

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