Los católicos acosados

Ramón Mur

El diario ‘El Mundo’ aseguraba en su edición de ayer que el Papa Benedicto XVI en lugar de pronunciar discursos protocolarios y de salutación había preferido referirse, desde el primer momento, a “la batalla que creyentes y no creyentes libran en las sociedades secularizadas occidentales en general y en particular en España”. La verdad es que tal batalla la libran sobre todo los católicos. Los demás sólo aspiramos a que nos dejen en paz para no creer. Pero los católicos no cejan en su empeño de hacer prosélitos y no dejan en paz a la sociedad que libremente es aconfesional o secular y laica.

El Papa sigue obsesionado en hacer proclamas constantes contra el relativismo. Pero es lo que hay. En la existencia humana nada es absoluto, todo es relativo. Y no merece la pena jugarse la yugular por causa alguna que tenga que ser considerada sagrada. Algunos de los valores que los católicos se empeñan en clasificar y calificar como de “eternos, sagrados e inmutables” no son nada de eso porque nada en nuestra existencia es eterno, sagrado o inmutable.

Benedicto XVI considera que los católicos están siendo acosados en nuestros días. ¿Ahora, en este preciso momento? La Iglesia Católica sigue sumando bautizados entre los recién nacidos y los jóvenes, en una todavía muy sobresaliente mayoría, al menos en España, contrae matrimonio por el rito católico. No lo hacen, como se suele decir, porque la ceremonia resulta más deslumbrante, con la novia vestida de blanco ante el altar, y más solemne. Si enmarcan sus vidas dentro del ritual católico es porque, en el fondo, se reconocen cristianos católicos o no les importa alistarse en las filas católicas, aunque no sepan rezar un simple padrenuestro. ¿En este contexto es justo afirmar que los católicos son acosados?

Lo que ocurre es que esta Iglesia oficial, que vive uno de los momentos más retrógrados de su larga historia, encaja como anillo en el dedo de estos jovenzuelos, irreflexivos y superficiales a más no poder, que gritan estos días por las calles “Jesucristo, oé, oé, oé” como si se tratara de un crack del balompié. Estos chicos aceptan todo lo que les echen desde las sacristías. Les parece tan normal que la Iglesia les convoque a la Jornada Mundial de la Juventud. No es una JMJ convocada por la Iglesia Católica. No. Es la jornada de todos los jóvenes del mundo, con todas las letras, porque la Iglesia es madre y maestra en apropiarse de todo cuanto se le antoja.

La Iglesia emprendió un camino de renovación y apertura en el Concilio Vaticano II. Pero en los dos últimos pontificados ha retrocedido hasta situarse en los parámetros de mayor arrogancia, corrupción y alejamiento del mundo real, de toda su historia. Hoy la Iglesia Católica, reducida a un mínimo Estado, vuelve a ambicionar ostentar el máximo poder temporal posible. Es intolerante e intransigente como en los tiempos de la Inquisición. No sólo, pues, no está acosada por nada ni por nadie sino que triunfa en todos los terrenos de esa supuesta batalla de creyentes contra no creyentes. Porque sólo pelean los primeros. Los segundos, ni se inmutan. Por lo tanto, en una batalla de uno contra nadie el único que se lleva la victoria es el que se empeña en seguir peleando: el católico, en este caso.

El problema de la Iglesia oficial es muy grave porque ha dejado de creer en lo que predica. Los mandatarios de esta Iglesia de Juan Pablo II, a punto de ser canonizado en tiempo récord, y de su sucesor Ratzinger, no creen en la humildad de Cristo ni en la convivencia evangélica. No creen en nada de cuanto predican. Y la gente, como es natural, se aleja de ellos. Sólo les siguen estos grupos de imberbes convocados a golpe de cornetín que acuden a la concentración de jóvenes como si se tratara de un clásico más entre el Real Madrid y el Barça.

La Iglesia pudo acomodarse a los signos de los tiempos y lo intentó en el Concilio Vaticano II. Pero no lo logró porque los grupos internos contrarios al ‘agiornamento’ conciliar se encargaron de interrumpir el proceso. El Papa Benedicto XVI está en España y cuanto antes se vaya, mejor para todos. La Iglesia Católica precisa con urgencia de nuevos pontífices más humildes, más abiertos y tolerantes y, sobre todo, más jóvenes. Porque la Iglesia sigue gobernada por la ancianidad que puede ser sabia por la experiencia acumulada pero que está ya de despedida en este mundo.

No obstante, los católicos que sufren esta oleada general de integrismo y retroceso en el seno de la Iglesia, no deberían perder del todo la esperanza. Porque hasta instituciones que parecen tan inmutables como la Iglesia pueden cambiar de orientación y rumbo. “Yo creo en la esperanza” era el título de aquel polémico libro publicado en 1972 por el padre José María Díez Alegría y que tantos problemas le acarreó con la jerarquía católica. Pues eso.

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