‘El fin de una época’ de Gabilondo

Iñaki Gabilondo.

“El periodismo no ha conseguido fabricar
sus barreras defensivas con claridad”

Ramón Mur

Esta frase es una observación, quizá una sentencia rotunda, que Iñaki Gabilondo hace en el capítulo 4, dedicado a “Los principios éticos del periodista”, de su último libro titulado ‘El fin de una época/ sobre el oficio de contar las cosas’. Me parece todo un ejercicio de la mejor y más urgente reflexión sobre el ejercicio de nuestra profesión en estos tiempos. Por eso me tomo la licencia de transcribir aquí parte de los tres primeros párrafos del citado capítulo del último libro publicado por el mayor de los Gabilondo puesto que nada es tan saludable como leer y asimilar las sabias reflexiones que otros son capaces de hacer.

“LOS PRINCIPIOS ÉTICOS DEL PERIODISMO”

“A lo largo de cincuenta años en este oficio, he aprendido que las cosas cambian muchísimo, a pesar de caer a menudo en el clásico error de perspectiva: uno siempre cree que el tiempo en el que vive es el momento cenital en la historia de la humanidad; el hombre ha estado ensayando hasta hoy y por fin ha llegado a la gran conclusión. Y lo cierto es que no, que la humanidad ha ido evolucionando, al igual que la sociedad y la realidad presente, que dentro de seis años serán completamente distintas. Cuando yo estudiaba periodismo, en clase éramos treinta y seis y, a pesar de que nadie quería estudiar esta profesión, resultó que después todos querían ser periodistas. Y salvando las diferencias, desde entonces existe un elemento fundamental que permanece inalterable a la hora de abordar el trabajo: el hecho de que alguien cuenta. No merece la pena distraerse con los elementos que seguro cambiarán, a saber: la tecnología, la lógica económica o las estrategias de empresa que se fabrican y se construyen. El periodista, por el contrario, tiene que defenderse a través de sus principios éticos. Lo que de verdad protege a un periodista no es la comodidad con que se acurruque en los faldones de la empresa, sino su capacidad para lograr que el periodismo se convierta en una profesión que tenga un encaje en la realidad social; un encaje que permanezca a salvo de cualesquiera modificaciones empresariales que se puedan producir. Valoremos un símil: un cirujano se lava las manos antes de operar. Si trabaja en un hospital privado, se lava las manos antes de operar y si trabaja en un hospital público también. Si el hospital está en una situación de pérdidas, también. Si el hospital se asocia con veinte multinacionales de la cirugía, también. Y si trabaja en un centro pequeño, el cirujano también se lava las manos antes de operar. El cirujano ha institucionalizado el principio de lavarse las manos antes de operar como una realidad que le protege de cualquier vaivén que se produzca en el mundo. Nadie logrará nunca que un cirujano no se lave las manos antes de operar. Lo que le protegerá profesionalmente será siempre esa condición. Un cirujano ejerce su profesión de acuerdo con unos parámetros que ha convertido en leyes y que no permite que la sociedad cuestione. No importa lo que le ocurra al hospital, él sabrá siempre que su trabajo se desarrolla de ese modo. Y sin embargo el periodismo español no ha rescatado ninguna línea defensiva. Es más, las ha entregado creyendo que lo hacía en favor de la libertad de expresión. Ha ido entregando todas sus líneas de bandera. El periodismo nunca ha logrado decir: ‘Perdone, pero sepan que este tipo de actividad nosotros la desarrollamos de esta manera tanto si nos compra Disney como si pertenece a la Iglesia como si pertenece a Polanco; tanto si es del Frente de Juventudes como del Comunismo Internacional’.

“El periodismo debería desarrollarse de acuerdo con unos parámetros intocables. El problema es que aún no se ha fabricado una relación de parámetros que proteja al periodista y que funciones como reducto defensivo, de hecho, como el último reducto defensivo. Vivimos un momento en que se están dando pasos muy malos para el futuro de la profesión. Se está perdiendo la raya que podríamos denominar como la civilidad. Si el periodismo hubiera logrado colocar bien una unidad roja, funcionaría como una herramienta fantástica para la sociedad y además estaría muy protegido. En cambio, nada puede protegerlo si se entrega de manera tan entusiasta en manos de unas acciones empresariales cuyo juego futuro ignora por completo. El periodismo no ha conseguido fabricar sus barreras defensivas con claridad. Una de las peores tragedias enquistadas en la sociedad actual tiene que ver con la percepción de que todo lo que no constituya delito, se puede hacer. El señor Camps, por ejemplo, es capaz de declarar: ‘Si no se demuestra que esto está en el código civil y en el código penal, lo puedo hacer’. Es como si un padre le dijera a su hijo: ‘Tú en el colegio compórtate hasta donde sea delito’. Pero nadie educa a sus hijos para que sólo se atengan al código penal y al código civil. Queremos que se duchen todos los días, cosa que no consigna el código penal, queremos que no orinen en la iglesia, y eso no figura en el código civil. La política ha malacostumbrado a todos al decidir que si algo no aparece en el código penal ni en el código civil, se puede cometer todo tipo de tropelías aunque se vulnera el código de la dignidad, el código de la decencia, el código de las buenas costumbres, el código del respeto a los demás. Eso está volatilizado. Y el periodismo también ha contribuido a esa situación”.

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