¿Dónde está la placa matarile, rile, rile…?

Ramón Mur

Por encargo del Ayuntamiento de Belmonte escribí, creo que en 1999 o pudo ser algo después, trece textos para otras tantas placas interpretativas de distintos puntos del casco urbano de la población. Una de ellas, vertical y de tamaño superior a las restantes, fue colocada ante la fachada del templo parroquial y decía así: “Iglesia de El Salvador: Templo parroquial dedicado a la advocación del ‘Santísimo Salvador’ (siglo XVIII). De estilo barroco, fue levantado a lo largo de aquel siglo sobre la planta de la anterior iglesia medieval. La historiadora Teresa Thomson ha certificado que “el 26 de septiembre de 1741 el justicia, los regidores y ayuntamiento de Belmonte arrendaron a favor de Cosme Bayod la fábrica de esta iglesia. Muy pronto debieron iniciarse los trabajos, pues la inscripción que se conserva en el arco de ingreso muestra la fecha de 1742”. Cosme Bayod cedió la obra en 1746 a Simón Moreno y éste, en 1770, traspasó a José Sastruz la construcción de la torre de tres cuerpos.
Esta majestuosa obra barroca fue realizada en mampostería y cantería. Tiene planta rectangular dividida en tres naves de igual altura y crucero alineado. Está diseñada bajo la idea de ‘iglesia-salón’, muy propia del siglo de ‘la Ilustración o de las luces’. Su fachada está adornada con una especie de retablo de piedra rematado con el escudo de Belmonte. La joya de este templo es su órgano barroco de entonación mayor cuya obra fue encargada en 1747 por el ayuntamiento de Belmonte a los maestros organeros de Calanda, Francisco y Antonio Turull.
La iglesia perdió sus ocho retablos barrocos en la guerra civil de 1936 a 1939. En 1963, se le aplicó la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II y la nueva mesa de altar así como los tres zócalos-retablos fueron elaborados, en madera de olivo y clavos de hierro forjado, por tres artesanos locales: el carpintero Pablo Martín y los herreros José y Andrés Pérez”.

Esta placa fue retirada de su emplazamiento con ocasión de las últimas obras de la iglesia. Recuerdo que entonces se dijo que a la terminación de los trabajos, volvería a su lugar. Yo, que cada vez pienso peor, me dije para mis adentros: “Ya no la volverás a ver”. Así hasta hace unos días en que una persona me preguntó si yo tenía noticia del paradero de la placa en cuestión. Sólo le pude responder que no tengo la menor idea y me sorprendí de la pregunta que se me hacía. Quizá la persona que me la hizo, quiero pensar que con la mejor voluntad y no poca ingenuidad, pensó que yo, como autor del texto, podía haber tenido algún interés en quedarme con el pasquín metálico a fin de evitar que se perdiera entre los escombros. Pues no. Yo, también con absoluta inocencia bautismal, pensé que, tras las obras, el cartel regresaría a su sitio, aunque mucho dudaba de que así fuera.

Lo curioso de este asunto es, en todo caso, que se pueda pensar que por haber escrito el texto del expositor, nadie pudiera respetar mi más mínimo derecho de autor sobre una obra que realicé ‘gratis et amore’. Hubiera sido un caso excepcional porque tales derechos son los últimos que se tienen presentes en estos casos. De las 13 placas que se colocaron, todas están ya bastante deterioradas y una, como cuento ahora, desaparecida. El fallecido Pablo Martín Marqués colocó sobre cada expositor metálico una protección de madera que, en casi todos los casos, se ha caído sin que nadie se preocupe de sustituirla. Todas las placas se van deteriorando visiblemente de día en día. Por lo tanto, tampoco entiendo el interés por recuperar la desaparecida de la iglesia puesto que todas las demás, más pronto que tarde, van a seguir su mismo destino.

De todas formás, como suele decirse, a mí que me registren y que nadie me pregunte por una obra sobre la que sí escribí pero por la que nunca tuve la mínima oportunidad de reclamar nada de nada: dinero, desde luego que no, pero tampoco ningún otro derecho o respeto que merece cualquier trabajo realizado en esta vida.

Si alguien quiere descubrir el paradero de esta obra en cuestión que salga por las calles del pueblo cantando aquello de “¿Dónde está la placa matarile, rile, rile…? A estas horas seguro que “en el fondo de la escombrera de la Fonteta, matarile, rilerón, chispún”.

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