Agur, mosén León

Ramón Mur

Ha muerto mosén León Andía, el cura músico de Valdeltormo, de apellido vasco, aragonés de Fuendejalón y que hablaba catalán, el del Matarranya donde vivió más de medio siglo. Reporduzco aquí la entrevista que le hice para el volumen dedicado a la comarca del Matarranya en la colección TERRITORIO del Gobierno de Aragón. Tenía 98 años. Agur, mosén León.

LEÓN ANDÍA, SACERDOTE, MÚSICO, PÁRROCO Y EDUCADOR MUSICAL DE VALDETORMO DURANTE 56 AÑOS

“Renuncié a ser organista
en Roma y en el Pilar por
no abandonar Valdeltormo”

Mosen León Andía ha pasado la vida entre Valdeltormo y El Mas de Labrador, un pueblo del Matarraña hoy abandonado. La música ha sido el lenguaje con el que se ha comunicado con la gente. Con 90 años a punto de cumplir, mosen León tiene la memoria viva para los nombres de las personas, las fechas y todo tipo de datos. Pero nada recuerda de diferencias ideologías y conflictos políticos. León Andía Labarta nació en Fuendejalón, partido de Borja, junto al Moncayo, el 19 de octubre de 1913. “Ahora, que yo me siento más del Matarraña que de allí arriba”, dice con orgullo. Este cura músico dedicó 56 años de su vida, desde 1940 hasta 1996, a la parroquia de Valdeltormo, a dar clases de solfeo y a dirigir la banda del pueblo. Con ella recorrió medio Aragón y, por no abandonar, este pueblo del Matarraña renunció a ser organista en el Pilar de Zaragoza o en el Colegio Monserrat de Roma. Hoy espera llegar a los 100 años en el asilo de ancianos del Santo Ángel de Alcañiz. Sube de cuando en cuando a la Val, pero la última vez dejó en el pueblo su último coche, un ‘Panda’. “Ahí te quedas”, le dijo.

Su apellido es vasco. ¿Qué significa?
Andía significa ‘grande el’ porque en vasco siempre se pone el artículo detrás, al revés que en castellano. Es decir, que soy ‘León Magno’.
Usted se jubiló de la actividad pastoral a los 83 años.
Nací en Fuendejalón, partido de Borja, junto al Moncayo. Ahora, que yo me siento más del Matarraña que de allí arriba. Vine de párroco a Valdeltormo en 1940, con 27 años, y estuve en el pueblo hasta 1996 en que me jubilé y me retiré al asilo de ancianos del Santo Ángel de Alcañiz donde resido desde entonces.
¿Su padre descendía de vascos?
Mi padre era agricultor corriente. Mis dos apellidos son vascos, tanto Andía, el paterno, como Labarta, el materno. En la zona del Moncayo, fronteriza con Navarra, son muy comunes los apellidos vascos. Pero también ocurre lo mismo en otras partes de España. Mire, hace unos 15 años se reunió en Vitoria un grupo de verdaderos sabios para estudiar la toponimia y la antroponimia vasca existente en toda la Península Ibérica. (Mosen León se refiere al II Congreso Mundial Vasco reunido en Vitoria en 1987).
Usted tiene, entonces, 89 años para hacer 90 en octubre.
En 2013 cumpliré 100 años porque nací el 19 de octubre de 1913, el día de San Pedro de Alcántara, una semana después del Pilar. Hace poco tuve una confusión porque pensaba que este año había de hacer 89 años, pero no, son 90 los que he de cumplir.
¿Qué año fue usted al Seminario?
En 1924, a punto de cumplir los once años. El Seminario Menor de la Archidiócesis de Zaragoza estaba en Belchite. Allí se estudiaban latín y humanidades. Pero no cabíamos de tantos seminaristas que había y a los del cuarto curso nos llevaron a Zaragoza donde hacíamos luego tres años de Filosofía y cinco de Teología. Esa era la carrera nuestra, con otras asignaturas adjuntas. En Zaragoza tenía que haberme ordenado en 1937 pero hubo aquella guerra, que no me acuerdo bien qué fue, usted lo sabrá mejor que yo, y no se ordenaron sacerdotes hasta 1940. Así que yo recibí las ordenes ese año, el mismo en que me destinaron de párroco a Valdeltormo. Pero antes ya hice de organista en el Seminario de San Carlos, y con esa excusa pasé los años de la guerra en Zaragoza. Porque en mi pueblo, en aquella época, eran muy malos con los curas. Había un párroco que se llamaba Mosen Mariano Lanzar, natural de Tabuenca. Pues en mí pueblo decían: “Mosen Mariano, a matarlo a Rané”, que es un término entre Tabuenca y Fuendejalón. De mi dijeron: “A León no lo vamos a tocar, pero que se vaya a Zaragoza”. Aunque Zaragoza era muy de izquierdas. ¡Vaya! La cosa es que, entre una cosa y otra, en los veranos mismos, en vez de ir al pueblo, me ocupaba de tocar el órgano en las misas cantadas y en la función de las Cuarenta Horas de exposición del Santísimo. En esa época fui también organista del Pilar porque durante aquella revuelta política había un organista que era navarro, de Pamplona, y se llamaba Mosen Pedro Goldáraz. Tuvo miedo y se quedó en su tierra. El maestro de capilla del Pilar, don Gregorio de Arciniega, que había sido profesor mío, me rogó que hiciera de organista. En total, fui diez años organista de San Carlos y unos cuatro en el Pilar.
¿Recuerda su llegada a Valdertomo?
Nos ordenaron de sacerdotes el 17 de febrero de 1940. Y el 15 de marzo, al mes siguiente, aparecí en Valdeltormo. Hice el viaje en tren desde Zaragoza hasta el mismo pueblo, que tenía estación. Y ya me esperaban allí el alcalde, señor Monzón, no me acuerdo del nombre, y todas las autoridades. Era el tren de La Val de Zafán, que se llamaba, hasta San Carlos de La Rápita. Creo que hice el viaje en unas tres horas y media. Y sustituí a un sacerdote, que no sé si lo mataron en la guerra pero había muerto ya. Se llamaba Mosen Luis Ferragut y creo que era de Castelserás. Pero a mi me hicieron párroco de Valdeltormo y de El Mas de Labrador. Y Mas de Labrador, también era una historia… El pueblo tenía muy pocos habitantes pero hubo un cura, de Valdealgorfa, Mosén José Pellicer, al que rogaron que diera clase a los niños porque no había escuela. Daba lección a muchos pequeños de otros pueblos y los tenía allí como si su casa fuera una posada. Todo esto fue a principios de siglo, mucho antes de llegar yo porque cuando yo me hice cargo de la parroquia Mosen José ya había muerto. Pero eran historias que me contaban en el Mas que, en 1940, cuento yo que tenía 26 habitantes. Luego se cerró, lo he sentido como si hubiera sido la muerte de una persona querida. A mi El Mas de Labrador me dio media vida.
¿Por qué?
Porque, mira, todas las mañanas, después de desayunar, me iba al Mas de Labrador hasta mediodía. El Mas de Labrador ha sido muy dulce: he tenido hasta cincuenta cajas de abejas y hacía miel de romero.
¿Iba a pie?
No, porque para Todos los Santos de aquel mismo año, 1940, me compré una bicicleta. Y en Valdeltormo decían con ironía, y en catalán. que “pos este capellá no deu tindre pocs diners”, ¡Cuenta! ¡Porque me había comprado una bicicleta! Y yo subía y bajaba en bici y después utilicé moto y coche para ir al Mas, que no hay más que tres kilómetros mal contados. Tuve moto desde 1958 hasta 1974 en que me compré el primer coche. Luego tuve otro, un ‘Panda’, y allí se ha quedado. Je, je.
¿Ahora hay cura en Valdeltormo?
Pues ahora atienden la parroquia entre dos curas de la parte de Valjunquera, que hacen cuatro o cinco pueblos. O sea que no van allí sino es para decir misa el domingo y, además, si hay alguna novedad… ¡Vaya!
¿En tantos años nunca le propusieron salir del pueblo?
Sííí. Pues, mira, yo tenía un historial con esto de la música. Y poco después de haber tomado posesión de la parroquia salió a oposición la organistía de Almería y no me presenté. Pero luego salió la de Toledo y pedí permiso para concursar pero el secretario de cámara, que era de La Portellada, Mosen Ignacio Bersabé, me contestó diciendo que no podía ser porque había escasez de clero. Aún guardo la carta, aún. El que mandaba no era el Arzobispo, como pasa muchas veces en estas cosas, que el alcalde no es el que manda sino el alguacil, y aquel canónigo me dijo que no podía dejar mi parroquia. Así pasaron unos dos años y sacaron a oposición la plaza del Pilar. Entonces fui yo el que dije no. Porque yo había venido a la Val en 1940 y ya tenía muchos alumnos de música, pequeños y mayores. En 1943 estaba junto al fuego, era por Navidad, y vinieron unos cuantos chicos de parte del maestro que era don Miguel López. Querían que les enseñara a tocar la guitarra, que para mí siempre había sido cuestión de borrachos. Pero yo les dije. “Es que, mirad, si queréis escribir una carta tenéis que saber poner las letras. Pues en música pasa igual. Para que se toque una cosa, la que sea, se han de conocer las notas, una son más cortas, otras son más largas. Eso es el solfeo. De modo, que si queréis aprender a tocar un instrumento, yo no os daré ninguna lección si no hay por delante solfeo”. Al día siguiente, volvieron a decir que querían estudiar solfeo. Y comencé a enseñarlo con un método francés que se llamaba ‘El solfeo de los solfeos’ y luego pasé al de Hilarión Eslava. Así empezó todo. Comenzamos a dar conciertos con la banda en muchas poblaciones, patrocinados incluso por la Diputación. Y, claro, para irme al Pilar yo tenía que decir a los chicos: “bueno, ahí os quedáis”. Y no podía ser. Yo les quería mucho y ellos a mi también. Por, consiguiente, yo le dije al Pilar que no. Después, el señor Arzobispo me ofreció la plaza de La Seo, pero ocurrió otro tanto.
Muy pronto incluyó chicas en su banda…
Con las chicas ocurrió que un día, después del rosario, me vino un grupo y me dijo: “mosen, ¿por qué no rezamos el padrenuestro en nuestra lengua”. Allí se habla el catalán. “Pues si, ya lo haremos”, les contesté. Pero otra tarde me dijeron: “mosen, que parece que esto de la música sea cosa sólo de chicos y en Valencia mismo hay chicas que tocan en las bandas”. Y se tiraron como fieras a comprar instrumentos, pero no les dejaba que compraran cualquier cosa porque yo, durante la guerra, no sólo había sido organista sino también discípulo del director de la banda del Hospicio de Zaragoza, don Ramón Borobia, y este me dijo que si alguna vez quería formar una banda tenía que hacer como en el fútbol: tiene que haber un portero, dos defensas, tres medios y cinco delanteros.
Vamos, que usted, en 56 años, no quiso dejar Valdeltormo.
De ninguna manera. Dije que no al señor Arzobispo y no quise ser organista de La Seo. Luego hace cuatro días, como aquel que dice, don Pedro Altabella, de Aguaviva, que era canónigo del Vaticano, me ofreció la plaza de organista del Colegio de Monserrat. Es que yo, en los veranos, me iba un mes al Monasterio de Valvanera, en la Rioja, o a Monserrat con los benedictinos. Y un año decidí ir al extranjero. Fui a Roma, por medio de un cura de aquí, Luis Betés. ¡Huí!, lo que me pasó: al llegar a Roma, él se había ido a Estados Unidos y allí me encontré yo, a media noche, sin conocer a nadie. El caso es que también le dije a Altabella que, para estar un par de meses, Roma estaba bien pero que yo no podía decir a mis chicos y chicas de Valdeltormo: “ahí os quedáis”. Porque entonces ya utilizaban instrumentos que valían un capital. Teníamos muchos compromisos y no podía ser. Aunque yo nunca les he cobrado un céntimo a mis alumnos, ¿eh?
¿Dónde estudió música?
Tengo cuatro cursos de solfeo y ocho años de piano. Había comenzado a formarme en música en el seminario, pero los principales estudios los hice durante la guerra en Zaragoza con don Ramón Borobia, que era organista de San Pablo, Director de la Banda del Hospicio y del Conservatorio. Él consiguió que hiciera los estudios oficiales de música.
¿Cómo era su vida en el pueblo?
Yo he estado muy bien allí. Y subía por los montes, como me había recomendado en mi juventud aquel médico famoso, don Santiago Ramón y Cajal. Ocupé siempre la misma casa, donde me puso el alcalde cuando llegué. Mi patrona era Gloria Ferrer Gimeno que vivía con su madre. La abuela se llamaba Lucía. En el pueblo se han portado muy bien conmigo, me hicieron un homenaje, me dedicaron una calle y han puesto un busto de mármol de Carrara. Tienen buen recuerdo de mi porque nunca cobré una peseta por mi trabajo. Íbamos a un sitio a tocar y, a veces, les dejaba a los chicos que cobraran por el concierto. Otras veces iba yo a cobrar con dos de ellos de testigos. A continuación, todo a repartir, sin quedarme yo jamás una sola peseta.
¿Cómo recuerda la época de la posguerra y del maquis?
Allí, nada, nada. Yo digo a todos que he sido calavera, tronera y jefe de troneras. Por las mañanas, al Mas de Labrador y por las tardes, chicos y chicas. Muchos días llegaba a cenar a media noche. Con la gente joven no se tiene ningún compromiso, Muy bien, siempre. He estado estupendísimamente allí.
Pero cuando usted llegó al pueblo lo tuvo que encontrar en una situación penosa, ¿no?
No, no. Ya digo que yo con las personas mayores he tenido trato en la Iglesia…
Usted se dedicó a la iglesia y a la música, y en lo demás no se metió. Se llevaba bien con todo el mundo.
Con todos. Con chicos y chicas no se tienen disgustos.
Cuando llegaron las reformas del Concilio, ¿usted se quitó sotana?
No, no… ¡va! Yo he continuado con sotana hasta hace cuatro días. ¡Como el latín! Continúo rezando el Oficio Divino en latín. En una ocasión estuve en el Monasterio de Leire, en Navarra. Y allí trabé amistad con un monje y me acuerdo que decía: “¿Qué hemos hecho con el latín? Igual que los salvajes”. Porque al quitar el latín se acabó con muchas tradiciones. Antes se cantaba la misa ‘De Angelis’. La mayor parte de las funciones litúrgicas se celebró en latín durante más de ocho siglos.
¿En los últimos años también decía la misa en latín en Valdeltormo?
Je, sí. Me parece que ha sido siempre en latín, latín.
¿Y en catalán?
Yo hablaba el catalán a diario con los vecinos. Pero la misa no la dije en catalán nunca sino en latín. En una ocasión consulté con el arcipreste de Gandesa acerca de la norma conciliar de celebrar la misa en latín o en lengua vernácula. Y él me dijo. “Mosen León, usted siga con lo suyo”. Porque allí, en mi parroquia, hablan catalán pero ellos no quieren ser catalanes sino aragoneses, ¿eh?
¿El idioma que hablan es catalán o chapurriau?
¡Eso del chapurriau…! En una ocasión fui a hacer ejercicios espirituales a Monserrat. Yo me presenté como sacerdote de la Franja de Aragón donde se “habla un dialecto del catalán”, les dije. Pero un monje se me acercó y me dijo que el catalán se habla de muy diferentes en maneras, según unas comarcas u otras, pero es el mismo idioma. Y aquel monje me besó las manos.

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