Los ‘calderons’ de la Fresneda

Darío Vidal
(Artículo remitido por su autor)

En este Aragón barrido por la desmemoria huracanada de lo propio, en beneficio de lo espurio y lo importado, resulta gratificante toparse con una tradición que, según las previsiones, tendría que haber desaparecido. Sobre todo cuando la evocación de los mitos nacidos hace muchos años, todos los años del mundo que recuerda el recuerdo de los más ancianos del lugar, está adobada con el fino sentido del humor que llaman “samorda” en el Bajo Aragón y que tiene algún parentesco –sin ser lo mismo– con lo que en el Prepirineo denominan “somarda”. Una cuestión no limitada a la simple alteración vocálica.

Pero vamos a situarnos. La bellísima y pintoresca población de La Fresneda, que tiene evocador y jugoso hasta el topónimo (“el bosque de fresnos”), es “una villa populosa y rica” próxima a Valderrobres en el Partido de Alcañiz y Reyno de Aragón, que dista 16 leguas de Zaragoza y cuenta con 336 vezinos, un barrio, el de La Portellada, y dos parroquias, además de un convento de Religiosos Mínimos con dos Co-Rectores. Esta regada por los ríos Tastavins y Matarraña “que contribuyen a su felicidad” con la fertilidad de sus campiñas, pues cosecha 30.018 caizes de trigo, 300 de avena, 780 de cebada, 10.000 arrobas de aceyte, 8.000 cántaros de vino, 160 arrobas de lana y 800 libras de seda en 1770, que es cuando publicó en Madrid su “Correo General de España” el alcañizano Don Francisco Mariano Nipho.

Esto es por lo menos lo que decía la erudición dieciochesca, sin que podamos atestiguar documentalmente si entonces se arrastraban ya “els calderons”, o sea los calderos grandes –los calderones–, la víspera de Reyes como se hace ahora. Que probablemente sí, si es que la costumbre no arranca de antes.

Belén Beltrán, una meritoria fresnedana, antropóloga de vocación que custodia el alma y la memoria de su pueblo y podría hablarnos de por qué existe una Calle de La Fantasma frente a La Capilla, y un cantón de la calle Mayor dedicado a un personaje tan enigmático y novelesco como el mercader judío del siglo XV Alejandre, Alexandre o Alejandrez, que hizo levas de tropas en la Ribagorza según dicen para reconquistar el Aragón liberado y ponerlo en manos musulmanas, constituyendo lo que se llamó La Coronilla de Aragón. Digo que a Belén, que lo sabe todo, se le resiste el origen de “la cacerolada” de los Calderones, aunque pudo ser que hace muchos, muchísimos años, a los Magos de Oriente se les olvidara desviarse desde Valderrobres para dejar sus regalos y, desde entonces, los niños recorren las calles haciendo sonar las perolas para que les tengan en cuenta. Es todo un monumento a la retranca, el buen humor y la “samorda” bajoaragonesa.

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