Un ministro sin tacto político ni sensibilidad social

Trienio electoral

José Luis Zubizarreta
(Artículo remitido pro su autor)
En este oficio, desde el momento en que uno toma la decisión de abordar un asunto hasta que se sienta ante el ordenador para llevarla a la práctica, siempre surge un imprevisto que trastoca el propósito inicial. En este caso, el imprevisto, que, aunque no tenga la envergadura suficiente para desplazar del todo el plan original, tampoco admite ser pasado por alto sin comentario, consiste en la explicación más autorizada que hasta ahora se ha ofrecido del incremento de la tarifa eléctrica a partir de ayer en un espeluznante 9,8 por ciento.
Verdad es que a nadie debe sorprender a estas alturas del curso que, cuando el micrófono se acerca a los labios del ministro con menos tacto político y sensibilidad social de cuantos han integrado los ya numerosos gobiernos del presidente Rodríguez Zapatero, se oigan lindezas como las que acabamos de tener ocasión de escuchar a propósito de la citada subida. Pero, no por no ser sorprendente, puede dejarse pasar sin tacha la inoportuna ocurrencia del ministro Sebastián en el sentido de que aquella “supone poco menos que un café”. Porque darle semejante explicación -si de tal cabe calificar las palabras del ministro- a una sociedad de la que forman significativa parte millones de jubilados que no pueden pagarse siquiera ese café con el raquítico o nulo incremento en que han quedado congeladas sus pensiones es, más que una enorme estupidez, un insulto impropio del miembro de un gobierno.
Haga, pues, Zapatero lo que tenga que hacer “le cueste lo que le cueste”, pero líbrenos, al menos, de intérpretes como éste, cuya arrogancia y frivolidad hacen más indigestibles aún las ya de por sí indigestas medidas que dice estar viéndose obligado a tomar. Es lo mínimo que cabe exigir a un presidente que, con la reciente crisis de su ejecutivo, parecía haber depositado en la adecuada comunicación de sus acciones la última esperanza de salvación electoral que, a decir de las encuestas, le queda. Al fin y al cabo, hasta la píldora más amarga produce menos arcadas cuanto mejor haya sido edulcorada. ¡Y no te digo nada si, además, pudiera tragarse ayudada de ese café que los jubilados -¡ay!- sólo muy a duras penas pueden permitirse el lujo de tomar tras la subida de la tarifa eléctrica y la congelación de sus pensiones!
Pero, dicho esto, voy a lo que en un principio me proponía abordar, que no es del todo ajeno a esta última mención de la cuestión electoral. En realidad -y de ahí la incomodidad de haberlo tenido que hacer preceder de esta divagación sobre el imprevisto de turno-, se trataba de un abordaje ligero y amable de quien en absoluto quería incomodar al lector con otro impertinente artículo cuajado de críticas justo en este comienzo de un año que ya se promete por sí mismo repleto de preocupaciones. Me proponía, por eso, limitarme a recordar lo que cualquiera habría podido pensar sin mi ayuda, pero que las citadas preocupaciones le habían quizá hecho olvidar.
Pues bien, conviene tener en cuenta de ahora en adelante que, tras el año que ha terminado libre de procesos electorales, acaba de comenzar para los vascos un trienio que va a comprender un completo ciclo electoral. Se abrirá con las elecciones municipales y forales del próximo 22 de mayo, continuará, si todo se atiene al guion previsto, con las generales de la primavera de 2012 y se cerrará, por fin, con nuestras autonómicas de la misma estación del siguiente ejercicio. Esa incesante presencia de procesos electorales va a condicionar toda la acción política en dos sentidos. En lo que respecta a sus protagonistas, que no podrán dejar de tomar en consideración los efectos que cuanto digan y hagan tendrá sobre el estado de ánimo de su electorado; y en lo que concierne a la opinión pública, que verá todo lo que se actúe en el espacio de la política a través del cristal del real o supuesto interés electoral que en ello tengan sus agentes. Por ambos motivos, la política se revestirá en estos interminables años de ropajes aún más teatrales y llamativos de los que de ordinario viste por su propia naturaleza, y sus actores se sabrán actuando más que nunca ante una opinión pública que no dejará de observarlos con el ojo más crítico de que haya podido dotarse.
Por lo que se refiere a estos dos primeros años del ciclo, y concentrando la mirada en la política estatal, todo parece indicar que la obra que el Ejecutivo se ha propuesto representar tiene muy poco de farsa y de ficción, y mucho de drama de extremo realismo. Paradójicamente, los retruécanos que suelen usar los comediantes para ganarse el aplauso del auditorio los gastó ya este Gobierno en el primer acto de la obra, cuando aún no era tiempo electoral, y ahora le toca escenificar la parte menos risible y más sombría del libreto. Se acabaron los dulces que acostumbraba a repartir entre el público en los dos primeros años de legislatura, y ahora, cuando ésta se acerca a su fin, se ve obligado a suministrar la amarga medicina de recortes que le viene prescrita por quienes se dicen doctores en la materia.
Ante esta inversión de tiempos y papeles, queda por saber cuál será la acogida del respetable. ¿Sabrá éste apreciar lo que de valiente y honrado hay en afrontar, aunque sea con tanto retraso, los problemas que plantea la realidad, sin flaquear por temores electorales, o preferirá confiar en quienes, sin haber querido asumir papel alguno en la obra, esperan el estruendoso abucheo final del auditorio con la intención de tomarlo como mérito propio para subirse al escenario? Las respuestas comenzarán a llegar el 22 de mayo. Entretanto, feliz año a todos.
José Luis Zubizarreta

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