Chapurrear o chapurrar

Chapurrear o chapurrar (en castellà)

Posted on 5 octubre, 2010 by graciaz

(Aquest article en català que vaig publicar la setmana passada aquí al bloc, avui ha estat publicat a “La Comarca” d’Alcanyís, en castellà, amb aquest text)

José Miguel Gràcia*

Si a usted, querido lector, le dijeran que habla con dificultad, pronuncia mal y que usa vocablos o giros exóticos, ¿le gustaría? ¿No preguntaría el por qué de tales calificativos? Si se lo repitiesen una y otra vez, ¿no acabaría hasta las narices? Ya sé, este hecho no es probable que se de, ahora bien, si le dicen que chapurrea o que habla chapurreado, le están diciendo lo mismo. (Ver el diccionario de la RAE). Le puede parecer un poco más suave este verbo, pero equivale a lo mismo.

Si dispone de un poco de tiempo y se dedica a buscar sinónimos del verbo chapurrear, va a encontrar una larga lista: champurrear, farfullar, mascullar, balbucir, musitar, balbucear, parlotear, mezclar, ganguear, barbullar, barbotear y hasta tartajear. También encontrará otras definiciones como: hablar incorrectamente una lengua (to speak badly o to speak broken, dicen los ingleses), utilizarla con poco dominio, trastabillarse al pronunciar… En algunos países de Sudamérica se dice machucar una lengua a chapurrearla. En francés, baragoiner y jargonner, en portugués, estropiar y arranhar, en catalán estándar, xampurrar y xampurrejar, etc.

María Moliner recoge en su diccionario el verbo chapurrear como “hablar imperfectamente un idioma extranjero”. Y pone un expresivo ejemplo: “Habla bien el francés y chapurrea el inglés”.

No hubiese sido extraño suponer que el sustantivo derivado de la palabreja y todo el bagaje de sinónimos, poco ennoblecedores, deberían haber hecho fracasar su aplicación para designar el habla de una gran parte de la Franja: los propios hablantes la deberían haber rechazado. No fue así. Cuajó de lleno entre las gentes, ¿por temor, por humildad o por desconocimiento de su significado? Los que impusieron la palabreja eran, o se consideraban, los ilustrados, y su lengua, el castellano, era el valor de la cultura, el único baluarte frente a otras lenguas extranjeras, la única expresión del pueblo español. Lo que hablaban las gentes vulgares era pura expresión de ellas mismas: una vulgaridad o una variedad dialectal sin importancia, o lo que es peor aún, un chapurreado, pero, ¿de qué lengua? cabe preguntarse.

No acabó aquí la ignominia. La terminación castellana “ado” era demasiado bonita para lo que esta palabra quería designar, y por eso se le cambió por “au”, quedando así para la eternidad “chapurriau” que rima con riau riau. O tal vez no fue así. No. No fue así: no les gustó la terminación “ado” por su escasa sonoridad. En aquellas fechas había circulado por pueblos y ciudades el famoso e inspirado poema, musicado posteriormente, tan lírico como popular, que dice: “Las vacas del pueblo / ya se han escapau / riau riau / Y ha dicho el alcaide / que no salga naide / que no anden con bromas / que es muy mal ganau”. Ante la espléndida sonoridad de la terminación “au”, por consenso general se llamó “chapurriau” al chapurriado. Y esto es todo. No busquen otras explicaciones, ni piensen en las terminaciones del aragonés ya que no las hubieran aceptado.

Llegados a nuestro tiempo, núcleos de la sociedad civil mantienen a capa y espada la tal denominación popular, sin opción a acepciones científicas. Suelen decir: ¡Qué sabrán los filólogos o lingüistas de mi “chapurriau”! Sabrán de sus lenguas, no de la mía. Siempre se ha llamado y siempre se llamará así. Hay “siempres” cortos y largos. El tema se complica cuando alguien, perteneciente al colectivo de hablantes, se le ocurre decir que quiere dignificar esta lengua propia, y la defiende escribiéndola y denominándola como una variedad de catalán occidental. Es un vendido, su opinión no sirve. ¿Y si es un filólogo o escritor?: no debe estar en sus cabales, ¡si esta lengua no se puede escribir!

Los más sentimentales exhiben en pancartas y balcones su “chapurriau” con emoción y reivindicación. Soportan con pasión el peso de la responsabilidad. Los hay más sentimentales aún que la llevan escrita junto al corazón.

Un movimiento popular de tres o cuatro personas, habiendo leído el diccionario de la RAE, se supone, y no habiendo encontrado el significado que pretendían, sintiéronse en la obligación moral de trasladar a los reales miembros, la petición de una nueva acepción. Otro grupo, o el mismo grupo de … —no voy a calificarlos, puesto que correría el riesgo de soportar alguna querella criminal—, han urdido un recurso de inconstitucionalidad por las imposiciones de una ley que no obliga a nada a la ciudadanía.

Todo respira congruencia, ilustración, buena fe, responsabilidad y libertad de expresión.

Y, al paso que vamos, al final tendrán razón, será un chapurreado, pero de castellano.

*Escritor”


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