El imposible vencido

José Luis Zubizarreta

(Artículo remitido por su autor)

Motivos tiene Iñigo Urkullu para presentarse hoy ufano ante su militancia en esta nueva celebración del Alderdi Eguna. Verdad es que aún le sangrará la herida de haber perdido el gobierno tras unos comicios de los que su partido salió victorioso, pero tendrá, al menos, la satisfacción de haber cumplido la promesa de que “seguirán gobernando el país desde la oposición”. Y es que, tras el éxito en la negociación de las políticas activas de empleo, casi cabría concluir que poco importa dónde se encuentre cada uno -si en el gobierno o en la oposición-, con tal de poder ejercer la influencia necesaria para obtener beneficios en favor de la colectividad. Y, desde este punto de vista, no podrá negársele al PNV el haber sabido mantener poder e influencia más que suficientes como para conseguir en poco más de un año de oposición lo que no había sido capaz de alcanzar en treinta de gobierno. Así que, en vez de retorcer el sentido de esta última consideración para sacar de ella la conclusión más facilona y maliciosa que a cualquiera podría ocurrírsele, lo apropiado será congratularse con el PNV por el éxito obtenido en beneficio del país y de su más pleno autogobierno. Zorionak.

No sé yo, sin embargo, hasta qué punto se atreverá el presidente del EBB a pasarse en su alegría por el éxito obtenido en la negociación con Zapatero. No son éstos los tiempos anteriores a la década soberanista, en los que un logro de esta envergadura en el desarrollo estatutario habría podido presentarse a la militancia en la seguridad de que ésta lo aplaudiría con unánime entusiasmo. Ahora, en cambio, cuando las ansias de desbordar el Estatuto no sólo se mantienen en vigor en los ánimos de no pocos jeltzales, sino que se han visto exacerbadas por la pérdida del Gobierno y por la competencia del llamado “polo sobernanista”, el exceso de alegría por los avances en el camino hacia la culminación de las expectativas estatutarias podría ser interpretado por algunos como un signo de resignado autonomismo y de alicorta ambición abertzale. ¡Tiempo le faltó a Joseba Egibar para advertirlo el jueves pasado en el Parlamento con aquel admonitorio “que la alegría no devenga emoción”! Así que, por si acaso, mejor insistir en lo que aún queda por conseguir que regodearse demasiado en lo ya conseguido.

Con todo, si no fuera por esta desgarradora tensión que habita en el alma de todo jeltzale, razones más que suficientes tendría el presidente del EBB para ufanarse del acuerdo arrancado a Zapatero. A mí, al menos, lo primero que me vino a la cabeza cuando me enteré de la noticia fue el título de aquella primera gramática euskérica que publicó el gran Larramendi en 1729 bajo el título de “El imposible vencido”. Porque no menos difícil que desentrañar los entresijos de la lengua vasca ha debido de resultar conseguir que el presidente del Gobierno declare ahora posible y conveniente lo que hasta anteayer había tenido por el más intocable de los tabúes. Más aún. Si de lo que se trata es de evitar aparecer ante la militancia como el salvador de un Zapatero a punto de naufragar, siempre podrá esgrimir Urkullu el argumento de que, con este acuerdo, más que tenderle al presidente una mano para salvarle del naufragio le ha echado las dos al cuello para impedirle respirar.

En efecto, si bien Zapatero ha conseguido a cambio del acuerdo su continuidad en La Moncloa hasta el final de la legislatura, también ha puesto con él al descubierto la inconsistencia y la insustancialidad de sus convicciones políticas. Un alivio, pues, en el corto plazo, pero un insoportable lastre de cara al futuro. El presidente del Gobierno tendrá que explicar ahora a propios y a extraños cuál es la concepción que tiene del Estado autonómico, y cuáles son las “líneas rojas” que se ha trazado como límites en su desarrollo, para que lo que hasta hace quince días le negó al lehendakari del Ejecutivo vasco, alegando que desbordaba las fronteras de lo constitucionalmente admisible -el traspaso de las bonificaciones en las cuotas de la Seguridad Social-, se lo entregue hoy al líder del principal partido de la oposición con el argumento de que es “lo más conveniente para la estabilidad del país en estos difíciles momentos de crisis”. O, al revés, por qué no se hizo antes lo que se hace ahora. ¡Principios de plastilina los que tan caprichosamente se moldean al albur de las circunstancias!

Pero sería injusto personalizar. Si bien en el caso de Zapatero la inconsistencia y la insustancialidad se han demostrado particularmente escandalosas por la delicada coyuntura política por la que le ha tocado atravesar, se trata en realidad de tachas que deben achacárseles a todos los presidentes que han pasado por La Moncloa desde la Transición a esta parte. Todos ellos han acabado haciendo del proceso autonómico, por una mezcla de ignorancia, pusilanimidad e interés, un pulso político, en el que sólo la relación de fuerzas existente en cada momento, y para nada la racionalidad de la interpretación estatutaria y constitucional, determina cómo y cuándo han de producirse las diversas transferencias. Ante este panorama, las Comunidades Autónomas y, en particular, aquellas en que más peso tienen los partidos nacionalistas -los cuales, como muy bien ha dicho el presidente del BBB del PNV, no se sienten responsables de la ordenada organización del Estado- no tienen más que esperar a que se presente el momento más propicio para arrancar de unos débiles poderes centrales el máximo de sus aspiraciones. Nadie debería, pues, recriminar a los partidos nacionalistas, sino, en todo caso, a los responsables de la Administración central, si esto que llamamos Estado de las Autonomías se le asemeja más a una chapuza improvisada que a una armoniosa construcción.

José Luis Zubizarreta

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