Labordeta o el orgullo de ser aragonés

Ramón Mur

José Antonio Labordeta está hoy en la primera plana de todos los periódicos. Porque se ha muerto. Hace poco más de una semana, dos ministros entraron en su casa para entregarle la medalla de la Gran Orden Civil de Alfonso X El Sabio y el principal periódico de esta tierra que es Aragón no dedicó a la noticia ni siquiera eso que en periodismo se llama bolo de llamada en primera. La noticia ocupaba un faldón con foto a dos columnas por la parte baja de una página par, la 6. Hoy sí, hoy Labordeta está en primera plana del periódico con este lacónico titular: “Adiós a Labordeta”.

José Antonio Labordeta fue un personaje irrepetible, que supo transmitir como nadie el orgullo de ser aragonés. Aragonés muy culto, como ha recordado Luis Eduardo Aute. Labordeta era un aragonés moderno y proguesista, todo lo contrario del baturro cachirulero de yugular inflada y del “chufla, chufla, como no te apartes tú”. El mismo Rey Juan Carlos lo ha recordado en Alcañiz como “amigo”. Porque Labordeta era ancho de espíritu y de pensamiento abundante. En estos tiempos no sólo de pensamiento único sino más bien de pensamiento mínimo, el ex diputado de CHA se ha marchado como ejemplo de pensador de los que ya no quedan. Basta repasar las letras de sus canciones y sus libros para dar con un aragonés pensador y reflexivo sobre la realidad de ser aragonés en el momento presente.

En este mundo rigurosamente convencional, José Antonio Labordeta fue una de las personas menos convencionales que he conocido. Esta cualidad lo hacía, desde mi punto de vista, especialmente entrañable y atractivo. Labordeta sabía vivir libre de muchas de las ataduras que los humanos nos imponemos a todas horas. Escribía muy bien, con la misma viveza con la que se expresaba de palabra. Todavía recuerdo la ocasión en que, desde la sección de Opinión de EL CORREO, le pedimos un artículo sobre el atentado de ETA contra la Guardia Civil en Sallent de Gallego. Estuvo encantador con los profesionales de un periódico con el que no había tenido vinculación destacable ni habitual hasta entonces.

Soy navarro de nacimiento, hijo de aragoneses por los cuatro costados. Nadie como Labordeta ha sabido transmitirme el orgullo de ser aragonés. Me queda la pena de que Labordeta haya muerto prematuramente, quizá un tanto descorazonado por este mundo cutre y salpicado de preocupantes signos de involución. Habrá que seguir su ejemplo para luchar por lograr que Aragón sea un país moderno, progresista y desarrollado en el ámbito económico pero también, y quizá sobre todo, desde una perspectiva social, cultural e intelectual.

No puedo quitar de mi mente la imagen de José Antonio Labordeta, en la plaza del Solá de Bellmunt, en agosto de 2000, cantando, a coro con el pueblo entero: “Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad”.
Mucha paz para tí, José Antonio, y gracias infinitas por haberte sentido orgulloso de ser aragonés.

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