Iglesias, de granito

Marcelino Iglesias, presidente de Aragón.

Ramón Mur

Marcelino Iglesias demostró ayer que es un político de granito. En su último discurso como presidente del Gobierno de Aragón, en el anual debate de las Cortes sobre el estado de la Comunidad Autónoma, dejó al descubierto sus grandes virtudes y también sus más palpables defectos como hombre público: ha sido, durante casi doce años ya, el presidente de Aragón más convencional o apropiado para estos tiempos de brutal globalización y nada dados a las aventuras. Porque, desde luego, Marcelino Iglesias tiene bien poco de aventurero.

Desde su pedestal de granito, Iglesias ‘el asentado’, que ha edificado su fortaleza política sobre los sólidos cimientos de la paciencia y la habilidad del buen montañés para sortear los acantilados, repasó ayer los problemas de Aragón. De las obras de infraestructuras paralizadas ‘sine die’ por obra y gracia de los recortes económicos decretados en Moncloa a causa de la crisis económica, afirmó que las paralizaciones, como la del tramo de la N232 desde el cruce de Ráfales hasta el límite con la provincia de Castellón, son meros “paréntesis” que serán lo más breves posibles. Y para reafirmar su esperanza en que así sea desgranó un sinfín de reuniones habidas y por haber en Madrid y con Madrid, llevaderas gracias al concurso del aragonés secretario de Estado, Víctor Morlán. Porque para Iglesias el futuro de Aragón está en saber contribuir a combinar la estabilidad de un Estado español, cada vez “más descentralizado pero también más solidario”. No dijo Iglesias cuándo se reanudarán las obras estancadas en las aguas de la crisis. Seguramente no lo sabe, pero es igual. Lo importante es dejar claro que los peores momentos se superan con la astucia y hasta la picardía del buen pirenaico que es él.

Marcelino Iglesias ‘el asentado’ ofició ayer en las Cortes la liturgia de su despedida a la perfección. Hace dos años anunció su decisión de no volver a presentarse a la reelección en las elecciones autonómicas de 2011 y nada ni nadie ha conseguido hacerle rectificar su resolución. Porque es verdad que Marcelino se va sí, pero sólo ‘iuxta modum’, según votaban, cuando les convenía, los obispos católicos en el Concilio. Si la heredera, Eva Almunia, revalida el triunfo socialista de las tres convocatorias anteriores (1999, 2003 y 2007), su victoria habrá sido tutelada por Marcelino ‘el asentado’, sobre todo a los ojos de los militantes y votantes socialistas aragoneses. En cambio, si es derrotada por su adversaria del PP, la resucitada Luisa Fernanda, Marcelino ya se habrá bajado del pedestal de granito. Pero Iglesias no cuenta con este segundo supuesto. Confía plenamente en la princesa heredera colocada por él, cuya candidatura nadie se ha atrevido a discutir en el PSOE de Aragón donde antes tanto se discutían y peleaban estas cuestiones.

Contra la decisión de Iglesias, la columna, el pilar, del socialismo aragonés, no han podido ni en Moncloa ni en la sede central del PSOE de la calle Ferraz. Y así Marcelino se puede ir a tiempo de dejar estela de estabilidad en el gobierno de Aragón, antes de que los años le pasen la factura que a todos pasan y se tenga que plantear la posibilidad de marcharse tarde y mal, por la puerta de atrás. Para que todo siga igual en el futuro, aunque sin Marcelino, el actual presidente de Aragón tiene el apoyo del alcalde de Zaragoza, Juan Alberto Belloch, con el que en otros tiempos recientes mantuvo unas difíciles relaciones. Marcelino sabe que Aragón sin Zaragoza es bien poco y ayer, con su público agradecimiento al alcalde ex juez y ex ministro, así como a todos “sus concejales”, reafirmó la candidatura de Belloch a la alcaldía de Zaragoza que de ninguna forma pretende abandonar el primer edil.

El todavía presidente de Aragón citó ayer la ‘Ley de lenguas’, recientemente aprobada, como uno de los logros alcanzados en la tercera legislatura de su mandato. El año pasado no acudió a la conmemoración del 25 aniversario del Manifiesto de Mequinenza a favor de la pluralidad lingüística de Aragón, que suscribió en sus tiempos de alcalde de Bonansa. El incendio idiomático, todavía hoy no sofocado, se lo impidió porque Marcelino no es hombre que se arriesgue a morir abrasado entre las llamas. Pero ayer citó esta ley como uno de los proyectos que, como aragonés de habla catalana, no quería dejar pendiente. Marcelino es un altoaragonés al que, nada más nacer, su madre llamó “fill meu” en lugar de “hijo mío”.

Está claro que a Marcelino Iglesias se le puede achacar escasa capacidad para levantar entusiasmos. Pero nadie le puede negar su gran contribución a acabar con el estereotipo del baturro tozudo, jotero sí pero también royo de tez y de yugular hinchada. A Iglesias, el político aparentemente gélido, de cierta flema británica, hay que agradecerle su apuesta por terminar con esa baturridad que tanto detestada don Pedro Laín Entralgo.

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