Díme qué rezas y te diré qué comes

Darío Vidal
(Artículo remitido por su autor)

Una amiga me ha enviado un libro. Uno de esos libros preciosos de los que apetece tener. Y es de cocina: la disciplina de la que todo el mundo escribe –¡hasta yo!–, acaso porque ha perdido el hábito de comer.

A mi me parece que los tratados de cocina y de sexo certifican el declive del apetito carnal y la gastronomía. Estimo que la reflexión es posterior al goce. Como el arrepentimiento.

Asi es que, de no conocer el buen gusto de mi gentil comunicante, lo habría depositado en el hondón de los libros perdidos o aplazados. No ha sido así y me alegro. Es verdad que el título ya lo hacía codiciable lo mismo que el índice. Se titula “La Cocina Sagrada”, lo ha escrito Débora Chomski y se refiere a los hábitos alimenticios de hinduístas, judíos, cristianos, musulmanes y budistas según su teología y sus creencias, e ilustra cada apartado con las recetas mas significativas.

Y visto así el conjunto en perspectiva pienso que, previa a la Alianza de Civilizaciones que promueve Zapatero, es la concordia entre los sabores que me recomienda Dolores en su libro de Débora, porque es muy difícil que se entiendan el bebedor de licor de arroz como el sake, el de vino, el cervecero y el abstemio.

Pero es a mi juicio más árduo que se amisten, a no ser por amor, sin un ejercicio concienzudo de las papilas y el concurso decidido de la voluntad, los cristianos a los que gustan los caracoles –es un decir– con otros que los juzguan impuros y repugnantes. Y eso por no entrar en los tabúes alimenticios, sencillamente con manjares –y no hablemos de condimentos– que hablan muy diferentes lenguajes al estómago y el paladar. Un comedor de agria col fermentada, por no irnos muy lejos, o de sopas de ajo y cordero asado –expeditivo, elemental, intuitivo y directo–, no puede relacionarse sin algun recelo y cierta aprensión con el degustador de algas y pescado crudo, por muy marinado que esté. Lo mismo que hincarle el diente a un auténtico stick tártaro.

La sola apariencia física puede repugnar e incluso intimidar, aun procediendo de la misma cultura. Cuentan que una abuela mía, moradora del interior, salió huyendo cuando vió una araña monstruosa –una centolla recién pescada– que avanzaba hacia ella. Naturalmente se negó a probarla en lo sucesivo. Era superior al raciocinio.

Hasta tal punto nos impregna el alimento de tradición y de cultura, que hay cristianos que delataron la fe de sus abuelos por su incapacidad de probar un bocado que anticipase un venial tufillo de tocino.

Por eso la autora propone una integradora “cocina plural”.

Darío Vidal
11/03/2010

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