Lenguas: ¿cultura o política?

Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza.

El Periódico de Aragón Opinión Sábado
5 Diciembre 2009
Lenguas: ¿cultura o política?
El debate es científicamente improcedente pues solo cabe constatar que en Aragón existen tres lenguas.

05/12/2009 JUAN MANUEL Aragüés

Hay dos modos de entender las lenguas. Uno de ellos las cobija como expresión de una cultura, como bien inmaterial que permite a un colectivo entenderse, expresarse y mostrar ante otros sus peculiaridades para, sintiéndose orgulloso de ellas, compartirlas; no en vano, toda lengua encierra una cierta concepción del mundo y en cierto modo, como decía Wittgenstein, los límites del conocimiento van paralelos a los límites del lenguaje. Desde esta perspectiva, el conocimiento de lenguas se entiende como un modo de acercamiento a otras culturas, de enriquecimiento personal. El otro la emplea como ariete político, como signo excluyente de identidad, como límite que dibuja la frontera que separa a buenos y malos; puro maniqueísmo.

Aragón vive estos días un debate sobre sus lenguas. Vaya por delante que pocas comunidades, incluso países, pueden presumir de poseer tres lenguas distintas, tres culturas que habitan un mismo territorio. Esto dicho, claro está, desde esa concepción que entiende la lengua y la diversidad como un bien, pues es evidente que a algunos esa diversidad les produce desasosiego. El debate es, a todas luces, hablando científicamente, improcedente, pues sólo cabe constatar que en Aragón existen tres lenguas y que sus hablantes tienen todo el derecho de ejercitarlas. Y que de esas tres lenguas, una es el catalán. Mal que les pese a aquellos que siempre han tenido esa pobre concepción de que se es más aragonés cuanto más se ataca a Cataluña.

No cabe duda de que la relación con Cataluña es más conflictiva que con otros vecinos. Ahí está el recurrente tema del trasvase –en el que cabe recordar que la polémica no es con “los catalanes”, sino con los trasvasistas, especie que también abunda en Aragón, aunque de manera vergonzante–, el de los bienes culturales, en el que Cataluña ha adoptado una posición farisaica, al defender modelos diferentes con respecto a “sus” bienes fuera de Cataluña (léase archivo de la Guerra Civil) y los de otros (léase Aragón) en Cataluña, o las polémicas en torno a la historia común, entre otros. Todo eso es cierto. Y ahí sólo cabe adoptar constatar la mala fe, en ocasiones, de las instituciones catalanas, dominadas por un discurso nacionalista.

PERO UNA COSA ES el conflicto político y otra la negación de la realidad. Y esa realidad nos dice que en Aragón existe una comunidad de hablantes del catalán. Sí, del catalán, no hay otra manera de llamarle. Con variantes dialectales, desde luego, diferente del de Barcelona, sin duda, del mismo modo que el nicaragüense, la boliviana, el peruano, el argentino, hablan el castellano con sus variantes propias. ¿O alguien va a defender la aberración de que en Nicaragua se habla nicaragüense? En este país son muchos los que defienden una tesis semejante con respecto al catalán, y así hablan del valenciano, del mallorquín y otras entelequias. Ese planteamiento no es un planteamiento lingüístico, sino político, y lo que pretende es marcar distancia con Cataluña. Es cierto que el “imperialismo” de algunos sectores catalanes que, a la inversa, reclaman como Cataluña todos los lugares donde se habla catalán (¡anda que si España hiciera lo mismo, la que montábamos!), mueve a otros a posiciones defensivas. Pero, en el fondo, lo que se destila en ambos casos es esa segunda comprensión de la lengua, en la que ésta es utilizada como instrumento político en exclusiva. Así, el nacionalismo catalán la utiliza como medio de diferenciación de España y de expansión territorial, y el nacionalismo español como manera de mantener ese trasnochado discurso de los enemigos de España. Lo cierto es que ver por las calles a éstos últimos recoger firmas contra la “imposición del catalán” habla muy a las claras de su voluntad de, torciendo la realidad, generar un conflicto absolutamente innecesario. Los nacionalismos se especializan en generar odios entre los pueblos y en eso el franquismo, como nacionalismo español, hizo una labor que todavía perdura. Y los nacionalismos periféricos han aprendido la lección.

Incultos y fanáticos los hay en todas partes. Desde padres y madres en Cataluña que impiden que sus hijos conozcan el castellano, con lo que les privan de uno de los mayores vehículos de comunicación y cultura de nuestro mundo, hasta los que en Aragón abogarían por impedir que los hablantes de otras lenguas diferentes a la mayoritaria se expresen con naturalidad, pasando por los que en Teruel, como vi hace unos años, llevan camisetas en las que pone “isto no ye España”, en un idioma nunca ha hablado en esa zona. Ojalá llegue un tiempo en que entendamos las lenguas de la primera manera, es decir, como un tesoro cultural que nos permite expresar lo nuestro para transmitirlo, y no como altar sagrado fuera del cual sólo existen enemigos. Si algún sentido que no sea rancio tiene la palabra patria, ése es el que le otorga el idioma y que nos hace constituir una comunidad con todos aquellos que lo comparten con nosotros. Algunos nos sentimos orgullosos de tener una patria que se llama castellano, o español, en la que nos reconocemos en la compañía de Rubén Darío, Mistral, Unamuno, Calderón, García Márquez, Neruda, Borges, Alberti, Lorca, Espronceda, entre muchísimos más. Pero queremos contaminarnos de otras patrias, sobre todo si comparten con nosotros un mismo territorio y contribuyen a su identidad y riqueza cultural.

Profesor de Filosofía. Universidad de Zaragoza

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